viernes, 15 de noviembre de 2013

LA ESTAFA DEL MODERNO VIVIR
Seudónimo: Polonio Niobio
La vida lo había fatigado de manera extraña. Tuvo anhelos, fantasías e ilusiones obtenidas como si provinieran  de lo profundo de un abanico que se abría y le decía: ve en busca de lo que deseas, de la misma manera en que me acabo de desplegar; cada objeto, toda aspiración, cada tramo del mundo entero está a tu alcance por un mísero precio, que es el de tu existencia. Esa visión temprana llevó con ímpetu a Víctor Viñales a  deambular por el camino presentado. Sus antecesores especialmente los padres, como siempre en estos casos, fueron apuntalando el inicio y solventando las primeras etapas. Luego, la broma del devenir lento pero imparable lo puso en las arenas del competir para poder subsistir. En los tiempos que ello fue menester, la vorágine de una tecnología que debería estar ligada al mejor pasar, seguridad y posibilidades humanas,  se erigía como un terrible instrumento para la orientación del poder y hegemonía hacia unos pocos. Era similar a una zanahoria inalcanzable para un asno en cuyo lomo, cabalgaba su despiadado amo, sosteniendo la hortaliza frente a sus ojos a modo de atractivo. Miles de historias, situaciones, experiencias, lo aquilatado durante años, le hicieron sentir que era víctima en su mayor parte, de su propia especie. Esta situación lo colocó en desventaja con generaciones anteriores,  ya que la experiencia parental, no podía alcanzar a comprender siquiera, muchos mecanismos de la modernidad. Sus consejos y sabiduría quedaba limitada al conocimiento del alma y actitudes humanas, no del desarrollo del diario vivir. Ante la comprensión de este fenómeno, Víctor cuando tuvo sus propios hijos, entendió que para acompañarlos, debía acompasar los cambios tecnológicos vertiginosos, para poder actuar como lo hacían los antiguos consejeros, en la época en que la sabiduría del pensar y el meditar sumados a la experiencia, transformaba a los ancianos en los consejeros sociales. Quería ser como un senador del Imperio Romano, para transmitir sabiduría a su prole. Para lograrlo, acompañó a través de adquirir nuevos conocimientos, la evolución tecnológica, principalmente observando en la vida diaria desde juegos electrónicos, hasta la integración de cuanta red social se establecía en una de las pretendidas magias de la conversión humana que se conoció como “Internet”. Comenzó a comprender el mundo virtual y su relación ulterior con el real. Lo que en su juventud era una situación única, se presentaba ahora disociado en dos escenarios, uno a través de lo que brindaba la máquina, y otro que tenía que ver con seres de carne y hueso. En algún momento era menester reunir ambas escenas, y la que perdía la partida era la vivencia carnal, que era la perecedera, en contraste con la virtual eterna e indestructible. Sus hijos poseían unos juegos en los cuales se podía lograr resultados fabulosos, sin límites ni peligros. Había series de una violencia inusitada, aunque fueran presentadas cómo acciones justicieras contra delincuentes y presuntos criminales de guerra. Porque de ello se trataba, de eliminar la mayor cantidad posible de enemigos o malvivientes, sin considerar para nada la vida como bien supremo, el considerado bueno, debía triunfar, los malos perecer, sin otro análisis que los antecedentes que a modo de preconcepto, tenían los malos que debían perecer en manos de los buenos, que eran los que manipulaban el juego. Se desvirtuaba el sentimiento de justicia equilibrada en aras de un accionar justiciero exterminador. Hacía muchos años que Viñales pensaba que estas actitudes, de instalarse en la sociedad, trastocarían los valores antiguos, sobre todo el del derecho a vivir. Lo que veía también de preocupante y horrendo, era que los buenos, eran los que manipulaban el juego, lo cual significaba metafóricamente que los que manejaban la situación, controlaban la vida y muerte. ¿De qué manera se trasladaría eso en el seno carnal de la realidad objetiva? En ese pasaje sutil de un mundo ficticio al real, intervenía en el contexto societario, otro de los factores que completaban el panorama: el uso de drogas estupefacientes y alucinógenas.  En el mundo real, los malos de esta ficción, pronto entendieron en su estupor alucinado, que para sobrevivir, había que matar, lo cual era sencillo y efectivo, contando con las armas adecuadas. Al no existir en los hogares claros límites de uso, visualización e interpretación adulta adecuada  de esas escenas lúdicas y consistir en la modernidad un juguete infantil, se producía una edad de inicio a la delincuencia demente muy temprana y el acceso a armamento de forma simple y sencilla. Así planteadas las cosas, se fortaleció un sub mundo marginal desposeído del acceso a la maravilla técnica y a placeres exóticos, que invadió las calles y otros lugares, a la conquista de bienes alucinantes y casi mágicos. Se había formado una nueva cultura del malevaje, sin los códigos antiguos, se había aprendido que la vida de los seres nada representaba y que la tenía a su disposición quien se la aseguraba. Se situaba en la misma categoría matar que no hacerlo, de modo que quien salía a la conquista de la buena vida moderna y tecnológica, se aseguraba matando ante todo, que podría huir con los bienes fueran escasos u óptimos, de su víctima. Sin aceptarlo legalmente, pero sí taxativamente, la vida perdió la cotización que alguna vez había tenido en el conjunto social. Los valores se trastocaban rápidamente, pronto también se avanzó sobre el idioma, perdió sus normas, leyes, expresiones. Asimismo ocurrió con el criterio de autoridad, antes emanado de seres denominados sabios o al menos los más ilustrados,  reemplazado ahora por lo que brotaba de la máquina electrónica y su información. El poder de los que manejaban y decidían la información en la red mundial, pasó a ser el sólido argumento de la valía de lo informado. Entre estas nuevas concepciones no podía quedar ni dejarse al margen la estima y la comunicación entre la gente. En un comienzo, la tecnología logró un avance impresionante al unir en segundos, gratuitamente, personas situadas en cualquier punto del orbe. En este caso era menester introducir algo diferente a lo que ocurría en la época de los trogloditas, quienes bolígrafo o pluma en mano, escribían en un papiro denominado papel, las misivas a enviar por medios de transporte diversos, las que llegaban días después al destinatario. A la magia de enviar instantáneamente un escrito, tan solo con pulsar un recuadro en un teclado, se agregó la posibilidad de vivir, palpar, sentir emociones con otro u otros, lejos de la carne, el sudor, los olores no siempre agradables del prójimo, y tal vez su desaliñada presencia, mediante la fantasía que la electrónica permitía, a través de diálogos mudos, sin sonido, sin vida, pero cargados de motivaciones personales proyectadas en el otro.  En este estado de cosas, culminaron  las famosas redes sociales. Fue el éxtasis de una comunicación incomunicada, complementada por el uso de teléfonos celulares móviles, que invadieron el planeta, para dar acabado sentido a la relación higiénica, alejada de la vida biológica, libre de contagios, enfermedades, proximidad, contacto, que quedaba entonces reducido tan solo al contacto genital entre humanos, del cual también se buscaban buenas alternativas. Este cuadro de situación vivido por Víctor Viñales, podía ser rebatido e incluso minimizado por técnicos y estudiosos del tema biológico social, pero se trataba de lo que le llegaba al fondo de su ser. En su fuero íntimo, preocupado por la suerte de futuras generaciones, decidió adentrarse en la manera de lograr resolver la fórmula para poder vivir de forma carnal, ante la cascada electrónica que transformaba al humano biológico, en un autómata cultor del Dios de la semi conductividad electrónica.  Se le ocurrió comenzar por el poder y su socio el dinero. Al ser estos factores los que habían signado la suerte durante milenios de la raza, había que conocer que vericuetos seguiría esa ancestral forma de esclavizar y vivir en función de artilugios a costillas de los que producían bienes en nuestro globo. Se dispuso a dedicar varias horas diarias a esa tarea,  como ocurría con todas las que quisiera iniciar con éxito. Frotó entre sí ambas manos  para continuar con un detenido y prolijo masaje digital, sobre todo en las falanges de los dedos que más utilizaba. Activó su ordenador para ir al encuentro  de su buscador preferido. Pulsó las teclas que daban la orden más precisa que se le ocurrió, a modo de inicio. Leyó satisfecho: “Ganar dinero on line”. Estuvo a un tris de efectuar sin ceremonia ni meditación uno de los actos más trascendentes que la humanidad efectuará en las próximas décadas: oprimir la tecla “intro” también denominada “enter”. Se detuvo a pensar en ello, pero siguió con su plan y la pulsó con vigor. Luego del parpadeo del visor, apareció la ventana con la página solicitada. El buscador, ante todo informaba que lo solicitado, tenía para consultar alrededor de once millones, seiscientos mil resultados. El mensaje real de la máquina, era que estaba ante una tecnología tan poderosa, que podía brindarle esa cantidad de información en breves instantes. Comenzó a revisar distintas páginas, determinando que había dos orientaciones fundamentales en lo que parecían empresas organizadas. Aparte había una miscelánea mayúscula de casos diversos, menores, pero que en determinada manera apuntaban a alguna de ambas opciones.

Arrancó con la básica, porque la otra se basaba en la crítica de esta. El planteo era una salmodia repetida: había que registrarse en la empresa, esta  mostraba a diario cierta cantidad de páginas de clientes, había que hacer “clic” y permanecer en ella unos segundos indicados, y de acuerdo a ello existía un pago, que oscilaba en el mejor de los casos en un centavo de dólar, y en el peor, una décima de milésima, siendo lo normal, una milésima de dólar. Mediante este mecanismo, se producía el registro de un visitante a esa página que generalmente vendía productos o servicios, y que estaba abonada a una compañía de publicidad, la cual comprobaba su eficacia, por la cantidad de visitantes que lograba atraer a dicha página, lo cual el abonado podía verificar. Acá aparecía el primer engaño detectable: cientos o miles de visitas, en realidad correspondían a personas que buscaban solamente obtener el milésimo de centavo. Víctor se dedicó un tiempo a seguir a una de estas páginas para obtener una experiencia personal. Comprobó en carne propia el gen que poseemos los humanos que sin duda es el más difundido y más exacerbado de cuantos podamos encontrar: el de la codicia y el afán de riqueza, buena vida, holgura, posesión de esclavos, y sobre todo del manejo del poder. Se asombró que algo en su interior lo llevaba a juntar esas migajas, gastando su atención, intelecto y paciencia en una labor rayana en la estupidez, ya que debía “trabajar” cerca de un mes para conseguir dos dólares, que era la cantidad mínima que había que juntar para poder recibir el pago.  No llegó a padecer una adicción, pero le costaba no entrar a diario en la página para sumar las milésimas respectivas, algo en su interior lo empujaba, afortunadamente la razón ganaba, pero le molestaba estar frente a una cuasi adicción tan estúpida y dañina. Pero las raíces de la maleza se profundizaban, e invadían la posibilidad noble de esa realidad virtual. Entre otros “trabajos” ofrecidos se encontraba el de la visita a las redes sociales, para  luego de un artículo o comentario, marcar la opción “me gusta”, o adherir a los seguidores de la persona poseedora del espacio en la red. La finalidad era captar a posibles anunciantes en su espacio u otro que tuviesen en Internet. Nuevas mentiras aparecían: las visitas no eran de relacionados con la persona, ni siquiera se leía lo que se tildaba como agradable, no había ninguna intención de seguir al titular, la mayor proporción de adherentes eran ignotos en búsqueda de la migaja.

            Las actitudes e intenciones, siempre flotan en la baja atmósfera, las malas forman la bruma de lo reprochable  y las buenas el aire fresco de la renovación y lozanía. Esos fenómenos llegan a todos, pero especialmente a las almas juveniles. Se notaba el ambiente poco confiable, pero desafiante, lo cual recogían principalmente los jóvenes que pretendían vencer al dragón, a modo  de un San Jorge. Viñales, un poco asqueado y alarmado, resolvió bucear entre los críticos del sistema. Lo primero que aprendió, es que en realidad no criticaban la moral del proceder, ya que ellos tal vez no tuviesen una millonésima de mejor intención con los miles o millones que se dejaban explotar, sino que la crítica les servía para ganar adeptos que se dejaran expoliar. Todos los audaces  vendían algo: un libro, un apunte, un sistema, consejos, historias de vida, y efectuaban celadas de todo tipo, sustentadas por vídeos en los cuales aparecía el mercader de ilusiones mostrando la vida ampulosa que desarrollaba. Viñales, por supuesto no recorrió los más de once millones de lugares, pero tuvo bien en claro que nunca antes en la historia se había producido en tal magnitud, ni con tal desparpajo la masiva venta de espejitos de colores.  La meditación de estos hechos y procederes, le produjeron una notable depresión, aliviada por ciertos casos de lugares en los cuales el presentador del negocio, hasta intercambiaba correos con las posibles víctimas. En tales circunstancias logró mediante correos bien desarrollados y estructurados demostrar a los aventureros que eran unos sofistas de mala muerte, pero por supuesto no le contestaban más.

Comenzó a realizar salidas al parque vecino a su hogar, para ver el verde natural, escuchar las aves canoras y refrescar en lo posible su mente. La brisa benefactora posibilitaba la creación de ideas, pero al fin de cuentas solamente conseguía deprimirse más. Sabía bien que la solución no podía radicar en este caso en el cooperativismo, era imposible generar cooperativas para asumir estos negocios, porque un movimiento solidario y honesto no podía encarar actividades  de ese tipo, nutridas y bañadas por la negra falacia, en todos sus sentidos. El desafío residía en una actividad opuesta que no subsistiera mediante la generación de ganancias sobre el dinero sino que lo hiciera en la producción de algo útil a la sociedad.  Además esta situación falaz se prestaba para todo tipo de actividad ilegal, incluyendo especialmente el narcotráfico y su lavado de dinero. Entre los tópicos que le produjeron la duda y atención  de manera principal, se encontraban ciertos tipos de “pequeños trabajos”. Se referían a recorrer páginas y encontrar por ejemplo el número de teléfono del anunciante, o su dirección correcta,  la dirección en la web, y otros datos similares. Le daban los datos con que contaban, a veces coincidentes, otras no con los de la página que visitaba. Luego aparecía un recuadro en donde debía poner la corrección a los datos que ellos tenían, y si estaba todo bien, señalarlo. Cuando terminaba el trabajo, alguna vez le acreditaban unos centavos, pero la mayor parte de las veces le decían que no cumplía con las expectativas que ellos tenían de la labor. Se reiteraba permanentemente el sistema, y en un comienzo Viñales no entendía para que había que realizar ese “trabajo” ya que estaba hecho de antemano, para recabar los datos que se brindaban, y además era nuevamente verificado para constatar que la labor se había realizado bien. Luego, indagando, llegó a diversas conclusiones, pero todas ellas se orientaban a la idea de justificar un pago que en realidad no se hacía, o a asignar un monto diferente a los centavos a veces otorgados. Todas las rutas conducían al lavado de dinero, porque aunque las cifras en juego eran individualmente exiguas, miles o millones de personas participando, podían representar cifras astronómicas.
            A medida que más averiguaba, la desazón se multiplicaba, fue a parar a sitios aparentemente honestos  que trataban en algo de mostrar la vulnerabilidad y debilidad del sistema, y las crecientes posibilidades de ilícitos. Ni que hablar de la injerencia oficial en todo esto, el espionaje no tan solo de empresas, sino individuales en caso de sospecha. Aprendió que los correos enviados a particulares, solamente tenían un poquito más de seguridad que los teléfonos o líneas telefónicas pinchadas. A través de los satélites espías era posible ver íntegramente la actividad que una persona cualquiera realizaba frente a su computadora. Le resultaba tenebrosamente cómico el hecho que al recibir o enviar correos dirigidos a una serie de direcciones diferentes, se recomendaba el CCO, es decir el correo oculto y que se borrasen  las direcciones que figuraban en el correo que se retrasmitía. Sentía que el sistema imperante tenía particular interés en que lo ilícito y falso apareciera como excepción para continuar reclutando ingenuos o desprevenidos. En su mente se representaba una parodia, en la cual un sacerdote oficiaba un acto religioso con todos los feligreses sentados en la nave del templo, biblia y libro de cánticos en mano, pero muchos de ellos tenían cuernos, tridente y cola enrollada, usaban el libro sagrado y los cánticos de fe, para dar la impresión de conjunto de una actitud noble y espiritual. Así se mezclaba el bien y el mal en una parodia sin distinción, en la cual todos decían acatar los preceptos de los escritos bíblicos. Esta era una lección que había que aprender: cuando a la masa de la  sociedad humana que detentaba  el poder sumada a la que no estaba dentro de los grupos indigentes, se le había brindado un sistema de libertad y avance notable en las comunicaciones en su velocidad y calidad, en lugar de establecerse mayormente métodos humanamente benefactores, se practicaba principalmente el negocio, aumentando la posibilidad del fraude y el engaño, y se arrastraba mediante migajas tras esa consigna, a toda una gran mayoría que soñaba con ingresar a la elite de privilegiados. Había que tratar de reunir a los que aún creían que la salvación humana estaba en la mutua colaboración, no en el negocio individual, cuyo ejercicio potenciaba ideas de poder y dominio alentadas por fáciles maquillajes que toda la nueva tecnología permitía y alentaba. Se prometió a sí mismo comenzar a abrir los ojos a los demás y a trabajar para convocarlos en uniones productivas y justamente retribuidas, no de acuerdo al capital, sino al trabajo realizado. Había que iniciar un nuevo camino, que no permitiese un mundo virtual de falsas adulaciones y participación ficticia, sino el desarrollo verdadero del trabajo solidario. Es lo que haría a partir de entonces en defensa de los suyos, su progenie y el futuro.



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