sábado, 9 de noviembre de 2013

El Individualista

EL INDIVIDUALISTA                                                -1-                                                                                                                           

            El Decano en persona lo nombró con voz segura. Se acercó con paso firme a recibir el diploma entre los aplausos del público y familiares. No le habían dado un papel en blanco, como suele hacerse para poder  terminar con los trámites, en este caso era el título ya inscripto y validado.  Los besos y abrazos fluyeron como siempre, algunos sinceros otros de compromiso, los recibió a todos con igual sonrisa ya que no le interesaban. Se retiró lo antes posible, no  admitió fiesta alguna de sus parientes y relaciones cercanas, que como intuía bien, quedarían allí un rato para despotricar  sobre la carrera por él elegida, sus posibilidades escasas y la pobreza de relaciones que  estableció mientras la cursaba.  Sin que nadie lo supiese, compró con ahorros de penosa consecución una fiesta dedicada solo a él, que mediante el esmero de sus actores lo reconfortaría mucho más que las hipocresías de su diario entorno. Con sus veinticinco años, Pablo Mirone estaba festejando su ingreso oficial al mundo de la ingeniería agronómica, al cual accedió por voluntad y esfuerzo propios, basados en la atracción que desde niño sintió por el campo y sus actividades. Le atrajo siempre la posesión de grandes parcelas de tierras como signo de poder y las lujosas estancias como íconos representativos.
            No tenía  relaciones sentimentales con mujeres de su edad, solo estableció contactos carnales esporádicos, generalmente con chicas pobres a las cuales pudo atraer dominar y olvidar fácilmente.  Su familia favoreció esta forma de ser y sentir, su hermano y padres solo se reunían  en almuerzos domingueros, luego de una semana sin comunicación entre ellos, que culminaba en compartir una comida en la cual cada uno, cuando podía  hacer callar a los otros, contaba sus hazañas personales totalmente inconexas  con la vida y vivencias del resto de la mesa.
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            La búsqueda de trabajo, no era sencilla, deseaba  estar cerca de la   Capital, pero los campos de las cercanías eran de grandes empresarios que manejaban familiarmente las necesidades técnicas del agro. No obstante sus ideas jóvenes y su especialización en maquinaria agrícola para lograr un mayor rinde, constituyeron argumentos capaces de atraer a algunos hacendados, comenzando una actividad que le permitió insertarse en la profesión. No se conformaba  con ello, estaba en la búsqueda obsesiva y permanente para poder iniciarse como terrateniente.
Las lecturas que elegía, en algún aspecto tenían que ver con sus ansias y aspiraciones, por ello leyó el “Fausto” de Goethe. No era necesario pactar la juventud, ya la tenía, en su caso le faltaba vivir la vida y adquirir experiencia. El pacto debía hacerlo para vivir una buena vida, opulenta, con buenos placeres. Pero en la metáfora, estaba  la posibilidad a través de lo maligno, del poder del dinero, pero por más que lo invocase este no aparecería. Cerró el libro y observó bajo la puerta de entrada que allí asomaba la edición del día del diario local. Todos los días antes de salir rumbo al trabajo,  recorría  el reducido espacio de avisos en búsqueda de alguna propuesta interesante. Detuvo su mirada con cierto asombro en un título resaltado que decía “Individualista busca a otro individualista”. Leyó el contenido, que era el siguiente: “Oportunidad única de progreso y bienestar para un individualista que por su ideología  comprenda a un par, con cinco horas de trabajo diario durante años, por contrato. Seguridad y reserva absolutas. Dirigirse al señor Funes, en la estancia Las Acacias, ruta 41, kilómetro166”.   Rumbo al trabajo, pensó en el aviso, seguramente no se trataba de una broma, ocupaba casi un cuarto de página y  su publicación costaba unos buenos pesos. Coincidía con un día en que los problemas

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laborales estaban prácticamente resueltos y debía asesorar a un cliente justamente a pocos kilómetros de lo señalado en el diario. No se fijaba horario alguno para una entrevista, ni posibilidad telefónica, de modo que una vez terminada con éxito la gestión de trabajo, acompañando el transcurrir de la media mañana decidió ir al encuentro del anunciante. Llegó fácilmente, muchas veces había pasado por el lugar, no se veía el casco de la casona desde la ruta, tan solo una tranquera que daba acceso a un asfalto poco frecuente en la zona, con un cartel lateral que decía “Estancia Las Acacias”. Estaba sin candado tan solo debía bajar a abrirla para poder avanzar. Mientras lo hacía, observó que una camarita empotrada a uno de los troncos, lo enfocaba directamente. Por su ser se desplazó una rara sensación mezcla de agrado con reparo, que lo hizo reflexionar sobre las conductas que debía poseer un convencido como él en cuanto al mundo que lo rodeaba. La precaución a tomar no debía descuidarse ni aún en una campiña tranquila donde el canto de las aves, el sonido del viento, el olor a frescas hierbas y el paisaje bucólico parecían ser los mayores llamados a los sentidos. El éxito individual constituía siempre un poderoso atractivo para la cohorte de envidiosos incapaces de lograrlo.
   Como no se produjo aviso ni seña alguna, luego de ingresar cerró nuevamente el acceso  para disponerse a avanzar a velocidad reducida. No había ni cultivos ni ganado, pero sí un césped muy bien mantenido. El camino conducía hacia un pequeño bosque de acacias situado a unos trescientos metros, estando los árboles situados de tal manera, que paulatinamente dejaban ver una construcción amplia, de estilo rústico pero de
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aspecto sólido, sin lujos que no obstante daba al visitante la sensación de confort. Al pasar los primeros árboles,  Pablo visualizó otras cámaras muy bien disimuladas y orientadas hacia el visitante, que le afirmaron sus anteriores pensamientos. Llegado a metros de la entrada, le dio pena salir del camino, para no dañar con las gomas el pasto que lucía inmaculado. Dejó el coche sobre el pavimento, parecía no molestar allí. Un timbre de sonido moderno, anunció a los presuntos moradores la visita. Lo atendió un sirviente y ante su requerimiento, lo hizo sentar en un mullido sofá. Luego de unos minutos de espera, apareció desde una habitación vecina, un señor alto, delgado, moreno de mediana edad, sin señas especiales, que ante la incorporación de Mirone tendió la mano para decirle:
-Mucho gusto, joven. Soy Ernesto Funes, me han informado que viene por el aviso-.
-Si señor -fue la pronta respuesta-deseo informarme al respecto, ya que me considero un perfecto individualista y tal vez sea de mi interés su propuesta-. El dueño de casa lo observó atentamente y le dijo:
-Eso lo decidirán mis expertos, con quienes evaluaré a todos los candidatos que se presenten, no tan solo he publicado el aviso en el diario local, sino también por otros medios. Pero vayamos al tema. A pesar que poseo  mucho personal en las distintas empresas de mi incumbencia, muchos de ellos de plena confianza, vivo solo en esta estancia, sin parientes ni afectos cercanos. Me desplazo a diario a veces en helicóptero, otras en avioneta o en autos, depende de las circunstancias. Tengo un sistema de seguridad sofisticado desconocido para casi todos, que no tiene nada que
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ver con las camaritas de utilería que habrá visto en el camino de acceso. Esto se lo cuento para que tenga una noción de cómo transcurre mi diario vivir.  Como mi edad es de cincuenta y cinco años, debo programar mi futuro y tener al lado una persona en quien confiar y que me acompañe permanentemente. Me han asesorado que con cinco horas diarias, no continuas sino distribuidas durante el día, cubriré perfectamente mi necesidad.  Por todo ello es que pido un individualista, alguien que viva solo y trabaje por cuenta propia, de manera que esas cinco horas no interfieran en sus proyectos. No percibirá por esta función sueldo alguno, no debemos jamás discutir entre nosotros honorarios o montos a cobrar, en esta actividad  de por vida. Usted se estará preguntando cual será el beneficio para el seleccionado, es muy simple y complejo a la vez. Podrá elegir entre cuatro de mis empresas una de ellas, la cual automáticamente quedará por contrato a su nombre mientras viva, podrá disponer de ella como si fuese su dueño, sin consultar a nadie sus decisiones, y quedándose con las ganancias íntegras que proporcione su explotación. Han sido elegidas a mi entender como las que pueden posibilitar una vida holgada y segura desde un punto de vista económico, punto de arranque para el desarrollo de un joven capaz y audaz. Un incumplimiento en el contrato, hará que el beneficiario pierda instantáneamente todo derecho y tenga que reintegrar la empresa en las mismas condiciones y con el mismo capital que le fue entregada, más los intereses que correspondan.  Si consulta con un abogado, lo más probable es que le diga que esto no se puede realizar legalmente, y le citará los motivos de distintos derechos desde nacionales a universales,  pero pese a ello,

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mis asesores han establecido la forma de poder hacerlo aunque se afirme que es imposible. En esta primera entrevista, le daré copia del contrato para que lo estudie quien lo asesore, con el nombre de las empresas que puede elegir, cuyos datos son de público conocimiento, luego quedará a la espera de ser convocado, si no lo es en los próximos treinta días, significa que no ha sido elegido como candidato. Si usted no se interesa, me lo comunica por favor, mediante el  correo  electrónico que figura en la copia del contrato. Cualquier duda la aclaramos por el mismo medio. Si no tiene otra pregunta, me despido de usted, ya que me informan que hay otros candidatos que atender-.  Dicho esto, le dio la mano y se retiró por la misma habitación por la que había aparecido.  Pablo quedó muy impactado por lo que acababa de escuchar, además había estado frente a un individuo que trasuntaba una férrea personalidad, un manejo envidiable de la relación asimétrica entre un triunfador y un aspirante a serlo, que en ningún momento permitía la más mínima tendencia a una nivelación de las grandes diferencias existentes entre ambos. Sin duda tenía mucho que aprender y lo propuesto podía ser una muy buena escuela de vida independiente. Volvió luego de esos breves instantes de reflexión a la realidad del momento.  Lo acompañaron dos hombres fornidos hasta su coche, despidiéndolo amablemente. Salió mareado del lugar, no vio a ningún otro ser viviente hasta la tranquera, a través de la cual desapareció rumbo a su casa, sin poder evitar una compulsión a detenerse para lo cual se arrimó a la banquina. Como en una extraña atracción giró la cabeza para ver una vez más el lugar que abandonaba, como asegurándose que no se había tratado de una

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ensoñación o un delirio. Por el camino le daban vueltas ideas y dudas, sobre todo el hecho que lo despidiesen tan rápido y abruptamente, sin observarse allí otro candidato a la espera. Tal vez se estaría comunicando por otros medios, sobre todo si había publicado avisos por otras vías. Decidió ordenar sus ideas para lo cual lo primero que haría sería consultar con uno de los abogados de la empresa donde trabajaba. Imprimió una copia de todo lo que don Ernesto le dio para dirigirse sin perder tiempo al estudio jurídico.  
El letrado se interiorizó del extraño caso, recibió el cúmulo de papeles copiados, para prometerle leerlos a la brevedad, pero le anticipó que todo le parecía un despropósito y una locura. Pablo no se quedó quieto, resolvió averiguar por otra parte sobre las empresas propuestas en el pre contrato. A poco de investigar, se sintió atraído como por un gran imán, uno de los más poderosos conocidos, que estaba representado por el alcance de una gran fortuna fácil en forma totalmente legal. Se trataba de cuatro empresas florecientes, con balances anuales promisorios, una de las cuales justamente se dedicaba al agro y sus productos. Si no fuera por la afinidad que sentía por ese rubro, la elección se tornaba muy difícil.
Transcurrieron unos días de tensión y sobresalto, durante los cuales su ambición crecía a pasos agigantados, se veía dueño de grandes sumas de dinero y poder infinito, como si fuese un rey de cuentos de hadas. Finalmente en medio de esa confusión  de anhelos que podían escaparse, el abogado lo citó para hablar. Trató de acudir a la cita con la mejor preparación posible, había leído todo y poco había entendido, mucho se había impresionado.  El jurisconsulto  se mostró serio, casi solemne, para decirle:
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-Mire amigo, todo esto es algo muy complicado de lo cual solo puedo decirle dos cosas: la primera es que necesitaría mucho más tiempo para darle una respuesta segura, la segunda es que intervienen triangulaciones con el exterior, aspectos jurídicos internacionales y otros temas que en apariencia son correctos pero que habría que estudiar más profundamente. Si la persona creadora de esta idea está en su sano juicio, puede llegar a ser una propuesta válida, pero en un galimatías de tal naturaleza, en modo alguno cuente conmigo para convalidar esta locura-.  
Salió de allí confundido, pero más alentado, no había recibido una negativa rotunda de la validez de la propuesta. Recorrió otros abogados y estudios afamados, le ocurrió lo mismo, salvo en el caso de presuntos aventureros de la ley que se avenían a patrocinarlo. Finalmente cuando creía que no había sido electo, el último día del plazo fijado, recibió un correo en el cual se lo invitaba a concurrir al día siguiente a las nueve de la mañana a la Estancia Las Acacias. El texto que más parecía una propaganda superflua e innecesaria decía lo siguiente:
“Licenciado Pablo Mirone: Le informo que en concurrencia con mi equipo letrado, psicológico y económico  he decidido entre todas las  solicitudes presentadas para efectuar un contrato de asistencia personal al señor Ernesto Funes,  optar por la suya, debido a que es la que contiene la mayor cantidad de datos afines con el espíritu de lo requerido. Se determinó que su inclinación hacia el individualismo es real y pertinaz con lo cual aseguramos la elección de una persona que favorecerá sin duda a la causa liberal, engrandeciendo a través de mi poder y posibilidades el accionar de

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nuestro pensamiento. Su capacidad y antecedentes son también inobjetables, de manera que estamos seguros que sabrá soportar con hidalguía y coraje todos los contratiempos que se le presenten en la realización de su labor que terminará sin duda enalteciendo su ser y posesiones.  Lo espero tal como ocurrió  en la primera entrevista, en mi estancia, al día siguiente de la recepción de esta nota, a las nueve de la mañana.” Releyó la nota dos veces, le llamó la atención la falta de formalidad, pero bien pensado, no tenía porque utilizarla ya que se consideraba por encima de él, por lo menos hasta que pudiese demostrarle lo contrario. Otra de las dudas generadas, que giraba en su cabeza como un carrusel de inquietantes presagios era a que se refería con el coraje y la hidalguía para afrontar contratiempos y cuales como así de que naturaleza serían los mismos.
Ernesto Funes, en forma personal,  lo recibió por segunda vez. Trató de aparecer solemne para decirle:
-Como podría ser tu padre, a partir de ahora te tutearé. Este cúmulo  de hojas que ves en mis manos, constituyen el resumen de lo que se puede averiguar de tu vida en todos sus aspectos. Lo más importante para mí al margen de tu buena conducta, honestidad y dedicación a lo que emprendes, es tu afán de triunfo en la vida  en base a ti mismo, es decir a tu individualismo. Supongo que estarás decidido por que empresa te decides, la cual esta tarde ya estará a partir de ahora bajo tus órdenes. No te sorprendas, pero como averigüé que letrado te asistirá, lo envié a buscar con un helicóptero que por el sonido, me parece que está aterrizando en este instante en el helipuerto. Cuando hayamos firmado, deberás comenzar a

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cumplir con el contrato, día a día me asistirás durante cinco horas, las cuales convendremos siempre durante el día anterior, de no haber acuerdo, serán las que yo te diga. Sobre la marcha nos conoceremos y afinaremos nuestra relación, para tu tranquilidad todo esto lo han estudiado también psicólogos, y hay plena compatibilidad entre nuestros perfiles sicológicos y lo más probable es que haya entre nosotros una plena armonía futura. Si no media otra pregunta de tu parte, procedamos a concurrir a la sala de convenciones, donde está todo preparado para la firma-.
Pablo Mirone, enmudeció ante lo visto y oído, le faltaba poco para estar en un estado de conmoción. Como si fuese un autómata acompañado por sus creadores, ingresó a una amplia sala con una larga mesa central y una treintena  de sillas giratorias , las cuales estaban ocupadas por hombres y mujeres de distintas edades pero en su mayoría mayores, con carpetas y hojas sueltas frente a ellos; a los costados en dos filas de pie, estaba la servidumbre que lucía el impecable uniforme de la casa,  con rostros de atención ante el menor requerimiento. Entre los sentados estaba su abogado, rígido con los ojos fijos en sus papeles. Luego de la lectura y firma que insumió más de tres horas, se hizo un brindis con todos los presentes, que además de testigos, actuaban como los gerentes generales de las empresas de Funes. A la derecha de donde se sentó Pablo, estaba don Eusebio Colominas, quien le fue presentado como el director de la Sociedad de Insumos Agrícolas  El Vergel S.A., empresa que por elección era la que pasaba a manos de Mirone. La reunión culminó con un almuerzo de trabajo, durante el cual poco y nada entendió el recién integrado, salvo que
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 todos los números barajados allí eran astronómicos y que la riqueza y poder de don Ernesto eran asombrosos. Cuando acabó el encuentro, la hora que quedaba por cumplir según el flamante contrato,  fue dedicada a recorrer la parte edilicia de la estancia para conocer los lugares importantes desde el punto de vista de su nuevo patrón. Convinieron además el horario para el día siguiente, que sería de dos horas a la mañana y tres a la tarde.     
Se retiró totalmente fuera del control de su propio ser. Lo que le había ocurrido en muy pocas horas, era demasiado para sus jóvenes años, seguramente a escasas personas en la historia del mundo le había sucedido  en la realidad acontecimientos de tal magnitud en tan breve lapso. Inmovilizado y aturdido por los hechos, atinó solamente a ponerse en comunicación  con su abogado para que se ocupara a lo referente en cuanto a trabajo y obligaciones  de sus compromisos anteriores,  a los cuales renunciaría para poder dedicarse plenamente a su nueva vida. También se comunicó con don Eusebio para ponerse a sus órdenes en las decisiones y documentos a firmar en su flamante adquisición gratuita.             
Don Ernesto actuaba en forma medida y pausada. Aparentemente se entendían muy bien y comenzó a agradarle a Pablo la función de secretario, que era el término más aproximado para aplicar a la labor  que estaba desarrollando.  Además manejaba gran cantidad de dinero de su empresa y como entendía el tema en la cual se desarrollaba, muchas de sus opiniones eran avaladas en las reuniones de directorio por Colominas.

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  Podía decir que era feliz, aunque flotaba en el ambiente una sensación de debida servidumbre, de quien era el patrón y quien el siervo, aunque eso no se manifestara en lo más mínimo en las acciones concretas.
Pronto tuvo una señal funesta de lo que le ocurría y las complicaciones que podía padecer. Esa mañana debía presentarse ante Funes de ocho a diez y luego a la tarde de veintiuna a veinticuatro horas. Intentó levantarse a las seis y media, no pudo hacerlo, un hormigueo generalizado en el cuerpo y un gran abatimiento se lo impidieron. Atinó a tomarse la temperatura que superaba los cuarenta grados. Llamó al médico, mientras lo esperaba, intentó comunicarse con su jefe pero en su lugar atendió uno de los abogados de don Ernesto. Muy extrañado que a tan temprana  hora de la mañana contestase desde la estancia un jurista, reiteró la solicitud de hablar con Funes. Aclarado el motivo y explicada la situación en que se encontraba recibió como tajante y fría respuesta: -Si no quiere incumplir el contrato, que implica la devolución inmediata de su empresa El Vergel, con los punitivos correspondientes, a las ocho horas lo espera don Ernesto Funes-. No lograba levantarse, se arrastró como pudo a la puerta, para franquearla justo cuando llegaba el doctor. Le diagnosticó estado gripal agudo, reposo de cinco días y medicamentos sintomáticos. En un comienzo se negó a acompañar a su paciente que haciendo caso omiso a sus indicaciones pugnaba por llegar hasta su coche,  pero luego entendiendo que la desesperación que lo invadía podía agravarlo sensiblemente, lo ayudó a caminar al tiempo que le decía que estaba haciendo una locura. Le agregó que él no lo autorizaba, que como autoridad sanitaria determinaba el alta o no de los pacientes, que no había legislación que lo impidiera y una serie
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de “que” más con los cuales conseguía solo acicatear el apuro de su paciente. Llegó dos minutos antes, su patrón lo esperaba impaciente. Estaba conversando con un decorador de interiores que intentaba mostrarle como se veía un pesado panel sobre la chimenea del hogar situado en su despacho. La orden no se hizo esperar, Pablo debía ayudar a sostener el bajo relieve en el lugar donde se colocaría para que Funes opinara. Intentó hacerlo, pero estaba tan débil que se cayó con el mamotreto encima, ante la desesperación del artesano que no lograba sostenerlo. Pasado el mal momento y resuelto el caso, el mandamás hizo traer una camilla ambulatoria en la cual acomodaron a Mirone, para pasearlo a su lado durante las dos horas que debía acompañarlo. Cuando el horario fue  cumplido, una lacónica expresión salió de sus labios a modo de despedida:
-Espero que a la noche estés mejor para no alterar nuestro trabajo vespertino de hoy-.
            Contrató un automóvil para que lo llevase a casa y descansar hasta la noche, era imprescindible mejorar si no quería estar ante serios problemas. Debido a este episodio comenzó a pensar seriamente en lo que había hecho y actuado. Cuando logró que le bajase la temperatura y le calmasen los dolores propios de la enfermedad, acentuados por el aplastamiento sufrido, comenzó con las consideraciones. Lo primero que le vino a la mente fueron las palabras que le habían quedado repiqueteando una y otra vez en su cerebro: “hidalguía y coraje para afrontar contratiempos”. Comenzaba a discrepar sobre todo en la manera de tratar a un subordinado, no coincidía a pesar de lo que le habían dicho y pronosticado, su visión

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psicológica del trato en sociedad con el sustentado por Funes, repudiaba el maltrato y las posturas esclavizantes en aras de un individualismo triunfante. Era posible que su patrón tuviera razón pero se le presentaban serias dudas, tal vez con el tiempo aprendiera que esa era la manera de triunfar,   Quizás fuera cierto como le habían dicho varios especialistas en leyes, que muchos de los puntos del contrato no consideraban aspectos básicos y elementales del derecho, lo había vivido esa mañana con su enfermedad, pero nadie lo había amenazado con un arma para ir a trabajar, ni obligado por la fuerza, pero aún si tuviera toda la razón de su parte,¿cómo debería hacer para ganarle un juicio a su patrón y además no perder la empresa que tantas felicidades podía brindarle hasta el fin de sus días? Además el condenado Funes nada decía por si mismo que pudiese ser interpretado como amenaza, ni obligarlo a efectuar labores estando enfermo, de ello se encargaban sus abogados. Se acordó del “Fausto” de Goethe, en el cual el mismo diablo encarnado en Mefistófeles, brindaba a su víctima todo tipo de ventajas y poderes para mantenerlo a su lado y luego en base a las maldades hechas, llevarlo irremediablemente al eterno infierno. En ese sentido había que considerar la problemática que planteaba la existencia  de lo eterno, si existiese al menos una parte del universo con esas características todo lo que lo estaría inmerso en ella no podría ser temporal ya que el tiempo transcurrido se mide por los cambios producidos en las cosas. Si por ejemplo un objeto no sufría ningún cambio a través de miles de milenios, significaba que no era alcanzado por el tiempo, era atemporal. Lo mismo representaba  para ese objeto un segundo, un año, un

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siglo o millones de décadas. No podía existir un hecho atemporal como era la eternidad en el infierno, ya que en tal caso no podía producirse cambio alguno en lo castigado, el castigo corporal o mental implicaba forzosamente una variación tendiente al deterioro o la degradación. Fausto u otro condenado debían ser torturados durante un tiempo determinado, no lo podían ser para siempre. La tortura que Pablo ahora adivinaba, podía ser desde el punto de vista de la existencia  humana permanente o sea para toda la vida, solamente cesaría con la muerte. Había hecho un negocio peor que con el mismo diablo. Mefisto daba gratificaciones  para luego recibir el alma, Funes prestaba felicidad, para que el miedo a perderla asegurara el sometimiento y  la esclavitud a perpetuidad  de quien había recibido el préstamo. Tal vez estuviese equivocado, no podía  existir alguien tan perverso, el futuro lo diría.
Llegada la noche, tuvo que trabajar intensamente en cuestiones de ordenar ficheros y otras labores empresarias, así como papeles personales de Funes. Llegado el momento de retirarse a las doce de la noche no pudo hacerlo, porque don Ernesto le fijó el horario para el día siguiente de cero a cinco horas. Pablo pensó en un instante en lo que le había dicho su jefe sobre el perfil psicológico afín de ambos, de ser así viviría permanentemente con la angustia de saberse tan maligno y solapado al ser capaz de ejecutar esa maldad.
Todos los castillos en el aire se le derrumbaban uno tras otro. Vivía una existencia desgraciada, sin libertad, sin decisión personal a pesar de ser el dueño de una gran y próspera empresa. No podía entender que sabor o placer le encontraba Funes al adoptar sus actitudes hacia él. Un día le
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dijo que un buen individualista era el que generaba y mantenía por si mismo un gran negocio. Si lo recibía gracias a otros, tenía que aprender a sufrir por lo conseguido, a realizar grandes esfuerzos como si lo estuviese logrando por sus propios y únicos medios, con los escollos y altibajos propios de la gestión.
Su vida que económicamente era muy holgada, ya no le correspondía. Su maldito señor estaba al tanto de todo, aún de sus pensamientos íntimos. No se podía explicar como, pero lograba arruinarle todos los pequeños proyectos diarios que quería tener el lujo de gozar. Por ello cuando conoció a Mercedes, mesera de un restaurante que logró calar en sus rígidos sentimientos, extremó precauciones. Fue en ese momento cuando tomó real conciencia de la dimensión de su drama. Cuando todavía no existía nada serio entre ellos, luego de una primera salida al centro urbano más próximo donde pasaron  una tarde de paseo y charlas que ambos gozaron, debió acompañarla hasta el trabajo para luego acudir a cumplir una hora pendiente del secretariado de don Ernesto. Entró jadeante al recibidor junto con la última campanada del reloj de pared allí existente. Su patrón fijó los ojos en él respondiendo a su saludo de manera escueta rayana con lo descortés para a continuación decirle:
-Te estaba esperando, tenemos mucho por hacer-.    
Fue una hora infernal, nunca había realizado tanta actividad que le resultara tan absurda e inútil. Para el día siguiente lo citó en lapsos alternados de una hora, de modo que no podía disponer del día para otra actividad, no obstante lo cual, en un horario en que ella trabajaba, se dirigió

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al lugar para tomar un café. No la encontró, había una reemplazante que le dijo que no trabajaba más allí, ya que halló un empleo mejor remunerado. Muy contrariado, no pudo continuar con averiguaciones, debía ir al encuentro de Funes. Cuando llegó, lo esperaba junto a su coche preferido y partieron al pueblo cercano para realizar trámites. Fueron a la agencia de viajes, en la cual en ese momento había en su explanada un ómnibus al cual ascendía gente luego de acomodar sus valijas en el maletero destinado a tal efecto. Su jefe luego de hablar con el empleado a cargo del lugar, le dijo:
-Voy a dar las últimas instrucciones a una persona que parte recién contratada a una de mis empresas que está a mil kilómetros de aquí. Espérame y no te muevas de este lugar bajo ningún concepto-.
Lo vio alejarse en la senda de los treinta metros que lo separaban del autobús. Se detuvo al lado de la puerta de acceso del pasaje, unos metros más adelante paró un taxi, de donde bajó una joven con una valija, la cual fue acomodada por el empleado del transporte. No podía creer lo que veían sus ojos, la muchacha era Mercedes, que en ese momento recibía unos papeles de las manos de Funes. Estuvo a punto se salir corriendo hacia allí, pero un gran temor lo paralizó. Ella subió, se cerró la puerta del gran móvil, que despacio como si quisiera acompañar su creciente angustia, arrancó rumbo a la separación aviesamente programada. Ya era tarde para algo más, quedaba solamente flotando en el ambiente pueblerino, la brisa helada del distanciamiento  de dos buenos amigos que ni siquiera se habían podido despedir.
El golpe sufrido, pronto recibió el remate final, cuando don Ernesto comenzó con la degradación pública sobre todo ante los ojos de sus
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sirvientes. Al día siguiente apenas se reunió con Mirone, miró con detenimiento la superficie de los muebles que los rodeaban. Pasó el pulpejo del dedo índice por las mismas, para observar luego que se había adherido polvo en el mismo. Hizo convocar por medio de su secretario a todo el plantel de servidumbre que se encargaba de la limpieza, con el equipo de utensilios y productos destinados a tal fin. Una vez reunidos les dijo lo siguiente:
-Veo con desagrado que la limpieza en general deja mucho que desear, especialmente la de las superficies del moblaje. En lo sucesivo, de continuar esta situación  no tan solo obtendrán mi desagrado, sino que deberá limpiarlo el señor Mirone que está aquí presente, el cual ahora les dará una muestra de cómo se debe hacer la misma -. Con una mirada de odio que no pudo reprimir, Pablo debió emplear las dos horas de su primer convocatoria del día, para limpiar con los instrumentos que le brindaban los servidores, toda la habitación  donde se encontraban, ante la mirada confundida de los empleados de limpieza. Una vez terminada, Funes dio su aprobación y concluyó diciendo:
-Espero que hayan aprendido para que no le toque trabajar en esto a mi secretario. Mañana visitaremos los baños, especialmente inodoros y piletas para continuar en la formación de las buenas prácticas de limpieza. Buenos días a todos-.
La indignación se le atragantaba de modo que ni podía tragar la saliva. Apenas llegado a su casa, recibió el llamado del señor Colominas quien le informó sobre el venturoso desarrollo del Vergel S.A., los suculentos dividendos obtenidos, los consejos del directorio para su inversión y
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demás detalles a los cuales  dio aprobación Pablo, sin ni siquiera analizarlos. Le estaban mostrando el más apetitoso y sabroso de los manjares, sin poder ni siquiera probar un bocado ya que la situación personal no se lo permitía. Esta idea que pasaba por su cabeza, lo llevó a gratificarse durante el tiempo que tenía disponible, con una comilona pantagruélica regada por el mejor de los vinos existentes en el restaurante más fino del pueblo. Luego de concurrir dos veces más a cumplir con su obligación, que fue sospechosamente normal, se retiró en su domicilio para tratar de olvidar el mal día e intentar recordar los buenos instantes gastronómicos, que lo habían dejado tan pletórico que decidió no cenar. 
La primera etapa de la labor del día siguiente, le depararía una nueva sorpresa.  Acompañó  a su amo a la clínica del pueblo, para que les hicieran a ambos un reconocimiento y chequeo general. Les atendió el mejor de los médicos que ponderó el estado físico general de Funes, y deploró el de Pablo, pero para diagnósticos concluyentes debían esperar los resultados, que estarían en un par de horas. Mirone comprendió el porque de las cuatro horas matutinas de trabajo. Se retiraron del lugar con la verificación de la buena salud de su jefe, y de las amenazas latentes de él, que debía guardar a partir del momento una dieta estricta, en base a verduras, pollo hervido, pescado de igual factura, y un par de frutas de preferencia cítricas al día. Todo sin sal, muy poco aceite, nada frito, un pancito pequeño, y máximo una copa de vino al día. Se cernían sobre él los peligros de una diabetes, hipertensión, elevado colesterol y triglicéridos, y un mal funcionamiento hepático y renal.

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Le quedaba disponible gran parte de la tarde y la noche ya que debía concurrir de seis a siete a trabajar, el resto lo emplearía en comer a gusto ya que era el placer que le quedaba, él se sentía perfectamente, hacía ejercicio diariamente y si algo de sobrepeso tenía, no excedía de uno o dos kilogramos. Cuando concurrió al mediodía al restaurante, se encontró con la sorpresa que le negaron el menú, le ofrecieron pollo hervido y una manzana. Se levantó indignado de la mesa para dirigirse al bodegón donde acudían obreros y paisanos para suculentos platos de gente de trabajo. Obtuvo el mismo resultado, debió comer allí un asqueroso filete de merluza hervida, le negaron la sal,  y de postre consiguió ensalada de frutas con edulcorante.  No le podía caber ninguna duda que la confabulación en su contra, armada por su patrón, comprendía a la totalidad o al menos a la mayor parte del pueblo. Tenía tiempo, cuando dejó el trabajo a las siete, se dirigió al autoservicio único del lugar, para aprovisionarse de buenos alimentos para prepararse una opípara cena. No bien ingresó, una de las cajeras lo llamó y le dijo:
-Lo felicito señor Pablo, su benefactor el señor Funes, le ha otorgado un premio. Se trata de la exclusividad de venta de lo que usted quiera a través de nuestra tarjeta local, es decir a partir de hoy no podrá usar más efectivo, todo lo que adquiera en el pueblo será a través de la tarjeta, a cargo por supuesto del señor Funes, y usted deberá retirar lo adquirido en la estancia Las Acacias, donde le será provisto inmediatamente-.
Miró a la sonriente joven, que le pareció un demonio despiadado del infierno instaurado en su contra. Se desvanecía en segundos su ideada

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cena, pero aún le quedaba un recurso: huir en su auto al pueblo más cercano, a cincuenta kilómetros de allí. Es lo que hizo, sin pensarlo dos veces. Durante su trayecto por la ruta, los demonios que había incorporado él mismo en su ser no le daban tregua. Veía y sentía  que lo seguían, se detenía en la banquina y el presunto espía lo adelantaba sin darle importancia. Continuaba su camino, esperaba en algún momento un puesto móvil de la policía caminera o de gendarmería que bajo algún pretexto abortara su viaje, le temía hasta al movimiento de las ramas de los escasos árboles de la ruta, el viento le parecía que le avisaba con su sonido de faltas graves que cometía o estaba por cometer, hasta que con gran sobresalto llegó a visualizar en la ruta una señal vial que decía “Los álamos” y una flecha a la izquierda que señalaba en tal dirección la distancia de cinco kilómetros. Dobló por esa senda provista de un pavimento mantenido a base de parches, sin baches con árboles en ambos lados que lucían cuidados y prolijos evidentemente no puestos allí por el  azar de la naturaleza sino por humanos. Casi sin percatarse había disminuido la velocidad y dejaba de sudar copiosamente como le había sucedido previamente. La noche se había hecho realidad, espantando las últimas luces de un horizonte poniente. En su lugar se encendían faroles dispuestos convenientemente para visión y resguardo de los escasos vehículos que por allí transitasen. Ningún móvil se veía detrás suyo, solamente una vieja camioneta y un tardío tractor se habían desplazado en sentido contrario. Se sintió renacer, temía que la libertad que sentía recuperada, se desvaneciera como vana ilusión al tiempo que comenzó a cruzarse con las primeras casas del poblado, todas de material,

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sin lujos pero con mucho gusto y bien  mantenidas que se anticiparon a las dos cuadras de centro donde se veía el escaso movimiento nocturno. Rogó fervientemente que hubiera allí un lugar donde comer y como haciendo realidad su deseo, observó a su derecha un local que en su fachada de lajas sin ventanales lucía un cartel con las palabras “El buen comer”. Tenía que disipar pronto su duda, en un lugar de pocos habitantes sensiblemente más pequeño que el pueblo influenciado por Funes  seguramente un negocio de ese tipo redituaba ganancia solamente los fines de semana y feriados. Casi sin esperanza bajó del coche e ingresó al lugar, al constatar que la puerta estaba abierta. Adentro unas cuantas mesas y sillas, dos de las cuales estaban ya ocupadas, estaban dispuestas para lograr una buena circulación y parecían esperar la llegada de varios clientes. La pared del fondo estaba casi toda conformada por un gran ventanal que daba a un jardín iluminado donde se veían especies vegetales diversas. Muchas de ellas se veían  floridas y en otro sector del mismo, un techado tipo invernadero protegía de las seguras heladas invernales  a otras plantas que lucían como provenientes  de climas tropicales. Se estremeció cuando una mujer de mediana edad se dirigió hacia él, temía que fuese una enviada de su negrero.  Amablemente le dijo:
-Buenas noches señor. ¿Viene para entrevistarse con algún dirigente y tiene reservación para pasar la noche aquí, o simplemente compartirá la mesa para tratar algún negocio o actividad de nuestro pueblo?-.
Pablo quedó atónito al escuchar esas palabras, algo andaba mal con su esperanzada posibilidad de cenar libremente, casi llorando de rabia le respondió:

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-Mire señorita, si mi can cerbero por no decir carcelero, ya les dio instrucciones para que me sigan arruinando lo poco que le queda por arruinar de mí, díganle que me estoy atrincherando y en algún momento, cuando encuentre la manera de liberarme lo haré y que en ese momento empiece a temblar porque seré su peor enemigo-.
La mujer lo miró con ojos de asombro, que él creyó que era una interpretación teatral, para responderle:
-Disculpe señor, no entiendo nada de lo que me dice, si usted no es miembro del movimiento, ignoro a que viene, igualmente es bienvenido, dígame lo que desea y si podemos satisfacerlo lo haremos. Para que no continuemos con malos entendidos, le digo que acá puede cenar y alojarse; si no tiene relación con alguna de las instituciones, le paso  estas hojas para que las lea. Ahí figuran los importes a abonar, el menú disponible al igual que si desea alojarse, el precio de las habitaciones por día.  Puede sentarse junto al ventanal para leer; si está de acuerdo y es lo que busca, lo esperaré para que me diga lo que desea-. Pablo que no conseguía serenarse, se sentó donde le indicó la mujer, sin animarse a leer directamente el material que le había dado, al tiempo que trataba de escrutar alguna postura o accionar que la desenmascarase de su comportamiento diabólico para inducirlo a que creyese en ella y poder aplicar así sus ironías y burlas nefastas. Nada logró registrar sino  paz en el lugar y la alegría que mostraban en los rostros los comensales ubicados en las mesas ya atendidas. Comenzó a leer con cuidado lo referente a la cena, había varios platos interesantes, a precios muy acomodados, también vinos selectos, con lo cual podía darse un banquete. No podía esperar más, debía vivir el desenlace de lo que
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esperaba sería una socarronería infame.  Llamó a la señora, que acudió solícita, para ordenar su cena. Comenzó a animarse cuando le trajo un humeante y exquisito  plato que devoró antes que  ocurriese algún nefasto imprevisto. Cuando terminó el postre, se puso en guardia, esperaba lo peor, pero le dieron un café sin cargo, le cobraron la cuenta, después de lo cual un señor se acercó a él y le dijo:
-Veo que está apurado por retirarse, si me permite quiero solamente decirle que vuelva cuando guste, será bienvenido, en algún momento de su vida quizá se vincule con nosotros. Somos lo que se llama una población cooperativa, estamos organizados para trabajar mancomunados a través de tres cooperativas que trabajamos en conjunto, formando una pequeña Federación. Nos regimos legalmente por una ley de cooperativas como lo hacen todas las que actúan en el mundo, y hay una entidad estatal que nos controla que en nuestro país se llama INAES. Por ello recibimos acá en el pueblo donde vivimos todos los cooperativistas de la zona, a dirigentes de otras localidades e inclusive provincias, con la finalidad de organizar trabajos en común que hagan crecer nuestro movimiento. Tomamos al cooperativismo no tan solo como un trabajo, sino que es una doctrina y forma diaria de vida. Nos oponemos al individualismo y la peor de sus expresiones actuales que es el capitalismo salvaje. Pero no quiero robarle más tiempo, visítenos en otra ocasión de día y le haremos conocer quienes somos y como pensamos y desarrollamos. Estaremos dispuestos si se da el caso y a usted le gusta nuestra ideología y forma de actuar, a asociarlo a alguna de las formas cooperativas que explotamos. Mi nombre es Juan

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Pecialo, a sus órdenes-. Le estrechó la mano y acompañó con la mirada la retirada casi precipitada de Mirone que hizo arrancar a su auto como huyendo de un grave peligro. Lo que más le impresionaba, era lo que había escuchado de labios del señor Pecialo referente a que era enemigo del individualismo, del cual él se consideraba un digno y activo exponente, mediante cuya doctrina pensaba ganar en algún momento la batalla que lo conduciría a un gran reinado apenas pudiese derrotar al funesto Funes. Se aseguró que nadie lo seguía o perseguía, algo no cerraba en ese conjunto de locos que prácticamente le brindaron al costo una cena de lujo, que parecían relativamente prósperos, seguramente había algo escondido detrás de esa apariencia bondadosa y de comunidad con los demás. Estaría alerta, ahora con la distancia interpuesta, se acercaba cada vez más sin novedad a su refugio diario, se había hecho tarde, dormiría poco pero bien valía la pena la rara experiencia vivida si todo terminaba asombrosamente bien.
Al día siguiente se despertó renovado. Se comunicó con don Eusebio para interiorizarse de las novedades que como siempre eran positivas, para luego acudir a la citación con su patrón. Al salir no encontró su coche, no podía creer que lo habían robado, pero no tenía tiempo para averiguaciones, de modo que con un taxi se dirigió a su labor. Interiorizó a Funes de lo ocurrido, inmediatamente le puso a disposición permanente un chofer con un coche exclusivo para él. Le hizo firmar un papel que decía que se comprometía a no adquirir otro coche y que tendría el servicio permanente brindado por Funes hasta que se encontrara el suyo extraviado. En el momento que firmó no se percató que quedaba aún más prisionero de su jefe y que el coche no aparecería nunca.
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Pasaban los días y más se convencía que el sueño vivido en Los Álamos, no lo podría redituar jamás. Debía elucubrar una buena historia para volver allí, ya que su chofer lo pondría inmediatamente al tanto al patrón, de modo que no podría repetir una comilona como la vivida, pero sí establecer al menos contacto con aquella gente, conocer que y como lo hacían y tal vez adquirir poder como para liberarse de ese yugo y poder aspirar a perfilarse como un individualista libre y exitoso.
Paulatinamente tomó conciencia  que la principal  necesidad de su victimario era que él fuera una víctima. Así  se sentía importante en el trato diario, íntimo, ejerciendo el derecho que le daba el poder y el dinero de tener un esclavo, no uno cualquiera sino a alguien que tuviese a su alcance bienes, cultura, profesión, a quien degradar ante los ojos de otros degradados aún más infelices. Estos a su vez tenían la posibilidad de rebajar al rebajado obligándole a actividades que ni siquiera ellos soportaban con una mínima complacencia, como era por ejemplo la limpieza de inodoros. Don Ernesto constituía una parte de los símbolos inconcientes del poder despótico en la historia humana; de los reyes absolutistas, dictadores sangrientos, explotadores de masas infelices, generadores de hambre, genocidas y otros depredadores que todos tenían algo en común que era contar con  sus capataces o sicarios y mercenarios a los cuales podían manejar o confiar la tortura de seres intermedios que pugnaban por competir con sus opresores, en la lucha despiadada que consistía el individualismo a ultranza.  El secreto estaba en lograr ser más astuto que los competidores, para eliminarlos o absorberlos. El único camino que le quedaba por recorrer, era dedicarse en la medida  que podía a que su empresa
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prosperara lo más posible, comenzando así una etapa creciente de esplendor con la idea de establecer lo antes posible competidoras de don Ernesto Funes. Se entusiasmó de tal modo, que pasaba la mayor parte de su tiempo restante con don Eusebio Colominas, noches enteras de insomnio tendientes a acrecentar el poderío, con lo cual conseguía nivelar en su fuero íntimo, la angustia por  el sometimiento de los sometidos que lo obligaban en la otra faceta de su atormentada vida,  a limpiar letrinas, debido a su avieso, artero y mal intencionado desempeño en tal sentido. Pero su crecimiento veloz y constante, era también parte del plan  Funes. Una de sus empresas comenzó con un ocaso económico de modo que de acuerdo a un convenio de asistencia recíproca firmado entre todas las que configuraban su propiedad, las pujantes debían aportar los fondos necesarios para apuntalarla, y fue la que poseía Pablo la que más capital debió aportar, por ser la que había recaudado mayor cantidad de ganancias en el último ejercicio. Pablo,  no estaba exceptuado de la obligación a pesar de ser el regente de por vida de ella. Se inició la etapa en que debía cubrir la principal parte de las pérdidas de la otra empresa. Pronto Colominas le advirtió del peligro que corría ya que ante cualquier contingencia adversa que obligara a romper su contrato con Funes  debería devolver la empresa brillante y poderosa como la había recibido. Era un nuevo golpe a su libertad, cada vez se alejaba más de la posibilidad de alguna vez ejercerla.
 Cada día en su vida diaria, la condición era más desgraciada. Estaba peor que el peor de los presos en la cárcel más despiadada. Todos los días algo ocurría que empeoraba lo que consideraba que no podía ser peor. Le quedaban solamente anhelos de revertir de algún modo lo que vivía,
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pero se alejaba constantemente de tal posibilidad. Un día lo citó para el  siguiente a comer juntos en la estancia, en un principio no dio importancia al hecho, porque con el control que existía sobre su persona, no salía de las verduras, fruta, pescado hervido o pollo de igual manera. No podía adquirir otra cosa, no le servían en el restaurante de otra manera. Apenas llegó, estaba la mesa preparada con deliciosas comidas y bebidas, ya sentado a la mesa como invitado, el médico que lo había atendido y programado su dieta. Comenzó el almuerzo, tuvo que soportar una hora  de un recitado médico de lo importante que resultaba  la buena  dieta en la salud, lo citó a él como ejemplo ya que  para corroborarlo estaba allí presente. Bebió agua,  comió coliflor hervido con brócoli a la pimienta, pechuga de pollo hervida, y una manzana, viendo a los otros dos deglutir bocadillos salados, canapés, fiambres y embutidos con quesos de todo tipo, seguido de milanesas rellenas con huevos y papas fritas, adornados con guarniciones de cremas y mantecas que paladeaban con fruición para rematar con un postre constituido por copas heladas recubiertas de crema y regadas por un buen coñac de primera, todo acompañado de un inmejorable tinto de noble cosecha. A la hora siguiente le tocó lavar todos los utensilios de la comida y los que estaban guardados, porque Funes detectó en el almuerzo que su tenedor y cuchillo no estaban prolijamente limpios. Debía volver a la noche de modo que para intentar un lapso sin crueldad, le pidió al chofer asignado, que lo llevase a la plaza para darle de comer granos a las palomas y aprovechar un tibio sol del atardecer sentado en un banco público. Se sentó para atraer a las aves con unas semillas que le permitieron llevar de la

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estancia, y reconfortarse con el atardecer soleado, mientras su conductor hablaba por teléfono móvil. Apenas terminó su comunicación, se acercó para decirle que debían ir a otro lado, porque le informaron en la clínica que controlaba su salud, que no podía exponerse al sol porque tenía sensibilidad actínica y además debía alejarse de los pájaros porque manifestaba alergia a las plumas de distintas especies, lo cual podía tener consecuencias graves. Casi llorando de rabia, pidió ir a su casa, ni bien llegaron se encerró bajo llave en su habitación. Tenía vedado hasta el mundo exterior, bien sabía que todo lo que le decían y ordenaban eran patrañas, jamás había sido alérgico a nada, ni sensible al sol que solía disfrutar antes de iniciar la locura en que estaba inmerso y además podía comer y beber lo que le placiera sin alterar su salud. Lo más notable es que nadie lo obligaba a nada, todo en teoría se hacía por su bien, pero si no conformaba al perverso y rígido don Ernesto se exponía no tan solo a perder una pujante empresa sino a quedar en la miseria más absoluta por deber rematar sus bienes para afrontar los intereses que le cobrarían para anular el contrato y reintegrar su empresa al dueño. Era un desafío constante planteado por Funes para demostrarle que él era superior y el mejor de los individualistas existentes, sin que nadie pudiera llegarle ni a las suelas de sus zapatos. Lo que más deseaba era lo que no podía hacer: gozar del dinero del que podía disponer, no era dueño ni de parte de su vida, solo tenía algunas horas para necesidades urgentes, no podía programar nada, ignoraba que horas tendría ocupadas al día siguiente, no podía entenderlo, era como si su amo le adivinara el pensamiento o sus planes, siempre lo citaba en los horarios en que él planificaba alguna actividad, solo podía actuar circunstancialmente, si algo bueno le ocurría al azar. No podía estar
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con una mujer más de una vez, o esporádicamente, sus posibles encuentros sucesivos, terminaban siempre abortados. Terminó odiando las pocas cosas que podía hacer, como estudiar a través de cursos libres a distancia, ejercitarse físicamente, comunicarse por Internet, leer, escribir, jugar o resolver pasatiempos, ansiaba la libertad que no estaba en venta para él. Debía disciplinarse, si no quería morir de pena y rabia era menester  aprender a forjar su éxito de modo tal que pudiera formar un imperio anónimo, que nadie supiera que era de su propiedad, y luego intentar llegar a ser mucho más poderoso que su patrón, para poder liberarse de él. Comenzó por leer en su computadora las vidas de ricos históricamente famosos, pronto comprendió que para sacar algo ilustrativo de la forma de hacer su riqueza, debía cambiar las condiciones, ya que no encontró casos de esclavos multimillonarios. Había pautas que se negaban a un esclavo, como por ejemplo ganar dinero sin poseer un centavo, o sea utilizando en emprendimientos diversos, el efectivo de otros, o bienes de terceros. La esclavitud era la negación de la propia pertenencia, en esa condición un esclavo haciendo dinero con el de otros, lo estaría ganando en realidad para su amo. Es lo que estaba ocurriendo con su empresa, que debía sustentar las ficticias pérdidas de Funes. Tenía un rato libre, le apareció en sus recuerdos Mercedes, la buscó y encontró a través de una de esas redes sociales existentes. Deseó no haberla buscado, la primera noticia que le apareció de ella, era el anuncio de su próximo matrimonio.
Esa noche volvió como siempre, deshecho sin ánimo, con una pesada carga de situaciones indigestas e inaceptables que laceraban aún más a ´

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su maltrecha dignidad. Comenzó a pensar en la alternativa de quitarse la vida, pero de nada serviría, le había crecido un odio de tal magnitud que deseaba pulverizar a don Ernesto y su imperio, con su muerte nada de ello lograría, su amo buscaría otra víctima y seguiría con su enfermo y lacerante proceder. No podía saberlo, porque en la estancia nadie hablaba de esas cosas, pero seguramente él no era el primer atormentado por ese hombre, tenía un sistema perfecto logrado con seguridad a través de años de experiencia.
Se desnudó y miró al espejo, se espantó de lo que veía: un espectro representando lo que él una vez había sido. Seriamente debía emprender con urgencia una forma de escapar, le iba la vida en ello. Al buscar afanosamente  ideas en su navegación electrónica, se le presentó la clave para generar una  experiencia que bien valía la pena el intento de armarla para su defensa. Se trataba de la propaganda de un cirujano plástico llamado Boris Cariloff que ofrecía cambiar la imagen a mujeres que querían dedicarse a ser figuras atractivas y sus dones naturales no se lo permitían. Lo alentó mucho el hecho que parecía alguien con agudo instinto comercial, que quería progresar y hacer dinero en base a su profesión, para lo cual se actualizaba permanentemente para dar la impresión que estaba a la vanguardia de su ciencia, ello se desprendía del tenor de sus avisos. Enseguida le envió un correo adelantándole que era un caso de absoluta reserva, que no había problema alguno legal, pero que no podía asistir a una entrevista, de modo que debían tratar todo por ese medio; él no tenía reparo alguno de adelantarle dinero para que se trasladara a su domicilio y pudiesen cerrar la operación y realizar el trabajo.
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Era posible que una luz se prendiese al final del camino, muy a lo lejos, sobre todo porque recordó que el padre de Ariel, el único amigo que había tenido entre sus compañeros de facultad,  trabajaba en un grupo del Ministerio del Interior que se dedicaba a dar nuevas identidades a testigos protegidos. Estos corrían riesgo debido a la importancia de su declaración judicial, de ser asesinados en el momento o más adelante como venganza. Logró actualizar el paradero de su camarada, al cual también escribió para pedirle ayuda y asesoramiento.
            Comenzó a sentirse como un esclavo que tenía expectativas de liberación, que podían darse sin gran riesgo de su vida.  A Funes, gran observador, no se le escaparon algunas señales mínimas de cambio en Pablo. Notó una mayor sudoración en él, signos de mayor resignación, y una mirada como perdida aunque estaba atento a lo que se le decía. En base a ello, alertó a Eusebio Colominas para que lo vigilase especialmente sobre todo en lo que ocurría en relación con El Vergel. Esta situación le vino muy bien a Pablo para aparecer como efectuando un movimiento intrascendente, sin comentarios en su entorno, que acentuaba su imagen de avaro e interesado solamente en el dinero.  Le dijo a don Eusebio que últimamente no se sentía muy bien, pero que conocía el motivo y lo solucionaría a través de su empresa. Se reunieron para hablar, té con edulcorante mediante y Mirone le dijo:
            -Don Colominas, sé que nuestra empresa funciona bien, que estamos solventando y apoyando a la perfección a la deficitaria del señor Funes. En este último tiempo, aunque no pretendo gastar nada, me nace la necesidad de tener contacto con billetes de banco o valores. Lo que llevo
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y tengo en casa, en algo cubre esta aspiración, pero necesito ver el crecimiento para no deprimirme. No quiero llevar a mi morada más efectivo porque es peligroso como muchas veces me lo ha señalado el señor Ernesto. Entonces observo en nuestra página reservada en Internet, el movimiento económico y financiero, pero como no figura mi persona, no me siento involucrado, es como si estuviese al margen del mismo. Se me ocurre que si pusiéramos una cuenta a mi nombre que puede ser la de pagos de jornales, fondos para gastos varios y caja chica, sumaríamos una cifra notable, que se acrecentaría permanentemente debido a la inflación, quedaría mi espíritu tranquilizado y satisfecho ¿Qué le parece la idea?-.
            -Primero, usted es el dueño transitorio de esta empresa y decide, en el caso que me plantea, mi opinión es favorable, máxime que no ofrece riesgo alguno y no necesita de controles especiales ya que los mismos se efectúan  automáticamente mes tras mes luego de los pagos correspondientes-.
            Funes no pudo evitar mostrarse satisfecho ya que  además de encontrar explicación a actitudes de Pablo, veía que este  continuaba aguerrido en la lucha por surgir a través del individualismo, adorando la posesión de dinero y su crecimiento permanente.
            Mirone había conquistado la obtención de mucho dinero en tránsito sin control durante un mes. Nada de esto podía llegar a conocimiento de Funes, había actuado con precaución y  sin codicia alguna, lo merecía el hecho de conseguir la libertad. Inmediatamente para poder

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 poner el plan en marcha, debía asegurarse del apoyo del padre de su amigo Ariel quien  le explicó correos mediante, los riesgos a que se exponía. En el caso de él, que no podía ir a declarar, necesitaba un suplantador suicida recomendable, le sugirieron a Santos que cubría las condiciones físicas aproximadas de Pablo. En ese momento tenían como detenido a un importante jefe del narcotráfico, que sería liberado por falta de mérito. Había un testigo que tenía pruebas contundentes, pero se negaba a declarar y presentarlas. Como en este episodio se había llegado a conocer toda la metodología y el camino recorrido por un cargamento de cinco mil kilogramos de cocaína, podían trasladar de lugar y horario las pruebas obtenidas. Si efectuaban esa maniobra con cuidado, el testigo que había juntado las pruebas quedaba al margen de sospecha por parte del delincuente jefe, y este  no podría tener la certeza de quien había hablado en el momento y lugar ficticio, tomado como real por el criminal. Además estaban seguros que en ese lugar aparente, en los últimos tiempos,  nadie de las características de Santos o de Pablo había estado jamás. Podían efectuar todo el proceso en poco tiempo, el suficiente para que Mirone lograse una nueva apariencia. Pablo dio su consentimiento, le llevarían los papeles donde y cuando él indicaría para firmarlos y le darían allí mismo la nueva documentación de identidad. Perdería su título de ingeniero agrónomo, pero lo consideraba un precio menor que pagaba  por conseguir su preciada libertad.
            La idea que Mirone se había formado sobre el doctor Cariloff era acertada. Con una suma interesante de dinero a su vista, era capaz de ser el mejor cirujano estético del mundo. En base a fotografías recientes de Pablo y la obtención de las medidas reales exactas, debía hacer una
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 máscara, pero no de material sintético, sino con piel y dermis humanas. Esa máscara  debía ser idéntica a como quedaría el rostro luego de la intervención real, una vez logradas cicatrizaciones y restauraciones de zonas inflamadas. Debía colocar la máscara sobre el rostro actual del paciente y fijarla para que durara allí al menos tres días sin que nadie pudiera darse cuenta de la maniobra.  Además la nueva cara tenía que diferir al máximo de la anterior. Pasado ese máximo de tres días, sacaría la máscara y haría el trabajo real. Los lugares para realizar las intervenciones, se conocerían unas horas antes y  tendrían todo el equipamiento que el doctor Boris exigiese. Era asombroso como el dinero catalizaba y aceitaba todo, solamente corría el riesgo estar de parte de un poder menor al que trataba de oponerse.  
            Todo este movimiento le parecía de ficción conocida en películas y series televisivas, por ello temía por su éxito, no se le tenía que ocurrir a alguien ya era un tema obsoleto pero por otra parte había muchas situaciones conocidas hasta el cansancio en la ficción , que se repetían nuevamente en la realidad. Debía tener fe, también intuía que existía algo en el cambio de identidad  que tal vez podía movilizarlo en el sentido de nuevas vivencias.
Tenía unos días para armar lo planeado, lo primero que se organizó fue que los responsables del juzgado se dirigiesen  una noche a su casa,  en el horario en que no debía acudir a la cita con Funes. Así se hizo,  él declaró todo lo que tenía que decir como testigo y verificaron su identidad. Un par de días después fue el juicio, al cual asistió permanentemente encapuchado, Santos en sustituto de Pablo y  a raíz de su testimonio, condenaron al
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jefe narco. Si bien no se dieron los datos en público, en breve lapso los secuaces del acusado ya sabían de quien se trataba y su eliminación en contado tiempo sería segura. Mientras eso ocurría, una casa rodante adquirida por Pablo y estacionada  a escasas cuadras de su vivienda, estaba esperando dotada de toda una tecnología de avanzada y ambiente de quirófano apto para que se realizara  allí una intervención de cirugía facial. Durante varias noches Mirone había trasladado desde su casa, como una hormiga nocturna, el equipo necesario que había recibido en su morada en varias entregas, en las horas que él se encontraba allí. Parte del dinero en efectivo lo había sustraído de su empresa, el resto es lo que había ahorrado de sus retiros de El Vergel. Para no alertar a nadie y menos a don Eusebio, se tomó el trabajo de sustraer en la empresa, centavos de cada sueldo y operación realizada, si una cifra figuraba por ejemplo en el sistema computarizado con ochenta y siete centavos, él la modificaba a ochenta y retenía para sí los siete centavos. Nadie reclamaría una cifra tan exigua. Otras operaciones permitían retener algo más que los sueldos, de modo que en el par de meses que preparó todo, se hizo de una interesante suma en efectivo, con la cual compró la casa rodante y el equipamiento necesario. El dinero para el doctor Cariloff  provenía del efectivo guardado en su casa.  
            Esa noche, el cirujano previamente advertido, recibió la dirección del descampado en donde había una casa rodante, cobraría allí el resto de la primer parte de su trabajo y el anticipo para la segunda. Llegó puntualmente, Pablo lo estaba esperando. Debía trabajar solo, era lo pactado. Era impresionante ver  la máscara de piel humana y los suplementos adheridos en su parte interior, cuando la fue acomodando y estirando
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para modificar el relieve del rostro de su paciente. Luego de cuatro horas, el trabajo estaba terminado, lo más notable eran las partes en donde terminaba la máscara que debían confundirse con la piel de Mirone, para que nada se notase. El doctor le aseguró que el implante podría durar de ser necesario más de una semana, aplicando las cremas y cosméticos que le entregó. La mirada al espejo, le resultó sorprendente, ese rostro nada tenía que ver con el suyo. Convinieron el día lugar y hora en que se reencontrarían para iniciar la segunda parte. Boris le señaló cual era el instrumental y monitores que revelaban que el lugar estaba preparado para cirugía estética, se llevó en su coche lo que le interesaba y el resto lo cargó en bolsos la nueva identidad de Pablo, quien llevó todo a cuestas en dos viajes a pie hasta su casa. Era entrada la madrugada, cuando llegó una camioneta en la cual Mirone cargó sus pertenencias y muebles. Ante el requerimiento de los vecinos que se despertaron y aproximaron para ver lo que ocurría, Pablo con su flamante identidad les dijo fingiendo una voz aflautada, que el dueño de casa se mudaba, y en un papel les dejó la nueva dirección del otro lado del pueblo. Quedó enormemente satisfecho por lo realizado por Cariloff, sus vecinos no repararon absolutamente que podía tratarse de Pablo disfrazado. Por las dudas, avisaron a la policía, pero esta llegó pasado los diez minutos, estaban muy ocupados tratando conjuntamente con los bomberos de apagar el incendio de una casa rodante que estaba estacionada a unas cuadras, nadie podía decir quien era el dueño, finalmente extinguieron el fuego, pero todo había quedado reducido a cenizas y carbón.
            Despachó al dueño de la camioneta de mudanzas, contratado en un caserío cerca del lugar donde ahora viviría, en  Los Álamos. Era la
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primera vez que había efectuado un trabajo en el pueblo de Funes, jamás llamaban desde allí. Esto le parecía extraño a Mirone, ya que cincuenta kilómetros no eran tanta distancia, se alegró de comprobar que la intuición de permanecer cerca era acertada, seguramente no indagarían por esos alrededores.
            La jornada siguiente fue de gran revuelo, Funes esperaba a las diez de la mañana la llegada de Pablo, a las diez menos cuarto, recibió la llamada del chofer que había concurrido a buscarlo y se había encontrado con la novedad que le informaron los vecinos, que gente extraña dos hombres desconocidos, vaciaron rápidamente el departamento y le dejaron la nueva dirección. Por las dudas, ellos avisaron a la policía pero no sabían nada más.  Describieron a las personas que realizaban la mudanza pero no lograron establecer de quienes se podía tratar. Luego de esto, el conductor se dirigió a la dirección indicada, que correspondía a un lote baldío y nadie sabía dar razones del buscado.  A instancias de don Ernesto se abrió una investigación exhaustiva, y una divulgación del rostro de Pablo para tratar de encontrarlo. Pasaron los días en vano, no aparecía.
            Mientras tanto, en una clínica especializada de la capital que Cariloff alquilaba para sus operaciones, concurrió Mirone que ya había terminado sus trámites con el grupo del padre de Ariel y tenía la nueva documentación a nombre de Ernesto Campilongo con la foto de su nuevo rostro, las huellas dactilares antiguas, pasaron a los nuevos ficheros y el de Pablo Mirone fue vaciado de datos con un sello grande que decía “Desaparecido”.
           
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El médico estuvo satisfecho al ver la nueva documentación, el desafío era que su paciente debía lucir idéntico a las nuevas fotos. Por otra parte había llegado a tiempo antes que comenzara el deterioro de la máscara humana. El proceso fue largo, doloroso, molesto, en varias sesiones, durante las cuales permaneció internado en un pabellón especial destinado a casos reservados. El personal que allí asistía a los pacientes, era aportado por el internado, para garantizarle un secreto absoluto. Ariel se ocupó de ello, con gente de total confianza. En una semana gracias a todo el empeño y ciencia aplicados por Cariloff, se obtuvo el alta. Se retiró solo, con un bolso donde llevaba la ropa. Caminó a la deriva, despacio, tratando de parecer despreocupado, pero estaba muy atento. De pronto se quedó helado,  a sus espaldas oyó una voz de mujer gritando: ¡Pablo! , ¡Pablo! No pudo evitar el cambio de ritmo en su marcha, pero no giró para ver quien llamaba a su antigua y desaparecida persona. Luego de unos tensos segundos, le volvió el alma al cuerpo, se le adelantó corriendo un chico de unos diez años, tras una pelota que acababa de pasar a su lado, la cual el infante  recuperó  unos metros más adelante. Más cerca de sus espaldas, la voz exclamaba ahora: -¡Te he dicho mil veces que tengas cuidado cuando vas detrás de la pelota! ¡Casi volteas a esa anciana corriendo como un loco!-.
            Sería duro acostumbrarse a ser Ernesto Campilongo y olvidar totalmente ante el mundo que era Pablo Mirone. Debía tomar un taxi pero asegurándose que el chofer no tenía relación ni con los narcos ni con Funes, bien sabía que tenían un aparato investigador poderoso y de lo más

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 adelantado en el país. Se dirigió a la avenida más cercana, donde seguramente  pasarían varios coches de alquiler, podía elegir así por intuición alguno seguro y tenía más posibilidades de no subir donde no debiera. Su cálculo era acertado, pasaban por allí decenas  de taxímetros. Ascendió a uno, le pidió dirigirse a un supermercado que distaba de allí unas treinta cuadras y para ello debían abandonar la avenida. El conductor era uno de esos charlatanes de peinado pretencioso y bigotito;  no cesaba en su discurso, a pesar que Ernesto atento a lo que ocurría con el tránsito a su alrededor, solo le contestaba con monosílabos. No detectó que alguien los siguiese, igualmente al bajar, permaneció unos minutos en la entrada del local hasta que se aseguró que el fluir de entradas y salidas así como los transeúntes obraban de manera totalmente normal. Cerca de allí había una concesionaria de automóviles, ingresó para comprar un usado, con la condición que pagaba al contado pero necesitaba llevárselo en el momento. Le iniciaron los trámites de transferencia  y se retiró con su flamante compra. Quería salir rápido a una ruta, necesitaba despejarse y pensar en su presente, futuro y pasado. No obstante cuando constató con seguridad que no era vigilado, paró previamente en un bar donde se sentó en un ventanal que daba a un exterior que mostraba a cualquier observador, lo que ocurría en ese tramo de una calle barrial a esa hora del día. Lo primero que ocurrió fue que un muchacho joven vestido a la usanza del momento, se sentó en un reborde de la pared vecina al negocio para observar el movimiento de la zona, tal cual lo estaba haciendo Mirone desde su mesa. De pronto mirando en todos los sentidos posibles se incorporó para

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dirigirse hacia la reciente adquisición de Ernesto Campilongo, que permanecía estacionada en la calle. El nuevo dueño observó con curiosidad al individuo que miraba el interior del vehículo acercándose hasta casi tocar con la nariz los vidrios de las distintas ventanillas. Acto seguido extrajo del interior de su campera lo que parecía ser un corto bastón de hierro o metal contundente, y tomó distancia con el ademán de golpear el vehículo. Instintivamente Ernesto ganó con suma rapidez la calle,  logrando interponerse para que el sujeto desistiera de su intento, lo cual consiguió a medias, ya que dirigió entonces el bastonazo hacia su cabeza, el cual pudo esquivar milagrosamente. Ante el fracaso de ese golpe, el atacante optó por huir, lo cual realizó sin mostrar demasiada premura.  El mozo que lo atendía en la cantina, había salido a la puerta, no con intención de intrometerse o interesarse en el hecho, sino al temer que su cliente huyera sin pagar, pero se tranquilizó al ver que volvía hacia su mesa, por lo cual, para disimular le dijo:
            -¡Qué barbaridad!, todos los días ocurre lo mismo, los detienen cuando pueden, pero antes de una hora ya están de vuelta en la calle, como si nada, y bueno… es así la cosa.-
            El ex Pablo, comprendió rápidamente toda la situación, habían querido robarle su equipo de música, pero lo notable es que todo se desarrolló como un hecho normal, cotidiano y desprovisto de cualquier connotación. Salvo el mozo por interés personal,  nadie se molestó en moverse o en intervenir a favor de la defensa del atacado, como si ello fuese un accionar fuera de lugar. Apuró parte de la copa que le sirvieran, para
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entonarse un poco, lo cual consiguió, pero para continuar su observación callejera. En poco menos de media hora, vio a un proxeneta  sacarle dinero a una prostituta  que había salido de un hotel de enfrente, a un traficante vendiéndole un paquetito a un cliente, y  a un par de muchachos fumar marihuana  tirados en la vereda, todo ante la indiferencia total de un policía que seguramente alertado por el episodio por él vivido, apareció a los pocos minutos de ocurrido, para pasearse por la vereda de enfrente. El comportamiento social era de un perfecto individualismo, carente totalmente de cualquier solidaridad ni atención hacia el prójimo, pensó que tal vez se necesitara un accionar conjunto, de comunidad, interesarse el uno por el otro, desenmascarar a los corruptos y cómplices para comenzar a vivir en un medio mejor, que de nada servía el fundar sociedades de beneficencia para paliar el remordimiento de la conciencia ante la explotación social que conducía a esos desatinos. De pronto se admiró por estos pensamientos, jamás antes discurridos por él, tal vez su nuevo rostro e identidad lo conducían a pensar en nuevas opciones,  debía seguir pensando en ello, tal vez valía la pena.
Funes y el traficante de drogas no se conocían pero ambos estaban con un estado de ánimo parecido, una frustración anímicamente similar y buscando desesperada y afanosamente a una misma persona.   Afortunadamente para el buscado seguían pistas diferentes, los esbirros del delincuente pronto averiguaron que el testigo era un tal Pablo Mirone que había desaparecido en los días en que enjuiciaron a su jefe, pero no les coincidía los datos que de él tenían con otras averiguaciones del individuo que declaró encapuchado en el juicio. Habían conseguido datos que
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correspondían a Santos, diferentes  a los de Pablo, lo que conseguía despistarlos. Pronto se dio el encuentro entre ellos y Funes, hecho que condujo a los mal vivientes a concluir que Pablo era un anzuelo utilizado por la policía para desviarlos de las averiguaciones en base a un desaparecido buscado por posibles delitos menores, que causaba irritación a un personaje importante como era Funes. Este estaba por primera vez en su vida, muy inquieto e irritable. Mucho le molestaba que su trayectoria individualista perfecta, fuera burlada por otro individualista, conceptualmente su reinado peligraba, en la búsqueda del poder total y absoluto no podía ni debía  existir un estratega mejor que él. Para colmo de males el desaparecido no era inocente, se había hecho de buen dinero y además parte del mismo con una estratagema descubierta recientemente, como era el sistema empleado del acopio de centavos o cifras pequeñas. También conseguía hasta el momento evadir las consecuencias de no cumplir con el contrato firmado, en este no estaba contemplada penalidad en caso de desaparición sin comprobación de muerte de parte del infractor, además continuaba con la titularidad de El Vergel hasta que se produjera su reaparición. Don Ernesto tenía ahora una luz de esperanza, era posible que siendo tan audaz estuviera involucrado en hechos delictivos. Pero debía revisar toda su estrategia, lo que él pensaba sólido e impenetrable, estaba haciendo agua. También le molestaba que no hubiera  logrado aplicar la última degradación ideada en base a que su anciano padre comenzaba a tener incontinencia. Lo llevó a su estancia el día de la desaparición, para que Pablo en lo sucesivo durante los horarios acordados, se ocupase de cambiar los pañales y limpiarlo.
           
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El nuevo Campilongo respiró algo más aliviado en la ruta, no podía convencerse que nadie lo seguía, sabía que era cuestión de tiempo para retomar la normalidad. En medio de esas cavilaciones, tropezó con un control de caminos por parte de la gendarmería. Trató de serenarse, le resultaba difícil porqué notó que corroboraban datos de la documentación mediante un monitor instalado en una de las camionetas del operativo. Algún  problema se le presentó por la titularidad provisoria, pero lo dejaron seguir porque el resto de los papeles  verificados estaban todos en orden. Este intrascendente episodio le brindó una gran seguridad máxime que aún podía notarse alguna pequeña marca o hinchazón en su nuevo rostro. El camino que emprendía ahora conducía a su pasado y futuro a la vez, se detendría unos kilómetros antes, en su devenir  venidero que era Los Álamos para  intentar olvidar su anterior aspecto y personalidad encarnados en Las Acacias.  Llegó a su nueva casa, había estado unos días ausente, les mintió  a sus vecinos diciéndoles  que permaneció internado unos días en la capital por un problema intestinal y que aprovechó para retirar cuando volvía, el coche, que estaba en reparación  en un taller de su antiguo pueblo.
            Debía planificar su nueva vida, para lo cual necesitaba mirarse en el espejo varias horas al día para establecer en su memoria y conciencia su nueva apariencia. Comenzó a salir a diario del poblado, para volver a la misma hora aproximada, con el motivo de aparentar que concurría a su trabajo. Ello implicaba un riesgo porque podría descubrirse la falsedad y debía tener una vida  lo más normal posible. Un día no pudo
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 resistir la tentación y se dirigió al centro del pueblo de Funes. Le sirvió para recuperar el aplomo, hasta almorzó muy bien en el restaurante donde unos días atrás  le servían pollo o pescado hervido y verduritas, para luego comprar libremente en el supermercado donde anteriormente estaba celosamente controlado y vigilado.  
            Un trabajo era la imposición más urgente a que le obligaba la nueva vida. Tenía la oportunidad y en muchos casos se le iba presentando la necesidad, de cambios en su proceder; el más costoso como un resabio ancestral era recurrir a otras personas, lo cual atentaba contra su individualismo. El renacer de su contacto con Ariel, había sacudido sus férreos conceptos, su antiguo compañero de clases no tan solo jamás le reprochó su falta de colaboración en trabajos que como estudiantes les tocó hacer en conjunto, sino que ahora se había jugado la tranquilidad de él y su padre, en el reciente episodio en que había recibido su desinteresada, arriesgada e inestimable ayuda. Decidió invitarlo a almorzar, estaban separados por una distancia de ciento cincuenta kilómetros, vivía en un pueblo en otra zona geográfica, denominado Apipé. Nada parecía relacionar a Los Álamos con ese lugar, se sintió seguro y decidió trasladarse al lugar para cumplir con  la invitación. Durante el viaje, pensó que cuando era Pablo había elegido la carrera de agrónomo como exaltación de su ideal de conquistador personal del mundo, en un intento de lograr el comienzo de esa empresa a través de sojuzgar  a un campesinado pobre e ignorante, que con cierta facilidad estaría pronto a su servicio y servidumbre. Era cierto que le atraía el campo, pero ese era un aspecto secundario. Pero en la historia de la agricultura, no existía en sus orígenes mundiales, el latifundio, ni
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el acopio de tierras en función de poder, el ejercicio del dominio nacía en el jefe de la horda primitiva a través del arte individual de la caza, el erigido jefe era el mejor cazador, entre otros atributos. La agricultura se originaba como trabajo en colaboración, necesitaba por su naturaleza el aporte de varios seres, tanto humanos como animales. No podía negar que en su genética primigenia no tan solo campeaba el individualismo sino también el trabajo mutuo, efectuado en cooperación. Podía ahora con su nueva identidad, acompañarse de un nuevo proceder, también sostenido por sus genes más antiguos.
            Llegado a Apipé le fue fácil encontrarse con su amigo en el restaurante del pueblo, era  un lugar con unos tres mil habitantes, donde confluían principalmente chacareros de la zona a llevar sus productos para ulterior distribución. Se abrazaron, Ariel ponderó el trabajo que  había realizado el cirujano, se lo veía idéntico a las fotos que le habían tomado cuando era Pablo con la máscara de material humano. Durante la conversación, además de volver a contarse con detalles lo vivido por cada uno, Campilongo se enteró que su amigo asesoraba a varias cooperativas zonales de producción y distribución. Le recomendó no volver a cursar la carrera de ingeniero agrónomo para no levantar sospecha alguna si aún la mafia o Funes  trataban de localizar su antigua identidad. Era aconsejable que hiciera un estudio menor de técnico agropecuario, con ese título se habilitaba plenamente como asesor en lo que interesaba en la zona, además era realmente ingeniero con lo cual no tendría limitaciones en su accionar. Podía rendir las materias como libre en un instituto habilitado en la zona, recibiéndose así  en forma muy rápida.  Ariel se ocuparía luego
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de ubicarlo en su radio de influencia. No debían aparecer como amigos en el poblado, era un plan en el cual  era necesario fingir que se conocían solo a través de opciones actuales de trabajos, no existía para el resto del mundo un pasado común en la facultad de agronomía.
            Antes de regresar a su nuevo hogar, fuertemente atraído por el plan propuesto, concurrió al Instituto Agrario y se inscribió en forma condicional para cursar como libre las materias que se exigían, debía entregar el certificado legalizado de estudios secundarios que le habían brindado junto con los papeles a nombre de Ernesto Campilongo.
            De vuelta, comprendió que era un gran riesgo vivir mucho tiempo en  Los Álamos, todo el mundo terminaba por conocer en detalle la vida de los demás. Además era un pueblo cooperativo, muy pocas personas de allí no ejercían sus labores  en instituciones de ese tipo.  Montó una historia por la cual ya no trabajaría más en el pueblo de Funes, por lo cual retornaría a la Capital, apenas venciera el contrato de alquiler de la propiedad donde ahora vivía.
            Tenía aún dinero que gastaba en forma muy medida, para llegar a subsistir hasta la obtención de su nuevo título, y ubicarse laboralmente en Apipé.
            Llegó el día de abandonar Los Álamos, había vencido el alquiler.
Ante el asombro de las autoridades del Instituto Agrario de Apipé se había recibido rindiendo materias libres el autodidacta Ernesto Campilongo, en menos de un año. Con la capacidad y preparación demostradas, Ariel lo ubicó rápidamente asociándolo a una cooperativa del lugar.
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            En la mudanza, no había mucho para llevar, trasladó durante el año  gran parte de lo suyo, acopiándolo en la vivienda de Ariel. Cargó lo restante en su coche, y antes de partir definitivamente, fue a almorzar por última vez a “El buen comer”.
            Lo atendió la misma mujer que lo atendiera siendo Pablo, que sonriente le dijo:
            -Buenos días, señor Ernesto, me he enterado que usted se va del pueblo y se instala en la Capital. Ha tenido una transmisión de pensamiento con nosotros, porque justamente lo íbamos a invitar a una despedida ahora, ya que sus vecinos nos dijeron que partía a primeras horas de la tarde. Pero, bueno, ya está acá, por favor ubíquese en esa mesa, que compartirá con dirigentes del pueblo, que quieren despedirlo-.
            Un sudor frío recorrió su espalda, esa gente parecía saber demasiado de él, conocían sin haberlo mencionado su nombre actual, todo era muy peligroso, además vio sentado a la mesa al señor Pecialo quien le había hablado algo de cooperativismo aquella vez que hastiado porque no podía comer lo que quería, había visitado por primera vez el restaurante del pueblo. Sacando coraje de donde pudo, se dirigió a la mesa indicada, evidentemente lo reconocían porque se levantaron de su asiento y se presentaron, dándole la mano. Cuando fue el turno de Pecialo, prestó especial atención, nada indicaba que lo recordase de su identidad anterior. Tardó en disipar su temor, al principio le parecía que eran enviados de Funes que con ironía propia del averno hacían un sutil trabajo de hacerlo caer en la telaraña de sus dichos. Pero pronto sintió alivio al comer sin restricciones una entrada sabrosísima de fiambres y quesos zonales, y sin indagar nada, le contaron sobre las cooperativas y el cooperativismo. Lo que más le
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impresionó fue que quisieran mostrarle una forma de vida diferente, no tan solo en cuanto al trabajo y negocios, sino una doctrina que cambiaba al ser en su proceder de la vida diaria, desde su hogar a lo familiar y en las relaciones con su prójimo y el entorno. Se trataba de aplicar el trabajo mutuo, la solidaridad, el cuidado de la naturaleza y la ecología, el preocuparse por todos los que colaboraban y no solo por sí mismo. Le obsequiaron un librito en donde se explicaban las bases, principios, fundamentos, leyes y formas de crear y constituir una nueva cooperativa. Le aclararon también porqué no había un vínculo fluido con los pueblos cercanos, como el de Funes; era como si hablasen idiomas diferentes, formas de ver la vida y sociedad contrapuestos, lo que generaba alejamiento entre sí aunque las puertas de ellos estaban siempre abiertas a toda persona sana honesta y de buena voluntad que aceptase incorporarse a su doctrina, trabajo y forma de vida.
            Luego de despedirse se retiró con una calesita en su mente. Fueron los ciento cincuenta kilómetros  de viaje más confusos de su vida, a pesar de la atención que debía prestar al manejo. Su nueva identidad pujaba por alejarse del individualismo que había transformado, en aras de conseguirlo, su paraíso soñado en un infierno de esclavitud. Lo lamentable y sin salida era que lo mismo le había sucedido a la sociedad que lo había acompañado en su vida. Había vivido una trampa, intentando alcanzar lo inalcanzable consiguió una vida mísera, sin sentimientos, sin aprovechar lo que los seres vivientes tenían para gozar, como era la naturaleza, la amistad, el apoyo mutuo, la belleza, el arte, las expresiones gratificantes, en fin

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 todo lo que valía la pena de ser vivido y que no tenía un valor expresado en dinero. Ariel había constituido la pieza fundamental para  consolidar su despunte, comenzaba a sentir apuro por vivir, alejarse de la esclavitud, temía que lo descubriesen demasiado pronto, Funes y la mafia no lo perdonarían jamás, lo buscarían siempre, pero tal vez aún podía tener refugio entre los que lo aceptaban como un par más porque entre ellos, sería como cada uno era allí: alguien importante, una pieza fundamental del eslabón de la mutua cooperación.
            Sus primeros tiempos en la cooperativa Coopagro, lo reconciliaron con lo positivo del ser humano y aprendió que dentro de las debilidades y falencias del hombre, era el mejor sistema de trabajo, convivencia, progreso y elevación moral  que habían ideado los mortales. Debían luchar permanentemente por la verdadera educación cooperativa, que consistía  en practicar el cooperativismo como forma de vida real y diaria, por ello era tan importante crear cooperativas escolares, para enseñar con la teoría y práctica la doctrina a sus tiernos vástagos, que estaban en situación y edad de  moldearse para toda la vida.  No podía creer que anteriormente hubiese caminado la ruta de perder la vida, en aras de intentar adueñarse del mundo. Esa era la más mortal de las trampas, alentada por banales triunfos pequeños y efímeros que una vez que  envolvían al ser como una telaraña sutil le impedían apreciar que el triunfo sobre el entorno y el verdadero control ecológico beneficioso para todos, se lograba en el bien común logrado por el trabajo mancomunado y sin privilegios de todos y para todos. Comenzaba a comprender la fortaleza del cooperativismo que

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conducía a la fe del humano en sí mismo y de sus pares, era la forma de conseguir aquí en la tierra y durante la vida una sociedad mejor y justa, en base al trabajo y esfuerzo concreto y fecundo de los integrados y asociados para lograr un devenir próspero. Era una fe muy distinta a la religiosa,  que cifraba la esperanza de una vida justa y reparadora de injusticias en otra vida en el más allá, mediante una vida terrenal que podía ser llegar a ser muy injusta y torturante, era necesario ser bueno para lograr esa vida futura. El cooperativismo, lograba la fe en los hechos concretos de esta vida, al descubrir que la bondad comenzaba por destronar al individualismo y sus lacras, porque el bueno que quería al prójimo como a sí mismo, para tener una vida mejor y terrenal, se asociaba con sus semejantes en empresas concretas para la vida diaria. La fe del cooperativismo, era la del aquí y ahora,  que luego de acuerdo a la idea de cada uno se prolongaría en una vida ulterior, o todo terminaría con el final de la terrenal existencia.
            Se solazaba al tiempo que repetía una y otra vez que era indispensable en la vida leer y releer a los grandes pensadores que hicieron posible a través de los tiempos la actual doctrina cooperativa, mediante distintas ideologías afines. Se podía comenzar muy atrás, por ello leía a Platón y su “República”, luego se maravillaba con Tomás Moro y su “Utopía”, prestando luego especial atención a las vidas reales y obras de Robert Owen y Charles Fourier. ¡Que idealismo! Era notable como caminaron el ideario socialista sin importarles fracasos, estaban convencidos que se conseguiría tarde o temprano aquello por lo cual bregaban, en ese esfuerzo dejaron sus vidas. Como un hálito de su ideología  se impregnaron

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algunos tejedores que impulsaron la creación de “Los probos pioneros de Rochdale”, a partir de allí todo se expandió, desembocó en grandes epopeyas como la de Arizmendiarieta y otras, a pesar de la resistencia y el afán de que no circularan esas historias y ejemplos, por parte de los grandes capitalistas e individualistas.
            Conoció a una docente que se ocupaba de educación cooperativa, acción señalada en uno de los siete principios mundiales del cooperativismo, tema que lo indujo a acompañarla en su gestión. Era Iris una morena apasionada que supo transmitirle sus anhelos, despertó aspectos dormidos de su persona, terminaron en una relación sentimental que los uniría luego en sus vidas.
            Coopagro bajo el impulso de ellos, fundó una escuela primaria, en la cual instauraron enseguida una cooperativa escolar, y enseñaron cooperativismo y su historia, en la vida diaria. Supieron inducir en los chicos el afán de conocimiento. Cuando realizaban una tarea determinada, en cierto momento Iris les decía:
            -Ven, esto es lo que habría aconsejado William King, y lo habría convalidado Henri de Saint Simón-.  Inmediatamente alguno de los niños preguntaba:
            -¿Quiénes eran esos señores y que decían?-. La respuesta no se hacía esperar:
            -Busquen en los libros de nuestra biblioteca, o si lo prefieren en las computadoras que allí disponemos, se darán cuenta al leer sus apasionantes vidas el motivo de mi comentario-.


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            De esa manera se aprendía a relacionar, al buscar a esos personajes encontraban paralelos y vinculaciones  con otros personajes como Philippe Buchez, Louis Blanc o Gide.
            El principio cooperativo que más atraía a Campilongo era el de control democrático de los miembros, o sea que cada asociado valía en la Asamblea, órgano máximo de la cooperativa,  un voto, sin importar el capital integrado ni el porcentaje de participación anual que había tenido. Era lo que los igualaba en las decisiones y los motivaba a consolidar el precepto. Siempre que podía lo esgrimía y recordaba, ya que era el perfecto opuesto a la vida denigrante que había llevado durante su esclavitud con Funes.
            A través del tiempo, perdió totalmente su antiguo individualismo, incorporó a su vida, -como la nueva ideología incorporada en su ser forzosamente conducía-   al cooperativismo solidario y lo aplicaba en el accionar común fuera de la institución, aún con personas sin conocimiento o distantes de ese pensamiento. Cuando con ello lograba hechos positivos, solamente les decía a los involucrados: -¿Vieron?, de esto se trata el cooperativismo.
            Hubo muchas diferencias en las vidas ulteriores de Ernesto Campilongo, Ernesto Funes y el jefe narco. Campilongo logró una nueva vida, olvidó el pasado, la pérdida de una ilusoria empresa pujante, motivo que en su momento lo paralizaba, la lucha estéril en una competencia en la cual siempre perdería con la ilusión de tener la hegemonía sobre el mundo, y sobre todo las cosas ganó un mundo de sentimientos, sensaciones, solidaridad y trabajo mutuo en función del bien común. Funes tenía muchas espinas clavadas en su corazón de piedra, una que no podía sacar era la
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de Pablo Mirone, a quien no lograba encontrar, necesitaba verlo y muerto, para alimentarse como Mefistófeles del alma de él, para sentirse poderoso, el supremo y no burlado por otro individualista. No podía imaginar que la burla más importante residía en la vida que llevaba actualmente el desaparecido.  El jefe mafioso, alimentaba día a día el renacer constante de la necesidad de ubicar a quien lo había delatado, era el único caso en su historia que no había podido vengar, no le interesaba tanto la libertad como ser el máximo, el padrino sobre todos los demás.
            El legado principal de Ernesto Campilongo fue la frase que hizo colocar en la entrada de Coopagro, estimulante del conocimiento y estudio del cooperativismo:
            “El importante crecimiento de “Los Probos Pioneros de Rochdale” debe atribuirse no a la importancia del poder económico sino al valor de las ideas y la fidelidad constante que esos iniciadores tuvieron con esas ideas”


              

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