EL INDIVIDUALISTA
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El Decano en persona lo
nombró con voz segura. Se acercó con paso firme a recibir el diploma entre los
aplausos del público y familiares. No le habían dado un papel en blanco, como
suele hacerse para poder terminar con
los trámites, en este caso era el título ya inscripto y validado. Los besos y abrazos fluyeron como siempre,
algunos sinceros otros de compromiso, los recibió a todos con igual sonrisa ya
que no le interesaban. Se retiró lo antes posible, no admitió fiesta alguna de sus parientes y relaciones
cercanas, que como intuía bien, quedarían allí un rato para despotricar sobre la carrera por él elegida, sus
posibilidades escasas y la pobreza de relaciones que estableció mientras la cursaba. Sin que nadie lo supiese, compró con ahorros
de penosa consecución una fiesta dedicada solo a él, que mediante el esmero de
sus actores lo reconfortaría mucho más que las hipocresías de su diario entorno.
Con sus veinticinco años, Pablo Mirone estaba festejando su ingreso oficial al
mundo de la ingeniería agronómica, al cual accedió por voluntad y esfuerzo
propios, basados en la atracción que desde niño sintió por el campo y sus
actividades. Le atrajo siempre la posesión de grandes parcelas de tierras como
signo de poder y las lujosas estancias como íconos representativos.
No tenía relaciones sentimentales con mujeres de su
edad, solo estableció contactos carnales esporádicos, generalmente con chicas
pobres a las cuales pudo atraer dominar y olvidar fácilmente. Su familia favoreció esta forma de ser y
sentir, su hermano y padres solo se reunían en almuerzos domingueros, luego de una semana
sin comunicación entre ellos, que culminaba en compartir una comida en la cual
cada uno, cuando podía hacer callar a
los otros, contaba sus hazañas personales totalmente inconexas con la vida y vivencias del resto de la mesa.
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La búsqueda de trabajo,
no era sencilla, deseaba estar cerca de la Capital ,
pero los campos de las cercanías eran de grandes empresarios que manejaban
familiarmente las necesidades técnicas del agro. No obstante sus ideas jóvenes
y su especialización en maquinaria agrícola para lograr un mayor rinde,
constituyeron argumentos capaces de atraer a algunos hacendados, comenzando una
actividad que le permitió insertarse en la profesión. No se conformaba con ello, estaba en la búsqueda obsesiva y permanente
para poder iniciarse como terrateniente.
Las lecturas que elegía, en algún
aspecto tenían que ver con sus ansias y aspiraciones, por ello leyó el “Fausto”
de Goethe. No era necesario pactar la juventud, ya la tenía, en su caso le
faltaba vivir la vida y adquirir experiencia. El pacto debía hacerlo para vivir
una buena vida, opulenta, con buenos placeres. Pero en la metáfora, estaba la posibilidad a través de lo maligno, del
poder del dinero, pero por más que lo invocase este no aparecería. Cerró el
libro y observó bajo la puerta de entrada que allí asomaba la edición del día
del diario local. Todos los días antes de salir rumbo al trabajo, recorría
el reducido espacio de avisos en búsqueda de alguna propuesta interesante.
Detuvo su mirada con cierto asombro en un título resaltado que decía
“Individualista busca a otro individualista”. Leyó el contenido, que era el
siguiente: “Oportunidad única de progreso y bienestar para un individualista
que por su ideología comprenda a un par,
con cinco horas de trabajo diario durante años, por contrato. Seguridad y
reserva absolutas. Dirigirse al señor Funes, en la estancia Las Acacias, ruta
41, kilómetro166”. Rumbo al trabajo,
pensó en el aviso, seguramente no se trataba de una broma, ocupaba casi un cuarto
de página y su publicación costaba unos
buenos pesos. Coincidía con un día en que los problemas
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laborales estaban prácticamente resueltos y debía asesorar a un cliente justamente
a pocos kilómetros de lo señalado en el diario. No se fijaba horario alguno
para una entrevista, ni posibilidad telefónica, de modo que una vez terminada
con éxito la gestión de trabajo, acompañando el transcurrir de la media mañana
decidió ir al encuentro del anunciante. Llegó fácilmente, muchas veces había
pasado por el lugar, no se veía el casco de la casona desde la ruta, tan solo
una tranquera que daba acceso a un asfalto poco frecuente en la zona, con un
cartel lateral que decía “Estancia Las Acacias”. Estaba sin candado tan solo
debía bajar a abrirla para poder avanzar. Mientras lo hacía, observó que una
camarita empotrada a uno de los troncos, lo enfocaba directamente. Por su ser
se desplazó una rara sensación mezcla de agrado con reparo, que lo hizo
reflexionar sobre las conductas que debía poseer un convencido como él en
cuanto al mundo que lo rodeaba. La precaución a tomar no debía descuidarse ni
aún en una campiña tranquila donde el canto de las aves, el sonido del viento,
el olor a frescas hierbas y el paisaje bucólico parecían ser los mayores
llamados a los sentidos. El éxito individual constituía siempre un poderoso
atractivo para la cohorte de envidiosos incapaces de lograrlo.
Como no se produjo aviso ni seña alguna,
luego de ingresar cerró nuevamente el acceso para disponerse a avanzar a velocidad
reducida. No había ni cultivos ni ganado, pero sí un césped muy bien mantenido.
El camino conducía hacia un pequeño bosque de acacias situado a unos
trescientos metros, estando los árboles situados de tal manera, que
paulatinamente dejaban ver una construcción amplia, de estilo rústico pero de
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aspecto sólido, sin lujos que no obstante daba al visitante la sensación
de confort. Al pasar los primeros árboles,
Pablo visualizó otras cámaras muy bien disimuladas y orientadas hacia el
visitante, que le afirmaron sus anteriores pensamientos. Llegado a metros de la
entrada, le dio pena salir del camino, para no dañar con las gomas el pasto que
lucía inmaculado. Dejó el coche sobre el pavimento, parecía no molestar allí.
Un timbre de sonido moderno, anunció a los presuntos moradores la visita. Lo
atendió un sirviente y ante su requerimiento, lo hizo sentar en un mullido
sofá. Luego de unos minutos de espera, apareció desde una habitación vecina, un
señor alto, delgado, moreno de mediana edad, sin señas especiales, que ante la
incorporación de Mirone tendió la mano para decirle:
-Mucho gusto, joven. Soy Ernesto
Funes, me han informado que viene por el aviso-.
-Si señor -fue la pronta
respuesta-deseo informarme al respecto, ya que me considero un perfecto
individualista y tal vez sea de mi interés su propuesta-. El dueño de casa lo
observó atentamente y le dijo:
-Eso lo decidirán mis expertos, con
quienes evaluaré a todos los candidatos que se presenten, no tan solo he
publicado el aviso en el diario local, sino también por otros medios. Pero
vayamos al tema. A pesar que poseo mucho
personal en las distintas empresas de mi incumbencia, muchos de ellos de plena
confianza, vivo solo en esta estancia, sin parientes ni afectos cercanos. Me
desplazo a diario a veces en helicóptero, otras en avioneta o en autos, depende
de las circunstancias. Tengo un sistema de seguridad sofisticado desconocido
para casi todos, que no tiene nada que
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ver con las camaritas de utilería que habrá visto en el camino de
acceso. Esto se lo cuento para que tenga una noción de cómo transcurre mi
diario vivir. Como mi edad es de
cincuenta y cinco años, debo programar mi futuro y tener al lado una persona en
quien confiar y que me acompañe permanentemente. Me han asesorado que con cinco
horas diarias, no continuas sino distribuidas durante el día, cubriré
perfectamente mi necesidad. Por todo
ello es que pido un individualista, alguien que viva solo y trabaje por cuenta
propia, de manera que esas cinco horas no interfieran en sus proyectos. No
percibirá por esta función sueldo alguno, no debemos jamás discutir entre
nosotros honorarios o montos a cobrar, en esta actividad de por vida. Usted se estará preguntando cual
será el beneficio para el seleccionado, es muy simple y complejo a la vez.
Podrá elegir entre cuatro de mis empresas una de ellas, la cual automáticamente
quedará por contrato a su nombre mientras viva, podrá disponer de ella como si
fuese su dueño, sin consultar a nadie sus decisiones, y quedándose con las
ganancias íntegras que proporcione su explotación. Han sido elegidas a mi
entender como las que pueden posibilitar una vida holgada y segura desde un
punto de vista económico, punto de arranque para el desarrollo de un joven
capaz y audaz. Un incumplimiento en el contrato, hará que el beneficiario
pierda instantáneamente todo derecho y tenga que reintegrar la empresa en las
mismas condiciones y con el mismo capital que le fue entregada, más los intereses
que correspondan. Si consulta con un
abogado, lo más probable es que le diga que esto no se puede realizar
legalmente, y le citará los motivos de distintos derechos desde nacionales a
universales, pero pese a ello,
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mis asesores han establecido la forma de poder hacerlo aunque se afirme
que es imposible. En esta primera entrevista, le daré copia del contrato para
que lo estudie quien lo asesore, con el nombre de las empresas que puede
elegir, cuyos datos son de público conocimiento, luego quedará a la espera de
ser convocado, si no lo es en los próximos treinta días, significa que no ha
sido elegido como candidato. Si usted no se interesa, me lo comunica por favor,
mediante el correo electrónico que figura en la copia del
contrato. Cualquier duda la aclaramos por el mismo medio. Si no tiene otra
pregunta, me despido de usted, ya que me informan que hay otros candidatos que
atender-. Dicho esto, le dio la mano y
se retiró por la misma habitación por la que había aparecido. Pablo quedó muy impactado por lo que acababa
de escuchar, además había estado frente a un individuo que trasuntaba una férrea
personalidad, un manejo envidiable de la relación asimétrica entre un
triunfador y un aspirante a serlo, que en ningún momento permitía la más mínima
tendencia a una nivelación de las grandes diferencias existentes entre ambos.
Sin duda tenía mucho que aprender y lo propuesto podía ser una muy buena
escuela de vida independiente. Volvió luego de esos breves instantes de
reflexión a la realidad del momento. Lo
acompañaron dos hombres fornidos hasta su coche, despidiéndolo amablemente.
Salió mareado del lugar, no vio a ningún otro ser viviente hasta la tranquera,
a través de la cual desapareció rumbo a su casa, sin poder evitar una
compulsión a detenerse para lo cual se arrimó a la banquina. Como en una
extraña atracción giró la cabeza para ver una vez más el lugar que abandonaba,
como asegurándose que no se había tratado de una
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ensoñación o un delirio. Por el camino le daban vueltas ideas y dudas,
sobre todo el hecho que lo despidiesen tan rápido y abruptamente, sin
observarse allí otro candidato a la espera. Tal vez se estaría comunicando por
otros medios, sobre todo si había publicado avisos por otras vías. Decidió
ordenar sus ideas para lo cual lo primero que haría sería consultar con uno de
los abogados de la empresa donde trabajaba. Imprimió una copia de todo lo que
don Ernesto le dio para dirigirse sin perder tiempo al estudio jurídico.
El letrado se interiorizó del
extraño caso, recibió el cúmulo de papeles copiados, para prometerle leerlos a
la brevedad, pero le anticipó que todo le parecía un despropósito y una locura.
Pablo no se quedó quieto, resolvió averiguar por otra parte sobre las empresas
propuestas en el pre contrato. A poco de investigar, se sintió atraído como por
un gran imán, uno de los más poderosos conocidos, que estaba representado por
el alcance de una gran fortuna fácil en forma totalmente legal. Se trataba de
cuatro empresas florecientes, con balances anuales promisorios, una de las
cuales justamente se dedicaba al agro y sus productos. Si no fuera por la
afinidad que sentía por ese rubro, la elección se tornaba muy difícil.
Transcurrieron unos días de tensión
y sobresalto, durante los cuales su ambición crecía a pasos agigantados, se
veía dueño de grandes sumas de dinero y poder infinito, como si fuese un rey de
cuentos de hadas. Finalmente en medio de esa confusión de anhelos que podían escaparse, el abogado
lo citó para hablar. Trató de acudir a la cita con la mejor preparación
posible, había leído todo y poco había entendido, mucho se había
impresionado. El jurisconsulto se mostró serio, casi solemne, para decirle:
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-Mire amigo, todo esto es algo muy
complicado de lo cual solo puedo decirle dos cosas: la primera es que
necesitaría mucho más tiempo para darle una respuesta segura, la segunda es que
intervienen triangulaciones con el exterior, aspectos jurídicos internacionales
y otros temas que en apariencia son correctos pero que habría que estudiar más
profundamente. Si la persona creadora de esta idea está en su sano juicio,
puede llegar a ser una propuesta válida, pero en un galimatías de tal
naturaleza, en modo alguno cuente conmigo para convalidar esta locura-.
Salió de allí confundido, pero más
alentado, no había recibido una negativa rotunda de la validez de la propuesta.
Recorrió otros abogados y estudios afamados, le ocurrió lo mismo, salvo en el
caso de presuntos aventureros de la ley que se avenían a patrocinarlo.
Finalmente cuando creía que no había sido electo, el último día del plazo
fijado, recibió un correo en el cual se lo invitaba a concurrir al día
siguiente a las nueve de la mañana a la Estancia
Las Acacias. El texto que más parecía una propaganda
superflua e innecesaria decía lo siguiente:
“Licenciado Pablo Mirone: Le informo
que en concurrencia con mi equipo letrado, psicológico y económico he decidido entre todas las solicitudes presentadas para efectuar un
contrato de asistencia personal al señor Ernesto Funes, optar por la suya, debido a que es la que
contiene la mayor cantidad de datos afines con el espíritu de lo requerido. Se
determinó que su inclinación hacia el individualismo es real y pertinaz con lo
cual aseguramos la elección de una persona que favorecerá sin duda a la causa
liberal, engrandeciendo a través de mi poder y posibilidades el accionar de
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nuestro pensamiento. Su capacidad y antecedentes son también
inobjetables, de manera que estamos seguros que sabrá soportar con hidalguía y
coraje todos los contratiempos que se le presenten en la realización de su
labor que terminará sin duda enalteciendo su ser y posesiones. Lo espero tal como ocurrió en la primera entrevista, en mi estancia, al
día siguiente de la recepción de esta nota, a las nueve de la mañana.” Releyó
la nota dos veces, le llamó la atención la falta de formalidad, pero bien
pensado, no tenía porque utilizarla ya que se consideraba por encima de él, por
lo menos hasta que pudiese demostrarle lo contrario. Otra de las dudas
generadas, que giraba en su cabeza como un carrusel de inquietantes presagios
era a que se refería con el coraje y la hidalguía para afrontar contratiempos y
cuales como así de que naturaleza serían los mismos.
Ernesto Funes, en forma
personal, lo recibió por segunda vez.
Trató de aparecer solemne para decirle:
-Como podría ser tu padre, a partir
de ahora te tutearé. Este cúmulo de
hojas que ves en mis manos, constituyen el resumen de lo que se puede averiguar
de tu vida en todos sus aspectos. Lo más importante para mí al margen de tu
buena conducta, honestidad y dedicación a lo que emprendes, es tu afán de
triunfo en la vida en base a ti mismo,
es decir a tu individualismo. Supongo que estarás decidido por que empresa te
decides, la cual esta tarde ya estará a partir de ahora bajo tus órdenes. No te
sorprendas, pero como averigüé que letrado te asistirá, lo envié a buscar con
un helicóptero que por el sonido, me parece que está aterrizando en este
instante en el helipuerto. Cuando hayamos firmado, deberás comenzar a
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cumplir con el contrato, día a día me asistirás durante cinco horas, las
cuales convendremos siempre durante el día anterior, de no haber acuerdo, serán
las que yo te diga. Sobre la marcha nos conoceremos y afinaremos nuestra
relación, para tu tranquilidad todo esto lo han estudiado también psicólogos, y
hay plena compatibilidad entre nuestros perfiles sicológicos y lo más probable
es que haya entre nosotros una plena armonía futura. Si no media otra pregunta
de tu parte, procedamos a concurrir a la sala de convenciones, donde está todo
preparado para la firma-.
Pablo Mirone, enmudeció ante lo
visto y oído, le faltaba poco para estar en un estado de conmoción. Como si
fuese un autómata acompañado por sus creadores, ingresó a una amplia sala con
una larga mesa central y una treintena de sillas giratorias , las cuales estaban
ocupadas por hombres y mujeres de distintas edades pero en su mayoría mayores, con
carpetas y hojas sueltas frente a ellos; a los costados en dos filas de pie,
estaba la servidumbre que lucía el impecable uniforme de la casa, con rostros de atención ante el menor
requerimiento. Entre los sentados estaba su abogado, rígido con los ojos fijos
en sus papeles. Luego de la lectura y firma que insumió más de tres horas, se
hizo un brindis con todos los presentes, que además de testigos, actuaban como
los gerentes generales de las empresas de Funes. A la derecha de donde se sentó
Pablo, estaba don Eusebio Colominas, quien le fue presentado como el director
de la Sociedad
de Insumos Agrícolas El Vergel S.A.,
empresa que por elección era la que pasaba a manos de Mirone. La reunión
culminó con un almuerzo de trabajo, durante el cual poco y nada entendió el
recién integrado, salvo que
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todos los números barajados allí
eran astronómicos y que la riqueza y poder de don Ernesto eran asombrosos.
Cuando acabó el encuentro, la hora que quedaba por cumplir según el flamante
contrato, fue dedicada a recorrer la
parte edilicia de la estancia para conocer los lugares importantes desde el
punto de vista de su nuevo patrón. Convinieron además el horario para el día
siguiente, que sería de dos horas a la mañana y tres a la tarde.
Se retiró totalmente fuera del
control de su propio ser. Lo que le había ocurrido en muy pocas horas, era demasiado
para sus jóvenes años, seguramente a escasas personas en la historia del mundo
le había sucedido en la realidad
acontecimientos de tal magnitud en tan breve lapso. Inmovilizado y aturdido por
los hechos, atinó solamente a ponerse en comunicación con su abogado para que se ocupara a lo
referente en cuanto a trabajo y obligaciones
de sus compromisos anteriores, a
los cuales renunciaría para poder dedicarse plenamente a su nueva vida. También
se comunicó con don Eusebio para ponerse a sus órdenes en las decisiones y
documentos a firmar en su flamante adquisición gratuita.
Don Ernesto actuaba en forma medida
y pausada. Aparentemente se entendían muy bien y comenzó a agradarle a Pablo la
función de secretario, que era el término más aproximado para aplicar a la
labor que estaba desarrollando. Además manejaba gran cantidad de dinero de su
empresa y como entendía el tema en la cual se desarrollaba, muchas de sus
opiniones eran avaladas en las reuniones de directorio por Colominas.
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Podía decir que era feliz, aunque flotaba en el ambiente una sensación
de debida servidumbre, de quien era el patrón y quien el siervo, aunque eso no
se manifestara en lo más mínimo en las acciones concretas.
Pronto tuvo una señal funesta de lo
que le ocurría y las complicaciones que podía padecer. Esa mañana debía
presentarse ante Funes de ocho a diez y luego a la tarde de veintiuna a
veinticuatro horas. Intentó levantarse a las seis y media, no pudo hacerlo, un
hormigueo generalizado en el cuerpo y un gran abatimiento se lo impidieron.
Atinó a tomarse la temperatura que superaba los cuarenta grados. Llamó al
médico, mientras lo esperaba, intentó comunicarse con su jefe pero en su lugar
atendió uno de los abogados de don Ernesto. Muy extrañado que a tan temprana hora de la mañana contestase desde la
estancia un jurista, reiteró la solicitud de hablar con Funes. Aclarado el
motivo y explicada la situación en que se encontraba recibió como tajante y
fría respuesta: -Si no quiere incumplir el contrato, que implica la devolución
inmediata de su empresa El Vergel, con los punitivos correspondientes, a las
ocho horas lo espera don Ernesto Funes-. No lograba levantarse, se arrastró
como pudo a la puerta, para franquearla justo cuando llegaba el doctor. Le
diagnosticó estado gripal agudo, reposo de cinco días y medicamentos
sintomáticos. En un comienzo se negó a acompañar a su paciente que haciendo
caso omiso a sus indicaciones pugnaba por llegar hasta su coche, pero luego entendiendo que la desesperación
que lo invadía podía agravarlo sensiblemente, lo ayudó a caminar al tiempo que
le decía que estaba haciendo una locura. Le agregó que él no lo autorizaba, que
como autoridad sanitaria determinaba el alta o no de los pacientes, que no
había legislación que lo impidiera y una serie
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de “que” más con los cuales conseguía solo acicatear el apuro de su
paciente. Llegó dos minutos antes, su patrón lo esperaba impaciente. Estaba
conversando con un decorador de interiores que intentaba mostrarle como se veía
un pesado panel sobre la chimenea del hogar situado en su despacho. La orden no
se hizo esperar, Pablo debía ayudar a sostener el bajo relieve en el lugar
donde se colocaría para que Funes opinara. Intentó hacerlo, pero estaba tan
débil que se cayó con el mamotreto encima, ante la desesperación del artesano
que no lograba sostenerlo. Pasado el mal momento y resuelto el caso, el
mandamás hizo traer una camilla ambulatoria en la cual acomodaron a Mirone,
para pasearlo a su lado durante las dos horas que debía acompañarlo. Cuando el
horario fue cumplido, una lacónica
expresión salió de sus labios a modo de despedida:
-Espero que a la noche estés mejor
para no alterar nuestro trabajo vespertino de hoy-.
Contrató
un automóvil para que lo llevase a casa y descansar hasta la noche, era
imprescindible mejorar si no quería estar ante serios problemas. Debido a este
episodio comenzó a pensar seriamente en lo que había hecho y actuado. Cuando
logró que le bajase la temperatura y le calmasen los dolores propios de la
enfermedad, acentuados por el aplastamiento sufrido, comenzó con las
consideraciones. Lo primero que le vino a la mente fueron las palabras que le
habían quedado repiqueteando una y otra vez en su cerebro: “hidalguía y coraje
para afrontar contratiempos”. Comenzaba a discrepar sobre todo en la manera de
tratar a un subordinado, no coincidía a pesar de lo que le habían dicho y
pronosticado, su visión
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psicológica del trato en sociedad con el sustentado por Funes, repudiaba
el maltrato y las posturas esclavizantes en aras de un individualismo
triunfante. Era posible que su patrón tuviera razón pero se le presentaban
serias dudas, tal vez con el tiempo aprendiera que esa era la manera de
triunfar, Quizás fuera cierto como le
habían dicho varios especialistas en leyes, que muchos de los puntos del
contrato no consideraban aspectos básicos y elementales del derecho, lo había
vivido esa mañana con su enfermedad, pero nadie lo había amenazado con un arma
para ir a trabajar, ni obligado por la fuerza, pero aún si tuviera toda la
razón de su parte,¿cómo debería hacer para ganarle un juicio a su patrón y
además no perder la empresa que tantas felicidades podía brindarle hasta el fin
de sus días? Además el condenado Funes nada decía por si mismo que pudiese ser
interpretado como amenaza, ni obligarlo a efectuar labores estando enfermo, de
ello se encargaban sus abogados. Se acordó del “Fausto” de Goethe, en el cual
el mismo diablo encarnado en Mefistófeles, brindaba a su víctima todo tipo de
ventajas y poderes para mantenerlo a su lado y luego en base a las maldades
hechas, llevarlo irremediablemente al eterno infierno. En ese sentido había que
considerar la problemática que planteaba la existencia de lo eterno, si existiese al menos una parte
del universo con esas características todo lo que lo estaría inmerso en ella no
podría ser temporal ya que el tiempo transcurrido se mide por los cambios
producidos en las cosas. Si por ejemplo un objeto no sufría ningún cambio a
través de miles de milenios, significaba que no era alcanzado por el tiempo,
era atemporal. Lo mismo representaba para ese objeto un segundo, un año, un
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siglo o millones de décadas. No podía existir un hecho atemporal como
era la eternidad en el infierno, ya que en tal caso no podía producirse cambio
alguno en lo castigado, el castigo corporal o mental implicaba forzosamente una
variación tendiente al deterioro o la degradación. Fausto u otro condenado
debían ser torturados durante un tiempo determinado, no lo podían ser para
siempre. La tortura que Pablo ahora adivinaba, podía ser desde el punto de
vista de la existencia humana permanente
o sea para toda la vida, solamente cesaría con la muerte. Había hecho un
negocio peor que con el mismo diablo. Mefisto daba gratificaciones para luego recibir el alma, Funes prestaba
felicidad, para que el miedo a perderla asegurara el sometimiento y la esclavitud a perpetuidad de quien había recibido el préstamo. Tal vez
estuviese equivocado, no podía existir
alguien tan perverso, el futuro lo diría.
Llegada la noche, tuvo que trabajar
intensamente en cuestiones de ordenar ficheros y otras labores empresarias, así
como papeles personales de Funes. Llegado el momento de retirarse a las doce de
la noche no pudo hacerlo, porque don Ernesto le fijó el horario para el día
siguiente de cero a cinco horas. Pablo pensó en un instante en lo que le había
dicho su jefe sobre el perfil psicológico afín de ambos, de ser así viviría permanentemente
con la angustia de saberse tan maligno y solapado al ser capaz de ejecutar esa
maldad.
Todos los castillos en el aire se le
derrumbaban uno tras otro. Vivía una existencia desgraciada, sin libertad, sin
decisión personal a pesar de ser el dueño de una gran y próspera empresa. No
podía entender que sabor o placer le encontraba Funes al adoptar sus actitudes
hacia él. Un día le
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dijo que un buen individualista era el que generaba y mantenía por si
mismo un gran negocio. Si lo recibía gracias a otros, tenía que aprender a
sufrir por lo conseguido, a realizar grandes esfuerzos como si lo estuviese
logrando por sus propios y únicos medios, con los escollos y altibajos propios
de la gestión.
Su vida que económicamente era muy
holgada, ya no le correspondía. Su maldito señor estaba al tanto de todo, aún
de sus pensamientos íntimos. No se podía explicar como, pero lograba arruinarle
todos los pequeños proyectos diarios que quería tener el lujo de gozar. Por
ello cuando conoció a Mercedes, mesera de un restaurante que logró calar en sus
rígidos sentimientos, extremó precauciones. Fue en ese momento cuando tomó real
conciencia de la dimensión de su drama. Cuando todavía no existía nada serio
entre ellos, luego de una primera salida al centro urbano más próximo donde
pasaron una tarde de paseo y charlas que
ambos gozaron, debió acompañarla hasta el trabajo para luego acudir a cumplir
una hora pendiente del secretariado de don Ernesto. Entró jadeante al recibidor
junto con la última campanada del reloj de pared allí existente. Su patrón fijó
los ojos en él respondiendo a su saludo de manera escueta rayana con lo
descortés para a continuación decirle:
-Te estaba esperando, tenemos mucho
por hacer-.
Fue una hora infernal, nunca había
realizado tanta actividad que le resultara tan absurda e inútil. Para el día
siguiente lo citó en lapsos alternados de una hora, de modo que no podía
disponer del día para otra actividad, no obstante lo cual, en un horario en que
ella trabajaba, se dirigió
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al lugar para tomar un café. No la encontró, había una reemplazante que
le dijo que no trabajaba más allí, ya que halló un empleo mejor remunerado. Muy
contrariado, no pudo continuar con averiguaciones, debía ir al encuentro de
Funes. Cuando llegó, lo esperaba junto a su coche preferido y partieron al
pueblo cercano para realizar trámites. Fueron a la agencia de viajes, en la
cual en ese momento había en su explanada un ómnibus al cual ascendía gente
luego de acomodar sus valijas en el maletero destinado a tal efecto. Su jefe
luego de hablar con el empleado a cargo del lugar, le dijo:
-Voy a dar las últimas instrucciones
a una persona que parte recién contratada a una de mis empresas que está a mil
kilómetros de aquí. Espérame y no te muevas de este lugar bajo ningún
concepto-.
Lo vio alejarse en la senda de los
treinta metros que lo separaban del autobús. Se detuvo al lado de la puerta de
acceso del pasaje, unos metros más adelante paró un taxi, de donde bajó una
joven con una valija, la cual fue acomodada por el empleado del transporte. No
podía creer lo que veían sus ojos, la muchacha era Mercedes, que en ese momento
recibía unos papeles de las manos de Funes. Estuvo a punto se salir corriendo
hacia allí, pero un gran temor lo paralizó. Ella subió, se cerró la puerta del
gran móvil, que despacio como si quisiera acompañar su creciente angustia,
arrancó rumbo a la separación aviesamente programada. Ya era tarde para algo
más, quedaba solamente flotando en el ambiente pueblerino, la brisa helada del
distanciamiento de dos buenos amigos que
ni siquiera se habían podido despedir.
El golpe sufrido, pronto recibió el
remate final, cuando don Ernesto comenzó con la degradación pública sobre todo
ante los ojos de sus
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sirvientes. Al día siguiente apenas se reunió con Mirone, miró con
detenimiento la superficie de los muebles que los rodeaban. Pasó el pulpejo del
dedo índice por las mismas, para observar luego que se había adherido polvo en
el mismo. Hizo convocar por medio de su secretario a todo el plantel de
servidumbre que se encargaba de la limpieza, con el equipo de utensilios y
productos destinados a tal fin. Una vez reunidos les dijo lo siguiente:
-Veo con desagrado que la limpieza
en general deja mucho que desear, especialmente la de las superficies del
moblaje. En lo sucesivo, de continuar esta situación no tan solo obtendrán mi desagrado, sino que
deberá limpiarlo el señor Mirone que está aquí presente, el cual ahora les dará
una muestra de cómo se debe hacer la misma -. Con una mirada de odio que no
pudo reprimir, Pablo debió emplear las dos horas de su primer convocatoria del
día, para limpiar con los instrumentos que le brindaban los servidores, toda la
habitación donde se encontraban, ante la
mirada confundida de los empleados de limpieza. Una vez terminada, Funes dio su
aprobación y concluyó diciendo:
-Espero que hayan aprendido para que
no le toque trabajar en esto a mi secretario. Mañana visitaremos los baños,
especialmente inodoros y piletas para continuar en la formación de las buenas
prácticas de limpieza. Buenos días a todos-.
La indignación se le atragantaba de
modo que ni podía tragar la saliva. Apenas llegado a su casa, recibió el
llamado del señor Colominas quien le informó sobre el venturoso desarrollo del
Vergel S.A., los suculentos dividendos obtenidos, los consejos del directorio
para su inversión y
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demás detalles a los cuales dio
aprobación Pablo, sin ni siquiera analizarlos. Le estaban mostrando el más
apetitoso y sabroso de los manjares, sin poder ni siquiera probar un bocado ya
que la situación personal no se lo permitía. Esta idea que pasaba por su cabeza,
lo llevó a gratificarse durante el tiempo que tenía disponible, con una
comilona pantagruélica regada por el mejor de los vinos existentes en el
restaurante más fino del pueblo. Luego de concurrir dos veces más a cumplir con
su obligación, que fue sospechosamente normal, se retiró en su domicilio para
tratar de olvidar el mal día e intentar recordar los buenos instantes
gastronómicos, que lo habían dejado tan pletórico que decidió no cenar.
La primera etapa de la labor del día
siguiente, le depararía una nueva sorpresa.
Acompañó a su amo a la clínica
del pueblo, para que les hicieran a ambos un reconocimiento y chequeo general.
Les atendió el mejor de los médicos que ponderó el estado físico general de
Funes, y deploró el de Pablo, pero para diagnósticos concluyentes debían
esperar los resultados, que estarían en un par de horas. Mirone comprendió el
porque de las cuatro horas matutinas de trabajo. Se retiraron del lugar con la
verificación de la buena salud de su jefe, y de las amenazas latentes de él,
que debía guardar a partir del momento una dieta estricta, en base a verduras,
pollo hervido, pescado de igual factura, y un par de frutas de preferencia
cítricas al día. Todo sin sal, muy poco aceite, nada frito, un pancito pequeño,
y máximo una copa de vino al día. Se cernían sobre él los peligros de una
diabetes, hipertensión, elevado colesterol y triglicéridos, y un mal
funcionamiento hepático y renal.
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Le quedaba disponible gran parte de
la tarde y la noche ya que debía concurrir de seis a siete a trabajar, el resto
lo emplearía en comer a gusto ya que era el placer que le quedaba, él se sentía
perfectamente, hacía ejercicio diariamente y si algo de sobrepeso tenía, no
excedía de uno o dos kilogramos. Cuando concurrió al mediodía al restaurante,
se encontró con la sorpresa que le negaron el menú, le ofrecieron pollo hervido
y una manzana. Se levantó indignado de la mesa para dirigirse al bodegón donde
acudían obreros y paisanos para suculentos platos de gente de trabajo. Obtuvo
el mismo resultado, debió comer allí un asqueroso filete de merluza hervida, le
negaron la sal, y de postre consiguió
ensalada de frutas con edulcorante. No
le podía caber ninguna duda que la confabulación en su contra, armada por su patrón,
comprendía a la totalidad o al menos a la mayor parte del pueblo. Tenía tiempo,
cuando dejó el trabajo a las siete, se dirigió al autoservicio único del lugar,
para aprovisionarse de buenos alimentos para prepararse una opípara cena. No
bien ingresó, una de las cajeras lo llamó y le dijo:
-Lo felicito señor Pablo, su
benefactor el señor Funes, le ha otorgado un premio. Se trata de la
exclusividad de venta de lo que usted quiera a través de nuestra tarjeta local,
es decir a partir de hoy no podrá usar más efectivo, todo lo que adquiera en el
pueblo será a través de la tarjeta, a cargo por supuesto del señor Funes, y
usted deberá retirar lo adquirido en la estancia Las Acacias, donde le será
provisto inmediatamente-.
Miró a la sonriente joven, que le pareció
un demonio despiadado del infierno instaurado en su contra. Se desvanecía en
segundos su ideada
-21-
cena, pero aún le quedaba un recurso: huir en su auto al pueblo más
cercano, a cincuenta kilómetros de allí. Es lo que hizo, sin pensarlo dos
veces. Durante su trayecto por la ruta, los demonios que había incorporado él
mismo en su ser no le daban tregua. Veía y sentía que lo seguían, se detenía en la banquina y
el presunto espía lo adelantaba sin darle importancia. Continuaba su camino, esperaba
en algún momento un puesto móvil de la policía caminera o de gendarmería que
bajo algún pretexto abortara su viaje, le temía hasta al movimiento de las
ramas de los escasos árboles de la ruta, el viento le parecía que le avisaba
con su sonido de faltas graves que cometía o estaba por cometer, hasta que con
gran sobresalto llegó a visualizar en la ruta una señal vial que decía “Los
álamos” y una flecha a la izquierda que señalaba en tal dirección la distancia
de cinco kilómetros. Dobló por esa senda provista de un pavimento mantenido a
base de parches, sin baches con árboles en ambos lados que lucían cuidados y prolijos
evidentemente no puestos allí por el azar de la naturaleza sino por humanos. Casi
sin percatarse había disminuido la velocidad y dejaba de sudar copiosamente
como le había sucedido previamente. La noche se había hecho realidad,
espantando las últimas luces de un horizonte poniente. En su lugar se encendían
faroles dispuestos convenientemente para visión y resguardo de los escasos vehículos
que por allí transitasen. Ningún móvil se veía detrás suyo, solamente una vieja
camioneta y un tardío tractor se habían desplazado en sentido contrario. Se
sintió renacer, temía que la libertad que sentía recuperada, se desvaneciera
como vana ilusión al tiempo que comenzó a cruzarse con las primeras casas del
poblado, todas de material,
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sin lujos pero con mucho gusto y bien mantenidas que se anticiparon a las dos
cuadras de centro donde se veía el escaso movimiento nocturno. Rogó fervientemente
que hubiera allí un lugar donde comer y como haciendo realidad su deseo,
observó a su derecha un local que en su fachada de lajas sin ventanales lucía
un cartel con las palabras “El buen comer”. Tenía que disipar pronto su duda,
en un lugar de pocos habitantes sensiblemente más pequeño que el pueblo
influenciado por Funes seguramente un
negocio de ese tipo redituaba ganancia solamente los fines de semana y
feriados. Casi sin esperanza bajó del coche e ingresó al lugar, al constatar
que la puerta estaba abierta. Adentro unas cuantas mesas y sillas, dos de las
cuales estaban ya ocupadas, estaban dispuestas para lograr una buena
circulación y parecían esperar la llegada de varios clientes. La pared del
fondo estaba casi toda conformada por un gran ventanal que daba a un jardín
iluminado donde se veían especies vegetales diversas. Muchas de ellas se veían floridas y en otro sector del mismo, un
techado tipo invernadero protegía de las seguras heladas invernales a otras plantas que lucían como provenientes de climas tropicales. Se estremeció cuando
una mujer de mediana edad se dirigió hacia él, temía que fuese una enviada de
su negrero. Amablemente le dijo:
-Buenas noches señor. ¿Viene para
entrevistarse con algún dirigente y tiene reservación para pasar la noche aquí,
o simplemente compartirá la mesa para tratar algún negocio o actividad de
nuestro pueblo?-.
Pablo quedó atónito al escuchar esas
palabras, algo andaba mal con su esperanzada posibilidad de cenar libremente,
casi llorando de rabia le respondió:
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-Mire señorita, si mi can cerbero
por no decir carcelero, ya les dio instrucciones para que me sigan arruinando
lo poco que le queda por arruinar de mí, díganle que me estoy atrincherando y
en algún momento, cuando encuentre la manera de liberarme lo haré y que en ese
momento empiece a temblar porque seré su peor enemigo-.
La mujer lo miró con ojos de
asombro, que él creyó que era una interpretación teatral, para responderle:
-Disculpe señor, no entiendo nada de
lo que me dice, si usted no es miembro del movimiento, ignoro a que viene,
igualmente es bienvenido, dígame lo que desea y si podemos satisfacerlo lo
haremos. Para que no continuemos con malos entendidos, le digo que acá puede
cenar y alojarse; si no tiene relación con alguna de las instituciones, le paso
estas hojas para que las lea. Ahí
figuran los importes a abonar, el menú disponible al igual que si desea
alojarse, el precio de las habitaciones por día. Puede sentarse junto al ventanal para leer;
si está de acuerdo y es lo que busca, lo esperaré para que me diga lo que desea-.
Pablo que no conseguía serenarse, se sentó donde le indicó la mujer, sin
animarse a leer directamente el material que le había dado, al tiempo que
trataba de escrutar alguna postura o accionar que la desenmascarase de su
comportamiento diabólico para inducirlo a que creyese en ella y poder aplicar
así sus ironías y burlas nefastas. Nada logró registrar sino paz en el lugar y la alegría que mostraban en
los rostros los comensales ubicados en las mesas ya atendidas. Comenzó a leer
con cuidado lo referente a la cena, había varios platos interesantes, a precios
muy acomodados, también vinos selectos, con lo cual podía darse un banquete. No
podía esperar más, debía vivir el desenlace de lo que
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esperaba sería una socarronería infame. Llamó a la señora, que acudió solícita, para
ordenar su cena. Comenzó a animarse cuando le trajo un humeante y
exquisito plato que devoró antes que ocurriese algún nefasto imprevisto. Cuando
terminó el postre, se puso en guardia, esperaba lo peor, pero le dieron un café
sin cargo, le cobraron la cuenta, después de lo cual un señor se acercó a él y
le dijo:
-Veo que está apurado por retirarse,
si me permite quiero solamente decirle que vuelva cuando guste, será
bienvenido, en algún momento de su vida quizá se vincule con nosotros. Somos lo
que se llama una población cooperativa, estamos organizados para trabajar
mancomunados a través de tres cooperativas que trabajamos en conjunto, formando
una pequeña Federación. Nos regimos legalmente por una ley de cooperativas como
lo hacen todas las que actúan en el mundo, y hay una entidad estatal que nos
controla que en nuestro país se llama INAES. Por ello recibimos acá en el
pueblo donde vivimos todos los cooperativistas de la zona, a dirigentes de
otras localidades e inclusive provincias, con la finalidad de organizar
trabajos en común que hagan crecer nuestro movimiento. Tomamos al
cooperativismo no tan solo como un trabajo, sino que es una doctrina y forma
diaria de vida. Nos oponemos al individualismo y la peor de sus expresiones
actuales que es el capitalismo salvaje. Pero no quiero robarle más tiempo,
visítenos en otra ocasión de día y le haremos conocer quienes somos y como
pensamos y desarrollamos. Estaremos dispuestos si se da el caso y a usted le
gusta nuestra ideología y forma de actuar, a asociarlo a alguna de las formas
cooperativas que explotamos. Mi nombre es Juan
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Pecialo, a sus órdenes-. Le estrechó la mano y acompañó con la mirada la
retirada casi precipitada de Mirone que hizo arrancar a su auto como huyendo de
un grave peligro. Lo que más le impresionaba, era lo que había escuchado de
labios del señor Pecialo referente a que era enemigo del individualismo, del
cual él se consideraba un digno y activo exponente, mediante cuya doctrina
pensaba ganar en algún momento la batalla que lo conduciría a un gran reinado
apenas pudiese derrotar al funesto Funes. Se aseguró que nadie lo seguía o
perseguía, algo no cerraba en ese conjunto de locos que prácticamente le
brindaron al costo una cena de lujo, que parecían relativamente prósperos,
seguramente había algo escondido detrás de esa apariencia bondadosa y de
comunidad con los demás. Estaría alerta, ahora con la distancia interpuesta, se
acercaba cada vez más sin novedad a su refugio diario, se había hecho tarde,
dormiría poco pero bien valía la pena la rara experiencia vivida si todo
terminaba asombrosamente bien.
Al día siguiente se despertó
renovado. Se comunicó con don Eusebio para interiorizarse de las novedades que
como siempre eran positivas, para luego acudir a la citación con su patrón. Al
salir no encontró su coche, no podía creer que lo habían robado, pero no tenía
tiempo para averiguaciones, de modo que con un taxi se dirigió a su labor.
Interiorizó a Funes de lo ocurrido, inmediatamente le puso a disposición
permanente un chofer con un coche exclusivo para él. Le hizo firmar un papel
que decía que se comprometía a no adquirir otro coche y que tendría el servicio
permanente brindado por Funes hasta que se encontrara el suyo extraviado. En el
momento que firmó no se percató que quedaba aún más prisionero de su jefe y que
el coche no aparecería nunca.
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Pasaban los días y más se convencía
que el sueño vivido en Los Álamos, no lo podría redituar jamás. Debía elucubrar
una buena historia para volver allí, ya que su chofer lo pondría inmediatamente
al tanto al patrón, de modo que no podría repetir una comilona como la vivida,
pero sí establecer al menos contacto con aquella gente, conocer que y como lo
hacían y tal vez adquirir poder como para liberarse de ese yugo y poder aspirar
a perfilarse como un individualista libre y exitoso.
Paulatinamente tomó conciencia que la principal necesidad de su victimario era que él fuera
una víctima. Así se sentía importante en
el trato diario, íntimo, ejerciendo el derecho que le daba el poder y el dinero
de tener un esclavo, no uno cualquiera sino a alguien que tuviese a su alcance
bienes, cultura, profesión, a quien degradar ante los ojos de otros degradados
aún más infelices. Estos a su vez tenían la posibilidad de rebajar al rebajado
obligándole a actividades que ni siquiera ellos soportaban con una mínima
complacencia, como era por ejemplo la limpieza de inodoros. Don Ernesto
constituía una parte de los símbolos inconcientes del poder despótico en la
historia humana; de los reyes absolutistas, dictadores sangrientos, explotadores
de masas infelices, generadores de hambre, genocidas y otros depredadores que
todos tenían algo en común que era contar con sus capataces o sicarios y mercenarios a los
cuales podían manejar o confiar la tortura de seres intermedios que pugnaban
por competir con sus opresores, en la lucha despiadada que consistía el
individualismo a ultranza. El secreto
estaba en lograr ser más astuto que los competidores, para eliminarlos o
absorberlos. El único camino que le quedaba por recorrer, era dedicarse en la
medida que podía a que su empresa
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prosperara lo más posible, comenzando así una etapa creciente de esplendor
con la idea de establecer lo antes posible competidoras de don Ernesto Funes. Se
entusiasmó de tal modo, que pasaba la mayor parte de su tiempo restante con don
Eusebio Colominas, noches enteras de insomnio tendientes a acrecentar el
poderío, con lo cual conseguía nivelar en su fuero íntimo, la angustia por el sometimiento de los sometidos que lo
obligaban en la otra faceta de su atormentada vida, a limpiar letrinas, debido a su avieso,
artero y mal intencionado desempeño en tal sentido. Pero su crecimiento veloz y
constante, era también parte del plan Funes. Una de sus empresas comenzó con un
ocaso económico de modo que de acuerdo a un convenio de asistencia recíproca
firmado entre todas las que configuraban su propiedad, las pujantes debían aportar
los fondos necesarios para apuntalarla, y fue la que poseía Pablo la que más
capital debió aportar, por ser la que había recaudado mayor cantidad de
ganancias en el último ejercicio. Pablo, no estaba exceptuado de la obligación a pesar
de ser el regente de por vida de ella. Se inició la etapa en que debía cubrir
la principal parte de las pérdidas de la otra empresa. Pronto Colominas le
advirtió del peligro que corría ya que ante cualquier contingencia adversa que
obligara a romper su contrato con Funes
debería devolver la empresa brillante y poderosa como la había recibido.
Era un nuevo golpe a su libertad, cada vez se alejaba más de la posibilidad de
alguna vez ejercerla.
Cada día en su vida diaria, la condición era
más desgraciada. Estaba peor que el peor de los presos en la cárcel más
despiadada. Todos los días algo ocurría que empeoraba lo que consideraba que no
podía ser peor. Le quedaban solamente anhelos de revertir de algún modo lo que
vivía,
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pero se alejaba constantemente de tal posibilidad. Un día lo citó para
el siguiente a comer juntos en la
estancia, en un principio no dio importancia al hecho, porque con el control
que existía sobre su persona, no salía de las verduras, fruta, pescado hervido
o pollo de igual manera. No podía adquirir otra cosa, no le servían en el
restaurante de otra manera. Apenas llegó, estaba la mesa preparada con
deliciosas comidas y bebidas, ya sentado a la mesa como invitado, el médico que
lo había atendido y programado su dieta. Comenzó el almuerzo, tuvo que soportar
una hora de un recitado médico de lo
importante que resultaba la buena dieta en la salud, lo citó a él como ejemplo
ya que para corroborarlo estaba allí
presente. Bebió agua, comió coliflor
hervido con brócoli a la pimienta, pechuga de pollo hervida, y una manzana,
viendo a los otros dos deglutir bocadillos salados, canapés, fiambres y
embutidos con quesos de todo tipo, seguido de milanesas rellenas con huevos y
papas fritas, adornados con guarniciones de cremas y mantecas que paladeaban
con fruición para rematar con un postre constituido por copas heladas
recubiertas de crema y regadas por un buen coñac de primera, todo acompañado de
un inmejorable tinto de noble cosecha. A la hora siguiente le tocó lavar todos
los utensilios de la comida y los que estaban guardados, porque Funes detectó
en el almuerzo que su tenedor y cuchillo no estaban prolijamente limpios. Debía
volver a la noche de modo que para intentar un lapso sin crueldad, le pidió al
chofer asignado, que lo llevase a la plaza para darle de comer granos a las
palomas y aprovechar un tibio sol del atardecer sentado en un banco público. Se
sentó para atraer a las aves con unas semillas que le permitieron llevar de la
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estancia, y reconfortarse con el atardecer soleado, mientras su
conductor hablaba por teléfono móvil. Apenas terminó su comunicación, se acercó
para decirle que debían ir a otro lado, porque le informaron en la clínica que
controlaba su salud, que no podía exponerse al sol porque tenía sensibilidad
actínica y además debía alejarse de los pájaros porque manifestaba alergia a
las plumas de distintas especies, lo cual podía tener consecuencias graves.
Casi llorando de rabia, pidió ir a su casa, ni bien llegaron se encerró bajo
llave en su habitación. Tenía vedado hasta el mundo exterior, bien sabía que
todo lo que le decían y ordenaban eran patrañas, jamás había sido alérgico a
nada, ni sensible al sol que solía disfrutar antes de iniciar la locura en que
estaba inmerso y además podía comer y beber lo que le placiera sin alterar su
salud. Lo más notable es que nadie lo obligaba a nada, todo en teoría se hacía
por su bien, pero si no conformaba al perverso y rígido don Ernesto se exponía
no tan solo a perder una pujante empresa sino a quedar en la miseria más
absoluta por deber rematar sus bienes para afrontar los intereses que le
cobrarían para anular el contrato y reintegrar su empresa al dueño. Era un
desafío constante planteado por Funes para demostrarle que él era superior y el
mejor de los individualistas existentes, sin que nadie pudiera llegarle ni a
las suelas de sus zapatos. Lo que más deseaba era lo que no podía hacer: gozar
del dinero del que podía disponer, no era dueño ni de parte de su vida, solo
tenía algunas horas para necesidades urgentes, no podía programar nada,
ignoraba que horas tendría ocupadas al día siguiente, no podía entenderlo, era
como si su amo le adivinara el pensamiento o sus planes, siempre lo citaba en
los horarios en que él planificaba alguna actividad, solo podía actuar circunstancialmente,
si algo bueno le ocurría al azar. No podía estar
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con una mujer más de una vez, o esporádicamente, sus posibles encuentros
sucesivos, terminaban siempre abortados. Terminó odiando las pocas cosas que
podía hacer, como estudiar a través de cursos libres a distancia, ejercitarse
físicamente, comunicarse por Internet, leer, escribir, jugar o resolver
pasatiempos, ansiaba la libertad que no estaba en venta para él. Debía
disciplinarse, si no quería morir de pena y rabia era menester aprender a forjar su éxito de modo tal que
pudiera formar un imperio anónimo, que nadie supiera que era de su propiedad, y
luego intentar llegar a ser mucho más poderoso que su patrón, para poder
liberarse de él. Comenzó por leer en su computadora las vidas de ricos
históricamente famosos, pronto comprendió que para sacar algo ilustrativo de la
forma de hacer su riqueza, debía cambiar las condiciones, ya que no encontró
casos de esclavos multimillonarios. Había pautas que se negaban a un esclavo, como
por ejemplo ganar dinero sin poseer un centavo, o sea utilizando en
emprendimientos diversos, el efectivo de otros, o bienes de terceros. La
esclavitud era la negación de la propia pertenencia, en esa condición un esclavo
haciendo dinero con el de otros, lo estaría ganando en realidad para su amo. Es
lo que estaba ocurriendo con su empresa, que debía sustentar las ficticias
pérdidas de Funes. Tenía un rato libre, le apareció en sus recuerdos Mercedes,
la buscó y encontró a través de una de esas redes sociales existentes. Deseó no
haberla buscado, la primera noticia que le apareció de ella, era el anuncio de
su próximo matrimonio.
Esa noche volvió como siempre,
deshecho sin ánimo, con una pesada carga de situaciones indigestas e
inaceptables que laceraban aún más a ´
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su maltrecha dignidad. Comenzó a pensar en la alternativa de quitarse la
vida, pero de nada serviría, le había crecido un odio de tal magnitud que
deseaba pulverizar a don Ernesto y su imperio, con su muerte nada de ello
lograría, su amo buscaría otra víctima y seguiría con su enfermo y lacerante
proceder. No podía saberlo, porque en la estancia nadie hablaba de esas cosas,
pero seguramente él no era el primer atormentado por ese hombre, tenía un
sistema perfecto logrado con seguridad a través de años de experiencia.
Se desnudó y miró al espejo, se
espantó de lo que veía: un espectro representando lo que él una vez había sido.
Seriamente debía emprender con urgencia una forma de escapar, le iba la vida en
ello. Al buscar afanosamente ideas en su
navegación electrónica, se le presentó la clave para generar una experiencia que bien valía la pena el intento
de armarla para su defensa. Se trataba de la propaganda de un cirujano plástico
llamado Boris Cariloff que ofrecía cambiar la imagen a mujeres que querían
dedicarse a ser figuras atractivas y sus dones naturales no se lo permitían. Lo
alentó mucho el hecho que parecía alguien con agudo instinto comercial, que
quería progresar y hacer dinero en base a su profesión, para lo cual se
actualizaba permanentemente para dar la impresión que estaba a la vanguardia de
su ciencia, ello se desprendía del tenor de sus avisos. Enseguida le envió un
correo adelantándole que era un caso de absoluta reserva, que no había problema
alguno legal, pero que no podía asistir a una entrevista, de modo que debían
tratar todo por ese medio; él no tenía reparo alguno de adelantarle dinero para
que se trasladara a su domicilio y pudiesen cerrar la operación y realizar el
trabajo.
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Era posible que una luz se prendiese
al final del camino, muy a lo lejos, sobre todo porque recordó que el padre de
Ariel, el único amigo que había tenido entre sus compañeros de facultad, trabajaba en un grupo del Ministerio del
Interior que se dedicaba a dar nuevas identidades a testigos protegidos. Estos
corrían riesgo debido a la importancia de su declaración judicial, de ser
asesinados en el momento o más adelante como venganza. Logró actualizar el
paradero de su camarada, al cual también escribió para pedirle ayuda y
asesoramiento.
Comenzó a sentirse como
un esclavo que tenía expectativas de liberación, que podían darse sin gran
riesgo de su vida. A Funes, gran
observador, no se le escaparon algunas señales mínimas de cambio en Pablo. Notó
una mayor sudoración en él, signos de mayor resignación, y una mirada como
perdida aunque estaba atento a lo que se le decía. En base a ello, alertó a
Eusebio Colominas para que lo vigilase especialmente sobre todo en lo que
ocurría en relación con El Vergel. Esta situación le vino muy bien a Pablo para
aparecer como efectuando un movimiento intrascendente, sin comentarios en su
entorno, que acentuaba su imagen de avaro e interesado solamente en el dinero. Le dijo a don Eusebio que últimamente no se
sentía muy bien, pero que conocía el motivo y lo solucionaría a través de su
empresa. Se reunieron para hablar, té con edulcorante mediante y Mirone le
dijo:
-Don Colominas, sé que
nuestra empresa funciona bien, que estamos solventando y apoyando a la
perfección a la deficitaria del señor Funes. En este último tiempo, aunque no
pretendo gastar nada, me nace la necesidad de tener contacto con billetes de
banco o valores. Lo que llevo
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y tengo en casa, en algo cubre esta aspiración, pero necesito ver el
crecimiento para no deprimirme. No quiero llevar a mi morada más efectivo
porque es peligroso como muchas veces me lo ha señalado el señor Ernesto. Entonces
observo en nuestra página reservada en Internet, el movimiento económico y
financiero, pero como no figura mi persona, no me siento involucrado, es como
si estuviese al margen del mismo. Se me ocurre que si pusiéramos una cuenta a
mi nombre que puede ser la de pagos de jornales, fondos para gastos varios y
caja chica, sumaríamos una cifra notable, que se acrecentaría permanentemente
debido a la inflación, quedaría mi espíritu tranquilizado y satisfecho ¿Qué le
parece la idea?-.
-Primero, usted es el
dueño transitorio de esta empresa y decide, en el caso que me plantea, mi
opinión es favorable, máxime que no ofrece riesgo alguno y no necesita de controles
especiales ya que los mismos se efectúan automáticamente mes tras mes luego de los
pagos correspondientes-.
Funes no pudo evitar
mostrarse satisfecho ya que además de
encontrar explicación a actitudes de Pablo, veía que este continuaba aguerrido en la lucha por surgir a
través del individualismo, adorando la posesión de dinero y su crecimiento
permanente.
Mirone había
conquistado la obtención de mucho dinero en tránsito sin control durante un
mes. Nada de esto podía llegar a conocimiento de Funes, había actuado con
precaución y sin codicia alguna, lo
merecía el hecho de conseguir la libertad. Inmediatamente para poder
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poner el plan en marcha, debía
asegurarse del apoyo del padre de su amigo Ariel quien le explicó correos mediante, los riesgos a
que se exponía. En el caso de él, que no podía ir a declarar, necesitaba un
suplantador suicida recomendable, le sugirieron a Santos que cubría las
condiciones físicas aproximadas de Pablo. En ese momento tenían como detenido a
un importante jefe del narcotráfico, que sería liberado por falta de mérito.
Había un testigo que tenía pruebas contundentes, pero se negaba a declarar y
presentarlas. Como en este episodio se había llegado a conocer toda la
metodología y el camino recorrido por un cargamento de cinco mil kilogramos de
cocaína, podían trasladar de lugar y horario las pruebas obtenidas. Si
efectuaban esa maniobra con cuidado, el testigo que había juntado las pruebas
quedaba al margen de sospecha por parte del delincuente jefe, y este no podría tener la certeza de quien había
hablado en el momento y lugar ficticio, tomado como real por el criminal.
Además estaban seguros que en ese lugar aparente, en los últimos tiempos, nadie de las características de Santos o de
Pablo había estado jamás. Podían efectuar todo el proceso en poco tiempo, el
suficiente para que Mirone lograse una nueva apariencia. Pablo dio su
consentimiento, le llevarían los papeles donde y cuando él indicaría para
firmarlos y le darían allí mismo la nueva documentación de identidad. Perdería
su título de ingeniero agrónomo, pero lo consideraba un precio menor que
pagaba por conseguir su preciada
libertad.
La idea que Mirone se
había formado sobre el doctor Cariloff era acertada. Con una suma interesante
de dinero a su vista, era capaz de ser el mejor cirujano estético del mundo. En
base a fotografías recientes de Pablo y la obtención de las medidas reales
exactas, debía hacer una
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máscara, pero no de material sintético,
sino con piel y dermis humanas. Esa máscara
debía ser idéntica a como quedaría el rostro luego de la intervención
real, una vez logradas cicatrizaciones y restauraciones de zonas inflamadas.
Debía colocar la máscara sobre el rostro actual del paciente y fijarla para que
durara allí al menos tres días sin que nadie pudiera darse cuenta de la
maniobra. Además la nueva cara tenía que
diferir al máximo de la anterior. Pasado ese máximo de tres días, sacaría la
máscara y haría el trabajo real. Los lugares para realizar las intervenciones,
se conocerían unas horas antes y tendrían todo el equipamiento que el doctor
Boris exigiese. Era asombroso como el dinero catalizaba y aceitaba todo,
solamente corría el riesgo estar de parte de un poder menor al que trataba de
oponerse.
Todo este movimiento le
parecía de ficción conocida en películas y series televisivas, por ello temía
por su éxito, no se le tenía que ocurrir a alguien ya era un tema obsoleto pero
por otra parte había muchas situaciones conocidas hasta el cansancio en la
ficción , que se repetían nuevamente en la realidad. Debía tener fe, también
intuía que existía algo en el cambio de identidad que tal vez podía movilizarlo en el sentido
de nuevas vivencias.
Tenía unos días para armar lo planeado, lo primero que se organizó fue
que los responsables del juzgado se dirigiesen una noche a su casa, en el horario en que no debía acudir a la cita
con Funes. Así se hizo, él declaró todo
lo que tenía que decir como testigo y verificaron su identidad. Un par de días
después fue el juicio, al cual asistió permanentemente encapuchado, Santos en
sustituto de Pablo y a raíz de su
testimonio, condenaron al
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jefe narco. Si bien no se dieron los datos en público, en breve lapso
los secuaces del acusado ya sabían de quien se trataba y su eliminación en
contado tiempo sería segura. Mientras eso ocurría, una casa rodante adquirida
por Pablo y estacionada a escasas
cuadras de su vivienda, estaba esperando dotada de toda una tecnología de avanzada
y ambiente de quirófano apto para que se realizara allí una intervención de cirugía facial.
Durante varias noches Mirone había trasladado desde su casa, como una hormiga
nocturna, el equipo necesario que había recibido en su morada en varias
entregas, en las horas que él se encontraba allí. Parte del dinero en efectivo
lo había sustraído de su empresa, el resto es lo que había ahorrado de sus
retiros de El Vergel. Para no alertar a nadie y menos a don Eusebio, se tomó el
trabajo de sustraer en la empresa, centavos de cada sueldo y operación
realizada, si una cifra figuraba por ejemplo en el sistema computarizado con
ochenta y siete centavos, él la modificaba a ochenta y retenía para sí los
siete centavos. Nadie reclamaría una cifra tan exigua. Otras operaciones
permitían retener algo más que los sueldos, de modo que en el par de meses que
preparó todo, se hizo de una interesante suma en efectivo, con la cual compró
la casa rodante y el equipamiento necesario. El dinero para el doctor
Cariloff provenía del efectivo guardado
en su casa.
Esa noche, el cirujano
previamente advertido, recibió la dirección del descampado en donde había una
casa rodante, cobraría allí el resto de la primer parte de su trabajo y el
anticipo para la segunda. Llegó puntualmente, Pablo lo estaba esperando. Debía
trabajar solo, era lo pactado. Era impresionante ver la máscara de piel humana y los suplementos
adheridos en su parte interior, cuando la fue acomodando y estirando
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para modificar el relieve del rostro de su paciente. Luego de cuatro
horas, el trabajo estaba terminado, lo más notable eran las partes en donde
terminaba la máscara que debían confundirse con la piel de Mirone, para que
nada se notase. El doctor le aseguró que el implante podría durar de ser
necesario más de una semana, aplicando las cremas y cosméticos que le entregó.
La mirada al espejo, le resultó sorprendente, ese rostro nada tenía que ver con
el suyo. Convinieron el día lugar y hora en que se reencontrarían para iniciar
la segunda parte. Boris le señaló cual era el instrumental y monitores que
revelaban que el lugar estaba preparado para cirugía estética, se llevó en su
coche lo que le interesaba y el resto lo cargó en bolsos la nueva identidad de
Pablo, quien llevó todo a cuestas en dos viajes a pie hasta su casa. Era
entrada la madrugada, cuando llegó una camioneta en la cual Mirone cargó sus
pertenencias y muebles. Ante el requerimiento de los vecinos que se despertaron
y aproximaron para ver lo que ocurría, Pablo con su flamante identidad les dijo
fingiendo una voz aflautada, que el dueño de casa se mudaba, y en un papel les
dejó la nueva dirección del otro lado del pueblo. Quedó enormemente satisfecho
por lo realizado por Cariloff, sus vecinos no repararon absolutamente que podía
tratarse de Pablo disfrazado. Por las dudas, avisaron a la policía, pero esta
llegó pasado los diez minutos, estaban muy ocupados tratando conjuntamente con
los bomberos de apagar el incendio de una casa rodante que estaba estacionada a
unas cuadras, nadie podía decir quien era el dueño, finalmente extinguieron el
fuego, pero todo había quedado reducido a cenizas y carbón.
Despachó al dueño de la
camioneta de mudanzas, contratado en un caserío cerca del lugar donde ahora
viviría, en Los Álamos. Era la
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primera vez que había efectuado un trabajo en el pueblo de Funes, jamás
llamaban desde allí. Esto le parecía extraño a Mirone, ya que cincuenta
kilómetros no eran tanta distancia, se alegró de comprobar que la intuición de
permanecer cerca era acertada, seguramente no indagarían por esos alrededores.
La jornada siguiente
fue de gran revuelo, Funes esperaba a las diez de la mañana la llegada de
Pablo, a las diez menos cuarto, recibió la llamada del chofer que había
concurrido a buscarlo y se había encontrado con la novedad que le informaron
los vecinos, que gente extraña dos hombres desconocidos, vaciaron rápidamente
el departamento y le dejaron la nueva dirección. Por las dudas, ellos avisaron
a la policía pero no sabían nada más. Describieron a las personas que realizaban la
mudanza pero no lograron establecer de quienes se podía tratar. Luego de esto,
el conductor se dirigió a la dirección indicada, que correspondía a un lote
baldío y nadie sabía dar razones del buscado.
A instancias de don Ernesto se abrió una investigación exhaustiva, y una
divulgación del rostro de Pablo para tratar de encontrarlo. Pasaron los días en
vano, no aparecía.
Mientras tanto, en una
clínica especializada de la capital que Cariloff alquilaba para sus
operaciones, concurrió Mirone que ya había terminado sus trámites con el grupo
del padre de Ariel y tenía la nueva documentación a nombre de Ernesto
Campilongo con la foto de su nuevo rostro, las huellas dactilares antiguas,
pasaron a los nuevos ficheros y el de Pablo Mirone fue vaciado de datos con un
sello grande que decía “Desaparecido”.
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El médico estuvo satisfecho al ver
la nueva documentación, el desafío era que su paciente debía lucir idéntico a
las nuevas fotos. Por otra parte había llegado a tiempo antes que comenzara el
deterioro de la máscara humana. El proceso fue largo, doloroso, molesto, en
varias sesiones, durante las cuales permaneció internado en un pabellón
especial destinado a casos reservados. El personal que allí asistía a los
pacientes, era aportado por el internado, para garantizarle un secreto
absoluto. Ariel se ocupó de ello, con gente de total confianza. En una semana
gracias a todo el empeño y ciencia aplicados por Cariloff, se obtuvo el alta.
Se retiró solo, con un bolso donde llevaba la ropa. Caminó a la deriva,
despacio, tratando de parecer despreocupado, pero estaba muy atento. De pronto
se quedó helado, a sus espaldas oyó una
voz de mujer gritando: ¡Pablo! , ¡Pablo! No pudo evitar el cambio de ritmo en
su marcha, pero no giró para ver quien llamaba a su antigua y desaparecida
persona. Luego de unos tensos segundos, le volvió el alma al cuerpo, se le
adelantó corriendo un chico de unos diez años, tras una pelota que acababa de
pasar a su lado, la cual el infante
recuperó unos metros más adelante.
Más cerca de sus espaldas, la voz exclamaba ahora: -¡Te he dicho mil veces que
tengas cuidado cuando vas detrás de la pelota! ¡Casi volteas a esa anciana
corriendo como un loco!-.
Sería duro
acostumbrarse a ser Ernesto Campilongo y olvidar totalmente ante el mundo que
era Pablo Mirone. Debía tomar un taxi pero asegurándose que el chofer no tenía
relación ni con los narcos ni con Funes, bien sabía que tenían un aparato
investigador poderoso y de lo más
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adelantado en el país. Se dirigió
a la avenida más cercana, donde seguramente
pasarían varios coches de alquiler, podía elegir así por intuición
alguno seguro y tenía más posibilidades de no subir donde no debiera. Su
cálculo era acertado, pasaban por allí decenas
de taxímetros. Ascendió a uno, le pidió dirigirse a un supermercado que
distaba de allí unas treinta cuadras y para ello debían abandonar la avenida.
El conductor era uno de esos charlatanes de peinado pretencioso y bigotito; no cesaba en su discurso, a pesar que Ernesto
atento a lo que ocurría con el tránsito a su alrededor, solo le contestaba con
monosílabos. No detectó que alguien los siguiese, igualmente al bajar,
permaneció unos minutos en la entrada del local hasta que se aseguró que el
fluir de entradas y salidas así como los transeúntes obraban de manera
totalmente normal. Cerca de allí había una concesionaria de automóviles,
ingresó para comprar un usado, con la condición que pagaba al contado pero
necesitaba llevárselo en el momento. Le iniciaron los trámites de transferencia y se retiró con su flamante compra. Quería
salir rápido a una ruta, necesitaba despejarse y pensar en su presente, futuro
y pasado. No obstante cuando constató con seguridad que no era vigilado, paró
previamente en un bar donde se sentó en un ventanal que daba a un exterior que
mostraba a cualquier observador, lo que ocurría en ese tramo de una calle
barrial a esa hora del día. Lo primero que ocurrió fue que un muchacho joven
vestido a la usanza del momento, se sentó en un reborde de la pared vecina al
negocio para observar el movimiento de la zona, tal cual lo estaba haciendo
Mirone desde su mesa. De pronto mirando en todos los sentidos posibles se
incorporó para
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dirigirse hacia la reciente adquisición de Ernesto Campilongo, que permanecía
estacionada en la calle. El nuevo dueño observó con curiosidad al individuo que
miraba el interior del vehículo acercándose hasta casi tocar con la nariz los
vidrios de las distintas ventanillas. Acto seguido extrajo del interior de su
campera lo que parecía ser un corto bastón de hierro o metal contundente, y
tomó distancia con el ademán de golpear el vehículo. Instintivamente Ernesto
ganó con suma rapidez la calle, logrando
interponerse para que el sujeto desistiera de su intento, lo cual consiguió a
medias, ya que dirigió entonces el bastonazo hacia su cabeza, el cual pudo
esquivar milagrosamente. Ante el fracaso de ese golpe, el atacante optó por
huir, lo cual realizó sin mostrar demasiada premura. El mozo que lo atendía en la cantina, había
salido a la puerta, no con intención de intrometerse o interesarse en el hecho,
sino al temer que su cliente huyera sin pagar, pero se tranquilizó al ver que
volvía hacia su mesa, por lo cual, para disimular le dijo:
-¡Qué barbaridad!,
todos los días ocurre lo mismo, los detienen cuando pueden, pero antes de una
hora ya están de vuelta en la calle, como si nada, y bueno… es así la cosa.-
El ex Pablo, comprendió
rápidamente toda la situación, habían querido robarle su equipo de música, pero
lo notable es que todo se desarrolló como un hecho normal, cotidiano y
desprovisto de cualquier connotación. Salvo el mozo por interés personal, nadie se molestó en moverse o en intervenir a
favor de la defensa del atacado, como si ello fuese un accionar fuera de lugar.
Apuró parte de la copa que le sirvieran, para
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entonarse un poco, lo cual consiguió, pero para continuar su observación
callejera. En poco menos de media hora, vio a un proxeneta sacarle dinero a una prostituta que había salido de un hotel de enfrente, a
un traficante vendiéndole un paquetito a un cliente, y a un par de muchachos fumar marihuana tirados en la vereda, todo ante la
indiferencia total de un policía que seguramente alertado por el episodio por
él vivido, apareció a los pocos minutos de ocurrido, para pasearse por la
vereda de enfrente. El comportamiento social era de un perfecto individualismo,
carente totalmente de cualquier solidaridad ni atención hacia el prójimo, pensó
que tal vez se necesitara un accionar conjunto, de comunidad, interesarse el
uno por el otro, desenmascarar a los corruptos y cómplices para comenzar a
vivir en un medio mejor, que de nada servía el fundar sociedades de
beneficencia para paliar el remordimiento de la conciencia ante la explotación
social que conducía a esos desatinos. De pronto se admiró por estos
pensamientos, jamás antes discurridos por él, tal vez su nuevo rostro e
identidad lo conducían a pensar en nuevas opciones, debía seguir pensando en ello, tal vez valía
la pena.
Funes y el traficante de drogas no
se conocían pero ambos estaban con un estado de ánimo parecido, una frustración
anímicamente similar y buscando desesperada y afanosamente a una misma
persona. Afortunadamente para el buscado seguían pistas
diferentes, los esbirros del delincuente pronto averiguaron que el testigo era
un tal Pablo Mirone que había desaparecido en los días en que enjuiciaron a su
jefe, pero no les coincidía los datos que de él tenían con otras averiguaciones
del individuo que declaró encapuchado en el juicio. Habían conseguido datos que
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correspondían a Santos, diferentes
a los de Pablo, lo que conseguía despistarlos. Pronto se dio el
encuentro entre ellos y Funes, hecho que condujo a los mal vivientes a concluir
que Pablo era un anzuelo utilizado por la policía para desviarlos de las
averiguaciones en base a un desaparecido buscado por posibles delitos menores,
que causaba irritación a un personaje importante como era Funes. Este estaba
por primera vez en su vida, muy inquieto e irritable. Mucho le molestaba que su
trayectoria individualista perfecta, fuera burlada por otro individualista,
conceptualmente su reinado peligraba, en la búsqueda del poder total y absoluto
no podía ni debía existir un estratega
mejor que él. Para colmo de males el desaparecido no era inocente, se había
hecho de buen dinero y además parte del mismo con una estratagema descubierta
recientemente, como era el sistema empleado del acopio de centavos o cifras
pequeñas. También conseguía hasta el momento evadir las consecuencias de no
cumplir con el contrato firmado, en este no estaba contemplada penalidad en
caso de desaparición sin comprobación de muerte de parte del infractor, además
continuaba con la titularidad de El Vergel hasta que se produjera su reaparición.
Don Ernesto tenía ahora una luz de esperanza, era posible que siendo tan audaz
estuviera involucrado en hechos delictivos. Pero debía revisar toda su
estrategia, lo que él pensaba sólido e impenetrable, estaba haciendo agua.
También le molestaba que no hubiera logrado
aplicar la última degradación ideada en base a que su anciano padre comenzaba a
tener incontinencia. Lo llevó a su estancia el día de la desaparición, para que
Pablo en lo sucesivo durante los horarios acordados, se ocupase de cambiar los
pañales y limpiarlo.
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El nuevo Campilongo respiró algo más
aliviado en la ruta, no podía convencerse que nadie lo seguía, sabía que era
cuestión de tiempo para retomar la normalidad. En medio de esas cavilaciones,
tropezó con un control de caminos por parte de la gendarmería. Trató de
serenarse, le resultaba difícil porqué notó que corroboraban datos de la
documentación mediante un monitor instalado en una de las camionetas del
operativo. Algún problema se le presentó
por la titularidad provisoria, pero lo dejaron seguir porque el resto de los
papeles verificados estaban todos en
orden. Este intrascendente episodio le brindó una gran seguridad máxime que aún
podía notarse alguna pequeña marca o hinchazón en su nuevo rostro. El camino
que emprendía ahora conducía a su pasado y futuro a la vez, se detendría unos
kilómetros antes, en su devenir venidero
que era Los Álamos para intentar olvidar
su anterior aspecto y personalidad encarnados en Las Acacias. Llegó a su nueva casa, había estado unos días ausente,
les mintió a sus vecinos diciéndoles que permaneció internado unos días en la capital
por un problema intestinal y que aprovechó para retirar cuando volvía, el coche,
que estaba en reparación en un taller de
su antiguo pueblo.
Debía planificar su
nueva vida, para lo cual necesitaba mirarse en el espejo varias horas al día
para establecer en su memoria y conciencia su nueva apariencia. Comenzó a salir
a diario del poblado, para volver a la misma hora aproximada, con el motivo de
aparentar que concurría a su trabajo. Ello implicaba un riesgo porque podría
descubrirse la falsedad y debía tener una vida
lo más normal posible. Un día no pudo
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resistir la tentación y se
dirigió al centro del pueblo de Funes. Le sirvió para recuperar el aplomo,
hasta almorzó muy bien en el restaurante donde unos días atrás le servían pollo o pescado hervido y
verduritas, para luego comprar libremente en el supermercado donde
anteriormente estaba celosamente controlado y vigilado.
Un trabajo era la imposición
más urgente a que le obligaba la nueva vida. Tenía la oportunidad y en muchos casos
se le iba presentando la necesidad, de cambios en su proceder; el más costoso
como un resabio ancestral era recurrir a otras personas, lo cual atentaba
contra su individualismo. El renacer de su contacto con Ariel, había sacudido
sus férreos conceptos, su antiguo compañero de clases no tan solo jamás le
reprochó su falta de colaboración en trabajos que como estudiantes les tocó
hacer en conjunto, sino que ahora se había jugado la tranquilidad de él y su
padre, en el reciente episodio en que había recibido su desinteresada,
arriesgada e inestimable ayuda. Decidió invitarlo a almorzar, estaban separados
por una distancia de ciento cincuenta kilómetros, vivía en un pueblo en otra
zona geográfica, denominado Apipé. Nada parecía relacionar a Los Álamos con ese
lugar, se sintió seguro y decidió trasladarse al lugar para cumplir con la invitación. Durante el viaje, pensó que
cuando era Pablo había elegido la carrera de agrónomo como exaltación de su
ideal de conquistador personal del mundo, en un intento de lograr el comienzo
de esa empresa a través de sojuzgar a un
campesinado pobre e ignorante, que con cierta facilidad estaría pronto a su
servicio y servidumbre. Era cierto que le atraía el campo, pero ese era un
aspecto secundario. Pero en la historia de la agricultura, no existía en sus
orígenes mundiales, el latifundio, ni
-46-
el acopio de tierras en función de poder, el ejercicio del dominio nacía
en el jefe de la horda primitiva a través del arte individual de la caza, el
erigido jefe era el mejor cazador, entre otros atributos. La agricultura se
originaba como trabajo en colaboración, necesitaba por su naturaleza el aporte
de varios seres, tanto humanos como animales. No podía negar que en su genética
primigenia no tan solo campeaba el individualismo sino también el trabajo
mutuo, efectuado en cooperación. Podía ahora con su nueva identidad,
acompañarse de un nuevo proceder, también sostenido por sus genes más antiguos.
Llegado a Apipé le fue
fácil encontrarse con su amigo en el restaurante del pueblo, era un lugar con unos tres mil habitantes, donde
confluían principalmente chacareros de la zona a llevar sus productos para
ulterior distribución. Se abrazaron, Ariel ponderó el trabajo que había realizado el cirujano, se lo veía
idéntico a las fotos que le habían tomado cuando era Pablo con la máscara de
material humano. Durante la conversación, además de volver a contarse con
detalles lo vivido por cada uno, Campilongo se enteró que su amigo asesoraba a
varias cooperativas zonales de producción y distribución. Le recomendó no
volver a cursar la carrera de ingeniero agrónomo para no levantar sospecha
alguna si aún la mafia o Funes trataban
de localizar su antigua identidad. Era aconsejable que hiciera un estudio menor
de técnico agropecuario, con ese título se habilitaba plenamente como asesor en
lo que interesaba en la zona, además era realmente ingeniero con lo cual no
tendría limitaciones en su accionar. Podía rendir las materias como libre en un
instituto habilitado en la zona, recibiéndose así en forma muy rápida. Ariel se ocuparía luego
-47-
de ubicarlo en su radio de influencia. No debían aparecer como amigos en
el poblado, era un plan en el cual era
necesario fingir que se conocían solo a través de opciones actuales de
trabajos, no existía para el resto del mundo un pasado común en la facultad de
agronomía.
Antes de regresar a su
nuevo hogar, fuertemente atraído por el plan propuesto, concurrió al Instituto
Agrario y se inscribió en forma condicional para cursar como libre las materias
que se exigían, debía entregar el certificado legalizado de estudios
secundarios que le habían brindado junto con los papeles a nombre de Ernesto
Campilongo.
De vuelta, comprendió
que era un gran riesgo vivir mucho tiempo en
Los Álamos, todo el mundo terminaba por conocer en detalle la vida de
los demás. Además era un pueblo cooperativo, muy pocas personas de allí no
ejercían sus labores en instituciones de
ese tipo. Montó una historia por la cual
ya no trabajaría más en el pueblo de Funes, por lo cual retornaría a la Capital , apenas venciera
el contrato de alquiler de la propiedad donde ahora vivía.
Tenía aún dinero que
gastaba en forma muy medida, para llegar a subsistir hasta la obtención de su
nuevo título, y ubicarse laboralmente en Apipé.
Llegó el día de
abandonar Los Álamos, había vencido el alquiler.
Ante el asombro de las autoridades
del Instituto Agrario de Apipé se había recibido rindiendo materias libres el
autodidacta Ernesto Campilongo, en menos de un año. Con la capacidad y
preparación demostradas, Ariel lo ubicó rápidamente asociándolo a una
cooperativa del lugar.
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En la mudanza, no había
mucho para llevar, trasladó durante el año
gran parte de lo suyo, acopiándolo en la vivienda de Ariel. Cargó lo
restante en su coche, y antes de partir definitivamente, fue a almorzar por
última vez a “El buen comer”.
Lo atendió la misma
mujer que lo atendiera siendo Pablo, que sonriente le dijo:
-Buenos días, señor
Ernesto, me he enterado que usted se va del pueblo y se instala en la Capital. Ha tenido una
transmisión de pensamiento con nosotros, porque justamente lo íbamos a invitar
a una despedida ahora, ya que sus vecinos nos dijeron que partía a primeras
horas de la tarde. Pero, bueno, ya está acá, por favor ubíquese en esa mesa, que
compartirá con dirigentes del pueblo, que quieren despedirlo-.
Un sudor frío recorrió
su espalda, esa gente parecía saber demasiado de él, conocían sin haberlo
mencionado su nombre actual, todo era muy peligroso, además vio sentado a la
mesa al señor Pecialo quien le había hablado algo de cooperativismo aquella vez
que hastiado porque no podía comer lo que quería, había visitado por primera
vez el restaurante del pueblo. Sacando coraje de donde pudo, se dirigió a la
mesa indicada, evidentemente lo reconocían porque se levantaron de su asiento y
se presentaron, dándole la mano. Cuando fue el turno de Pecialo, prestó
especial atención, nada indicaba que lo recordase de su identidad anterior. Tardó
en disipar su temor, al principio le parecía que eran enviados de Funes que con
ironía propia del averno hacían un sutil trabajo de hacerlo caer en la telaraña
de sus dichos. Pero pronto sintió alivio al comer sin restricciones una entrada
sabrosísima de fiambres y quesos zonales, y sin indagar nada, le contaron sobre
las cooperativas y el cooperativismo. Lo que más le
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impresionó fue que quisieran mostrarle una forma de vida diferente, no
tan solo en cuanto al trabajo y negocios, sino una doctrina que cambiaba al ser
en su proceder de la vida diaria, desde su hogar a lo familiar y en las
relaciones con su prójimo y el entorno. Se trataba de aplicar el trabajo mutuo,
la solidaridad, el cuidado de la naturaleza y la ecología, el preocuparse por
todos los que colaboraban y no solo por sí mismo. Le obsequiaron un librito en
donde se explicaban las bases, principios, fundamentos, leyes y formas de crear
y constituir una nueva cooperativa. Le aclararon también porqué no había un
vínculo fluido con los pueblos cercanos, como el de Funes; era como si hablasen
idiomas diferentes, formas de ver la vida y sociedad contrapuestos, lo que
generaba alejamiento entre sí aunque las puertas de ellos estaban siempre abiertas
a toda persona sana honesta y de buena voluntad que aceptase incorporarse a su
doctrina, trabajo y forma de vida.
Luego de despedirse se
retiró con una calesita en su mente. Fueron los ciento cincuenta
kilómetros de viaje más confusos de su
vida, a pesar de la atención que debía prestar al manejo. Su nueva identidad
pujaba por alejarse del individualismo que había transformado, en aras de
conseguirlo, su paraíso soñado en un infierno de esclavitud. Lo lamentable y
sin salida era que lo mismo le había sucedido a la sociedad que lo había
acompañado en su vida. Había vivido una trampa, intentando alcanzar lo
inalcanzable consiguió una vida mísera, sin sentimientos, sin aprovechar lo que
los seres vivientes tenían para gozar, como era la naturaleza, la amistad, el
apoyo mutuo, la belleza, el arte, las expresiones gratificantes, en fin
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todo lo que valía la pena de ser
vivido y que no tenía un valor expresado en dinero. Ariel había constituido la
pieza fundamental para consolidar su
despunte, comenzaba a sentir apuro por vivir, alejarse de la esclavitud, temía
que lo descubriesen demasiado pronto, Funes y la mafia no lo perdonarían jamás,
lo buscarían siempre, pero tal vez aún podía tener refugio entre los que lo
aceptaban como un par más porque entre ellos, sería como cada uno era allí:
alguien importante, una pieza fundamental del eslabón de la mutua cooperación.
Sus primeros tiempos en
la cooperativa Coopagro, lo reconciliaron con lo positivo del ser humano y aprendió
que dentro de las debilidades y falencias del hombre, era el mejor sistema de
trabajo, convivencia, progreso y elevación moral que habían ideado los mortales. Debían luchar
permanentemente por la verdadera educación cooperativa, que consistía en practicar el cooperativismo como forma de
vida real y diaria, por ello era tan importante crear cooperativas escolares,
para enseñar con la teoría y práctica la doctrina a sus tiernos vástagos, que
estaban en situación y edad de moldearse
para toda la vida. No podía creer que anteriormente
hubiese caminado la ruta de perder la vida, en aras de intentar adueñarse del
mundo. Esa era la más mortal de las trampas, alentada por banales triunfos
pequeños y efímeros que una vez que
envolvían al ser como una telaraña sutil le impedían apreciar que el
triunfo sobre el entorno y el verdadero control ecológico beneficioso para
todos, se lograba en el bien común logrado por el trabajo mancomunado y sin
privilegios de todos y para todos. Comenzaba a comprender la fortaleza del
cooperativismo que
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conducía a la fe del humano en sí mismo y de sus pares, era la forma de
conseguir aquí en la tierra y durante la vida una sociedad mejor y justa, en
base al trabajo y esfuerzo concreto y fecundo de los integrados y asociados
para lograr un devenir próspero. Era una fe muy distinta a la religiosa, que cifraba la esperanza de una vida justa y
reparadora de injusticias en otra vida en el más allá, mediante una vida
terrenal que podía ser llegar a ser muy injusta y torturante, era necesario ser
bueno para lograr esa vida futura. El cooperativismo, lograba la fe en los
hechos concretos de esta vida, al descubrir que la bondad comenzaba por
destronar al individualismo y sus lacras, porque el bueno que quería al prójimo
como a sí mismo, para tener una vida mejor y terrenal, se asociaba con sus
semejantes en empresas concretas para la vida diaria. La fe del cooperativismo,
era la del aquí y ahora, que luego de
acuerdo a la idea de cada uno se prolongaría en una vida ulterior, o todo
terminaría con el final de la terrenal existencia.
Se solazaba al tiempo
que repetía una y otra vez que era indispensable en la vida leer y releer a los
grandes pensadores que hicieron posible a través de los tiempos la actual
doctrina cooperativa, mediante distintas ideologías afines. Se podía comenzar
muy atrás, por ello leía a Platón y su “República”, luego se maravillaba con
Tomás Moro y su “Utopía”, prestando luego especial atención a las vidas reales
y obras de Robert Owen y Charles Fourier. ¡Que idealismo! Era notable como
caminaron el ideario socialista sin importarles fracasos, estaban convencidos
que se conseguiría tarde o temprano aquello por lo cual bregaban, en ese
esfuerzo dejaron sus vidas. Como un hálito de su ideología se impregnaron
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algunos tejedores que impulsaron la creación de “Los probos pioneros de
Rochdale”, a partir de allí todo se expandió, desembocó en grandes epopeyas
como la de Arizmendiarieta y otras, a pesar de la resistencia y el afán de que
no circularan esas historias y ejemplos, por parte de los grandes capitalistas
e individualistas.
Conoció a una docente
que se ocupaba de educación cooperativa, acción señalada en uno de los siete
principios mundiales del cooperativismo, tema que lo indujo a acompañarla en su
gestión. Era Iris una morena apasionada que supo transmitirle sus anhelos,
despertó aspectos dormidos de su persona, terminaron en una relación
sentimental que los uniría luego en sus vidas.
Coopagro bajo el
impulso de ellos, fundó una escuela primaria, en la cual instauraron enseguida
una cooperativa escolar, y enseñaron cooperativismo y su historia, en la vida
diaria. Supieron inducir en los chicos el afán de conocimiento. Cuando
realizaban una tarea determinada, en cierto momento Iris les decía:
-Ven, esto es lo que
habría aconsejado William King, y lo habría convalidado Henri de Saint
Simón-. Inmediatamente alguno de los
niños preguntaba:
-¿Quiénes eran esos
señores y que decían?-. La respuesta no se hacía esperar:
-Busquen en los libros
de nuestra biblioteca, o si lo prefieren en las computadoras que allí
disponemos, se darán cuenta al leer sus apasionantes vidas el motivo de mi
comentario-.
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De esa manera se
aprendía a relacionar, al buscar a esos personajes encontraban paralelos y
vinculaciones con otros personajes como
Philippe Buchez, Louis Blanc o Gide.
El principio
cooperativo que más atraía a Campilongo era el de control democrático de los
miembros, o sea que cada asociado valía en la Asamblea , órgano máximo
de la cooperativa, un voto, sin importar
el capital integrado ni el porcentaje de participación anual que había tenido.
Era lo que los igualaba en las decisiones y los motivaba a consolidar el
precepto. Siempre que podía lo esgrimía y recordaba, ya que era el perfecto
opuesto a la vida denigrante que había llevado durante su esclavitud con Funes.
A través del tiempo,
perdió totalmente su antiguo individualismo, incorporó a su vida, -como la
nueva ideología incorporada en su ser forzosamente conducía- al cooperativismo solidario y lo aplicaba en
el accionar común fuera de la institución, aún con personas sin conocimiento o
distantes de ese pensamiento. Cuando con ello lograba hechos positivos,
solamente les decía a los involucrados: -¿Vieron?, de esto se trata el
cooperativismo.
Hubo muchas diferencias
en las vidas ulteriores de Ernesto Campilongo, Ernesto Funes y el jefe narco.
Campilongo logró una nueva vida, olvidó el pasado, la pérdida de una ilusoria
empresa pujante, motivo que en su momento lo paralizaba, la lucha estéril en
una competencia en la cual siempre perdería con la ilusión de tener la
hegemonía sobre el mundo, y sobre todo las cosas ganó un mundo de sentimientos,
sensaciones, solidaridad y trabajo mutuo en función del bien común. Funes tenía
muchas espinas clavadas en su corazón de piedra, una que no podía sacar era la
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de Pablo Mirone, a quien no lograba encontrar, necesitaba verlo y
muerto, para alimentarse como Mefistófeles del alma de él, para sentirse
poderoso, el supremo y no burlado por otro individualista. No podía imaginar
que la burla más importante residía en la vida que llevaba actualmente el
desaparecido. El jefe mafioso,
alimentaba día a día el renacer constante de la necesidad de ubicar a quien lo
había delatado, era el único caso en su historia que no había podido vengar, no
le interesaba tanto la libertad como ser el máximo, el padrino sobre todos los
demás.
El legado principal de
Ernesto Campilongo fue la frase que hizo colocar en la entrada de Coopagro,
estimulante del conocimiento y estudio del cooperativismo:
“El importante
crecimiento de “Los Probos Pioneros de Rochdale” debe atribuirse no a la
importancia del poder económico sino al valor de las ideas y la fidelidad constante
que esos iniciadores tuvieron con esas ideas”
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