LA
ESTAFA DEL MODERNO VIVIR
Seudónimo:
Polonio Niobio
La
vida lo había fatigado de manera extraña. Tuvo anhelos, fantasías e ilusiones
obtenidas como si provinieran de lo
profundo de un abanico que se abría y le decía: ve en busca de lo que deseas,
de la misma manera en que me acabo de desplegar; cada objeto, toda aspiración, cada
tramo del mundo entero está a tu alcance por un mísero precio, que es el de tu
existencia. Esa visión temprana llevó con ímpetu a Víctor Viñales a deambular por el camino presentado. Sus
antecesores especialmente los padres, como siempre en estos casos, fueron
apuntalando el inicio y solventando las primeras etapas. Luego, la broma del
devenir lento pero imparable lo puso en las arenas del competir para poder
subsistir. En los tiempos que ello fue menester, la vorágine de una tecnología
que debería estar ligada al mejor pasar, seguridad y posibilidades humanas, se erigía como un terrible instrumento para la
orientación del poder y hegemonía hacia unos pocos. Era similar a una zanahoria
inalcanzable para un asno en cuyo lomo, cabalgaba su despiadado amo,
sosteniendo la hortaliza frente a sus ojos a modo de atractivo.
Miles de historias, situaciones, experiencias, lo
aquilatado durante años, le hicieron sentir que era víctima en su mayor parte,
de su propia especie. Esta situación lo colocó en desventaja con generaciones
anteriores, ya que la experiencia
parental, no podía alcanzar a comprender siquiera, muchos mecanismos de la
modernidad. Sus consejos y sabiduría quedaba limitada al conocimiento del alma
y actitudes humanas, no del desarrollo del diario vivir. Ante la comprensión de
este fenómeno, Víctor cuando tuvo sus propios hijos, entendió que para
acompañarlos, debía acompasar los cambios tecnológicos vertiginosos, para poder
actuar como lo hacían los antiguos consejeros, en la época en que la sabiduría
del pensar y el meditar sumados a la experiencia, transformaba a los ancianos
en los consejeros sociales. Quería ser como un senador del Imperio Romano, para
transmitir sabiduría a su prole. Para lograrlo, acompañó a través de adquirir nuevos
conocimientos, la evolución tecnológica, principalmente observando en la vida
diaria desde juegos electrónicos, hasta la integración de cuanta red social se
establecía en una de las pretendidas magias de la conversión humana que se
conoció como “Internet”. Comenzó a comprender el mundo virtual y su relación
ulterior con el real. Lo que en su juventud era una situación única, se
presentaba ahora disociado en dos escenarios, uno a través de lo que brindaba
la máquina, y otro que tenía que ver con seres de carne y hueso. En algún
momento era menester reunir ambas escenas, y la que perdía la partida era la
vivencia carnal, que era la perecedera, en contraste
con la virtual eterna e indestructible. Sus hijos poseían unos juegos en los
cuales se podía lograr resultados fabulosos, sin límites ni peligros. Había
series de una violencia inusitada, aunque fueran presentadas cómo acciones
justicieras contra delincuentes y presuntos criminales de guerra. Porque de
ello se trataba, de eliminar la mayor cantidad posible de enemigos o
malvivientes, sin considerar para nada la vida como bien supremo, el
considerado bueno, debía triunfar, los malos perecer, sin otro análisis que los
antecedentes que a modo de preconcepto, tenían los malos que debían perecer en
manos de los buenos, que eran los que manipulaban el juego. Se desvirtuaba el
sentimiento de justicia equilibrada en aras de un accionar justiciero
exterminador. Hacía muchos años que Viñales pensaba que estas actitudes, de
instalarse en la sociedad, trastocarían los valores antiguos, sobre todo el del
derecho a vivir. Lo que veía también de preocupante y horrendo, era que los
buenos, eran los que manipulaban el juego, lo cual significaba metafóricamente que
los que manejaban la situación, controlaban la vida y muerte. ¿De qué manera se
trasladaría eso en el seno carnal de la realidad objetiva? En ese pasaje sutil
de un mundo ficticio al real, intervenía en el contexto societario, otro de los
factores que completaban el panorama: el uso de drogas estupefacientes y
alucinógenas. En el mundo real, los
malos de esta ficción, pronto entendieron en su estupor alucinado, que para
sobrevivir, había que matar, lo cual era sencillo y efectivo, contando con las
armas adecuadas. Al no existir en los hogares claros límites de uso,
visualización e interpretación adulta adecuada
de esas escenas lúdicas y consistir en la modernidad un juguete
infantil, se producía una edad de inicio a la delincuencia demente muy temprana
y el acceso a armamento de forma simple y sencilla. Así planteadas las cosas,
se fortaleció un sub mundo marginal desposeído del acceso a la maravilla
técnica y a placeres exóticos, que invadió las calles y otros lugares, a la
conquista de bienes alucinantes y casi mágicos. Se había formado una nueva
cultura del malevaje, sin los códigos antiguos, se había aprendido que la vida
de los seres nada representaba y que la tenía a su disposición quien se la
aseguraba. Se situaba en la misma categoría matar que no hacerlo, de modo que
quien salía a la conquista de la buena vida moderna y tecnológica, se aseguraba
matando ante todo, que podría huir con los bienes fueran escasos u óptimos, de
su víctima. Sin aceptarlo legalmente, pero sí taxativamente, la vida perdió la
cotización que alguna vez había tenido en el conjunto social. Los valores se
trastocaban rápidamente, pronto también se avanzó sobre el idioma, perdió sus
normas, leyes, expresiones. Asimismo ocurrió con el criterio de autoridad,
antes emanado de seres denominados sabios o al menos los más ilustrados, reemplazado ahora por lo que brotaba de la máquina
electrónica y su información. El poder de los que manejaban y decidían la
información en la red mundial, pasó a ser el sólido argumento de la valía de lo
informado. Entre estas nuevas concepciones no podía quedar ni dejarse al margen
la estima y la comunicación entre la gente. En un comienzo, la tecnología logró
un avance impresionante al unir en segundos, gratuitamente, personas situadas
en cualquier punto del orbe. En este caso era menester introducir algo
diferente a lo que ocurría en la época de los trogloditas, quienes bolígrafo o
pluma en mano, escribían en un papiro denominado papel, las misivas a enviar
por medios de transporte diversos, las que llegaban días después al
destinatario. A la magia de enviar instantáneamente un escrito, tan solo con
pulsar un recuadro en un teclado, se agregó la posibilidad de vivir, palpar,
sentir emociones con otro u otros, lejos de la carne, el sudor, los olores no
siempre agradables del prójimo, y tal vez su desaliñada presencia, mediante la
fantasía que la electrónica permitía, a través de diálogos mudos, sin sonido,
sin vida, pero cargados de motivaciones personales proyectadas en el otro. En este estado de cosas, culminaron las famosas redes sociales. Fue el éxtasis de
una comunicación incomunicada, complementada por el uso de teléfonos celulares
móviles, que invadieron el planeta, para dar acabado sentido a la relación
higiénica, alejada de la vida biológica, libre de contagios, enfermedades,
proximidad, contacto, que quedaba entonces reducido tan solo al contacto
genital entre humanos, del cual también se buscaban buenas alternativas. Este
cuadro de situación vivido por Víctor Viñales, podía ser rebatido e incluso
minimizado por técnicos y estudiosos del tema biológico social, pero se trataba
de lo que le llegaba al fondo de su ser. En su fuero íntimo, preocupado por la
suerte de futuras generaciones, decidió adentrarse en la manera de lograr
resolver la fórmula para poder vivir de forma carnal, ante la cascada
electrónica que transformaba al humano biológico, en un autómata cultor del
Dios de la semi conductividad electrónica.
Se le ocurrió comenzar por el poder y su socio el dinero. Al ser estos
factores los que habían signado la suerte durante milenios de la raza, había que
conocer que vericuetos seguiría esa ancestral forma de esclavizar y vivir en
función de artilugios a costillas de los
que producían bienes en nuestro globo. Se dispuso a
dedicar varias horas diarias a esa tarea, como ocurría con todas las que quisiera
iniciar con éxito. Frotó entre sí ambas manos
para continuar con un detenido y prolijo masaje digital, sobre todo en
las falanges de los dedos que más utilizaba. Activó su ordenador para ir al
encuentro de su buscador preferido.
Pulsó las teclas que daban la orden más precisa que se le ocurrió, a modo de
inicio. Leyó satisfecho: “Ganar dinero on line”. Estuvo a un tris de efectuar
sin ceremonia ni meditación uno de los actos más trascendentes que la humanidad
efectuará en las próximas décadas: oprimir la tecla “intro” también denominada
“enter”. Se detuvo a pensar en ello, pero siguió con su plan y la pulsó con
vigor. Luego del parpadeo del visor, apareció la ventana con la página
solicitada. El buscador, ante todo informaba que lo solicitado, tenía para
consultar alrededor de once millones, seiscientos mil resultados. El mensaje
real de la máquina, era que estaba ante una tecnología tan poderosa, que podía
brindarle esa cantidad de información en breves instantes. Comenzó a revisar
distintas páginas, determinando que había dos orientaciones fundamentales en lo
que parecían empresas organizadas. Aparte había una miscelánea mayúscula de
casos diversos, menores, pero que en determinada manera apuntaban a alguna de
ambas opciones.
Arrancó
con la básica, porque la otra se basaba en la crítica de esta. El planteo era
una salmodia repetida: había que registrarse en la empresa, esta mostraba a diario cierta cantidad de páginas
de clientes, había que hacer “clic” y permanecer en ella unos segundos
indicados, y de acuerdo a ello existía un pago, que oscilaba en el mejor de los
casos en un centavo de dólar, y en el peor, una décima de milésima, siendo lo
normal, una milésima de dólar. Mediante este mecanismo, se producía el registro
de un visitante a esa página que generalmente vendía productos o servicios, y
que estaba abonada a una compañía de publicidad, la cual comprobaba su
eficacia, por la cantidad de visitantes que lograba atraer a dicha página, lo
cual el abonado podía verificar. Acá aparecía el primer engaño detectable: cientos
o miles de visitas, en realidad correspondían a personas que buscaban solamente
obtener el milésimo de centavo. Víctor se dedicó un tiempo a seguir a una de
estas páginas para obtener una experiencia personal. Comprobó en carne propia
el gen que poseemos los humanos que sin duda es el más difundido y más
exacerbado de cuantos podamos encontrar: el de la codicia y el afán de riqueza,
buena vida, holgura, posesión de esclavos, y sobre todo del manejo del poder.
Se asombró que algo en su interior lo llevaba a juntar esas migajas, gastando
su atención, intelecto y paciencia en una labor rayana en la estupidez, ya que
debía “trabajar” cerca de un mes para conseguir dos dólares, que era la
cantidad mínima que había que juntar para poder recibir el pago. No llegó a padecer una adicción, pero le
costaba no entrar a diario en la página para sumar las milésimas respectivas,
algo en su interior lo empujaba, afortunadamente la razón ganaba, pero le
molestaba estar frente a una cuasi adicción tan estúpida y dañina. Pero las
raíces de la maleza se profundizaban, e invadían la posibilidad noble de esa
realidad virtual. Entre otros “trabajos” ofrecidos se encontraba el de la
visita a las redes sociales, para luego
de un artículo o comentario, marcar la opción “me gusta”, o adherir a los
seguidores de la persona poseedora del espacio en la red. La finalidad era
captar a posibles anunciantes en su espacio u otro que tuviesen en Internet.
Nuevas mentiras aparecían: las visitas no eran de relacionados con la persona,
ni siquiera se leía lo que se tildaba como agradable, no había ninguna intención
de seguir al titular, la mayor
proporción de adherentes eran ignotos en búsqueda de
la migaja.
Las actitudes e intenciones, siempre
flotan en la baja atmósfera, las malas forman la bruma de lo reprochable y las buenas el aire fresco de la renovación
y lozanía. Esos fenómenos llegan a todos, pero especialmente a las almas
juveniles. Se notaba el ambiente poco confiable, pero desafiante, lo cual
recogían principalmente los jóvenes que pretendían vencer al dragón, a
modo de un San Jorge. Viñales, un poco
asqueado y alarmado, resolvió bucear entre los críticos del sistema. Lo primero
que aprendió, es que en realidad no criticaban la moral del proceder, ya que ellos
tal vez no tuviesen una millonésima de mejor intención con los miles o millones
que se dejaban explotar, sino que la crítica les servía para ganar adeptos que
se dejaran expoliar. Todos los audaces vendían algo: un libro, un apunte, un sistema,
consejos, historias de vida, y efectuaban celadas de todo tipo, sustentadas por
vídeos en los cuales aparecía el mercader de ilusiones mostrando la vida
ampulosa que desarrollaba. Viñales, por supuesto no recorrió los más de once
millones de lugares, pero tuvo bien en claro que nunca antes en la historia se
había producido en tal magnitud, ni con tal desparpajo la masiva venta de
espejitos de colores. La meditación de
estos hechos y procederes, le produjeron una notable depresión, aliviada por
ciertos casos de lugares en los cuales el presentador del negocio, hasta
intercambiaba correos con las posibles víctimas. En tales circunstancias logró
mediante correos bien desarrollados y estructurados demostrar a los aventureros
que eran unos sofistas de mala muerte, pero por supuesto no le contestaban más.
Comenzó
a realizar salidas al parque vecino a su hogar, para ver el verde natural,
escuchar las aves canoras y refrescar en lo posible su mente. La brisa
benefactora posibilitaba la creación de ideas, pero al fin de cuentas solamente
conseguía deprimirse más. Sabía bien que la solución no podía radicar en este
caso en el cooperativismo, era imposible generar cooperativas para asumir estos
negocios, porque un movimiento solidario y honesto no podía encarar
actividades de ese tipo, nutridas y
bañadas por la negra falacia, en todos sus sentidos. El desafío residía en una
actividad opuesta que no subsistiera mediante la generación de ganancias sobre
el dinero sino que lo hiciera en la producción de algo útil a la sociedad. Además esta situación falaz se prestaba para
todo tipo de actividad ilegal, incluyendo especialmente el narcotráfico y su
lavado de dinero. Entre los tópicos que le produjeron la duda y atención de manera principal, se encontraban ciertos
tipos de “pequeños trabajos”. Se referían a recorrer páginas y encontrar por
ejemplo el número de teléfono del anunciante, o su dirección correcta, la dirección en la web, y otros datos
similares. Le daban los datos con que contaban, a veces coincidentes, otras no
con los de la página que visitaba. Luego aparecía un recuadro en donde debía
poner la corrección a los datos que ellos tenían, y si estaba todo bien,
señalarlo. Cuando terminaba el trabajo, alguna vez le acreditaban unos
centavos, pero la mayor parte de las veces le decían que no cumplía con las
expectativas que ellos tenían de la labor. Se reiteraba permanentemente el
sistema, y en un comienzo Viñales no entendía para que había que realizar ese
“trabajo” ya que estaba hecho de antemano, para recabar los datos que se
brindaban, y además era nuevamente verificado para constatar que la labor se
había realizado bien. Luego, indagando, llegó a diversas conclusiones, pero
todas ellas se orientaban a la idea de justificar un pago que en realidad no se
hacía, o a asignar un monto diferente a los centavos a veces otorgados. Todas
las rutas conducían al lavado de dinero, porque aunque las cifras en juego eran
individualmente exiguas, miles o millones de personas participando, podían
representar cifras astronómicas.
A medida que más averiguaba, la
desazón se multiplicaba, fue a parar a sitios aparentemente honestos que trataban en algo de mostrar la
vulnerabilidad y debilidad del sistema, y las crecientes posibilidades de
ilícitos. Ni que hablar de la injerencia oficial en todo esto, el espionaje no
tan solo de empresas, sino individuales en caso de sospecha. Aprendió que los
correos enviados a particulares, solamente tenían un poquito más de seguridad
que los teléfonos o líneas telefónicas pinchadas. A través de los satélites
espías era posible ver íntegramente la actividad que una persona cualquiera
realizaba frente a su computadora. Le resultaba tenebrosamente cómico el hecho
que al recibir o enviar correos dirigidos a una serie de direcciones
diferentes, se recomendaba el CCO, es decir el correo oculto y que se
borrasen las direcciones que figuraban
en el correo que se retrasmitía. Sentía que el sistema imperante tenía
particular interés en que lo ilícito y falso apareciera como excepción para
continuar reclutando ingenuos o desprevenidos. En su mente se representaba una
parodia, en la cual un sacerdote oficiaba un acto religioso con todos los
feligreses sentados en la nave del templo, biblia y libro de cánticos en mano,
pero muchos de ellos tenían cuernos, tridente y cola enrollada, usaban el libro
sagrado y los cánticos de fe, para dar la impresión de conjunto de una actitud
noble y espiritual. Así se mezclaba el bien y el mal en una parodia sin
distinción, en la cual todos decían acatar los preceptos de los escritos
bíblicos. Esta era una lección que había que aprender: cuando a la masa de
la sociedad humana que detentaba el poder sumada a la que no estaba dentro de
los grupos indigentes, se le había brindado un sistema de libertad y avance
notable en las comunicaciones en su velocidad y calidad, en lugar de
establecerse mayormente métodos humanamente benefactores, se practicaba
principalmente el negocio, aumentando la posibilidad del fraude y el engaño, y
se arrastraba mediante migajas tras esa consigna, a toda una gran mayoría que
soñaba con ingresar a la elite de privilegiados. Había que tratar de reunir a
los que aún creían que la salvación humana estaba en la mutua colaboración, no
en el negocio individual, cuyo ejercicio potenciaba ideas de poder y dominio
alentadas por fáciles maquillajes que toda la nueva tecnología permitía y
alentaba. Se prometió a sí mismo comenzar a abrir los ojos a los demás y a
trabajar para convocarlos en uniones productivas y justamente retribuidas, no
de acuerdo al capital, sino al trabajo realizado. Había que iniciar un nuevo
camino, que no permitiese un mundo virtual de falsas adulaciones y
participación ficticia, sino el desarrollo verdadero del trabajo solidario. Es
lo que haría a partir de entonces en defensa de los suyos, su progenie y el
futuro.
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